La muerte de Miguel Ángel Martín recupera a un hombre injustamente olvidado

Miguel Ángel Martín. Foto: ACB.
Miguel Ángel Martín. Foto: ACB.

Otoño de 1988. El Estudiantes de Madrid vive un momento de zozobra tras cuatro temporadas de tranquilidad y espectáculo en el vetusto polideportivo Antonio Magariños. La gran estrella del equipo, David Russell, se lesiona una, dos, hasta tres veces; el timonel de la nave, Vicente Gil, mira con desconfianza a los chavales que le quieren quitar el puesto, y el entrenador Paco Garrido -fallecido hace tres años y medio- ve cómo la directiva presidida por Juan Francisco Moneo decide apostar por el camino más fácil, destituyéndole por los malos resultados.

En su lugar, entra un hombre de la casa, Miguel Ángel Martín. Un trabajador de la empresa Kodak que no ve con demasiados buenos ojos el cambio porque no sabe si sus jefes van a aceptarle el pluriempleo. Son esos tiempos en el baloncesto español. A Martín le llaman "El Cura" por su incipiente calva y sus gafas de seminarista. En principio, llega para enderezar un poco el rumbo y luego volver a su ocupación habitual. No tiene experiencia en la élite del baloncesto español más allá de algunos años como ayudante en el Inmobanco, equipo vinculado al Real Madrid.

Sin embargo, Martín no es hombre de hacer las cosas a medias: si está ahí, sea por unos días, unos meses o unos años, tendrá que estar a su manera. La baja de Russell la resuelve con el fichaje de un extraordinario alero del Cajacanarias, Rickie Winslow. El malestar de Vicente Gil lo resuelve por las bravas, apartando al base del equipo y colocando a José Miguel Antúnez de titular con Nacho Azofra como primer suplente. De la cantera, sube a un recién llegado, Alberto Herreros, que deleita con su tiro exterior desde el principio. Por si eso fuera poco, ese mismo verano se traerá del Cajamadrid a un pívot prometedor, pero al que las lesiones parecían haber dejado en nada: Juan Antonio Orenga.

En pocos meses, Martín configura lo que será no solo uno de los equipos dominadores del baloncesto español durante los siguientes seis años, sino que da la oportunidad a varios de los nombres que llenarían las convocatorias de las selecciones españolas de los noventa. En su segundo año, Martín llevó a este jovencísimo Estudiantes a semifinales de la liga. Repitió en el tercero y en el cuarto, directamente, lo hizo campeón de Copa y semifinalista de la Euroliga, en aquella mítica Final Four de Estambul que marcó a una generación de aficionados al baloncesto.

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El mérito de Martín, cuyo segundo ya era Pepu Hernández, fue inmenso. Sin ese golpe de mano de 1988, no se entiende nada de lo que vino después. No se entiende, siquiera, al propio Pepu Hernández llevando al equipo a la final de la ACB en 2004 y después coronándose campeón del mundo con la selección española. Martín es de esas figuras fundacionales cuyo carácter y devenir profesional hacen que queden fácilmente (e injustamente) olvidadas.

Porque el caso es que Martín se fue en 1994, dejó las llaves a Pepu y se puso a comentar partidos de televisión. Lo siguiente que supimos de él es que Pedro Ferrándiz lo había elegido como director deportivo... del Real Madrid. Esa decisión marca los siguientes veinticinco años de su vida. Martín fue uno de los responsables de que Alberto Herreros acabara en el equipo blanco, para desazón de la hinchada estudiantil, y junto al escolta se llevó a Orenga y a Mikhailov, los dos pivots titulares del equipo de la calle Serrano, que se quedaba tiritando.

Todo eso hizo que Martín se convirtiera en un proscrito del Ramiro... pero no valió para ganarse simpatía alguna entre la afición madridista, que seguía viéndolo como poco menos que un don nadie. Martín duró en el Madrid un año y pico, lo que tardó en ponerse de entrenador, perder un buen montón de partidos y pelearse con Joe Arlauckas y Lorenzo Sanz Jr., el hijo del presidente. "El Cura", con su cara de bonachón, era un hombre de un enorme carácter. Ese carácter y los prejuicios absurdos que se dan en las aficiones hizo imposible que se le reconociera como se merecía: en sus últimos años, se quejaba amargamente de que nadie -ni el Estudiantes al que llevó a la gloria, ni el Real Madrid al que llevó al mejor jugador español de la década ni la Federación en cuya selección trabajó de ayudante de Lolo Sainz varios años- le prestaba atención. Nadie le reivindicaba.

Y así, sin reivindicaciones, sin homenajes, sin nada que nos haga recordar que aquel hombre vertebra buena parte de la historia del baloncesto de finales del siglo XX en España, este miércoles 30 de noviembre, Miguel Ángel Martín moría a los 73 años. Una muerte más entre otras tantas, que solo ha encontrado un pequeño eco entre los aficionados de aquellos años, los adolescentes a los que tan felices nos hizo. En nuestro corazón siempre habrá un hueco para "El Cura". Lástima que no pudiéramos decírselo en vida, es decir, cuando de verdad contaba.

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