Fabio Jakobsen, la última víctima de una concepción inhumana del deporte

Guillermo Ortiz
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Cyclists are injured in a crash on the final stretch of the opening stage of the Tour de Pologne race in Katowice, Poland, on Wednesday, Aug. 5, 2020. The crash began with a high-speed collision between two Dutchmen sprinting for the win, Fabio Jakobsen and Dylan Groenewegen. Jakobsen was hospitalized in serious condition and put into an induced coma. He was declared the winner of the opening stage and Groenewegen was disqualified after the crash. (AP Photo)
(AP Photo)

Ser deportista de alto nivel supone asumir una serie de riesgos, eso está claro. Por la propia mentalidad de los deportistas, una mentalidad competitiva, que empuja el cuerpo al límite, que no se frena ante casi nada, es importante que haya controles externos y que de alguna manera se vele por su salud. Son jóvenes, son impulsivos y se creen inmortales. De vez en cuando, conviene susurrarles al oído que no lo son... y no ampliar aún más los riesgos que ya ellos mismos están dispuestos a correr con tal de una victoria más, una nueva muesca en el palmarés.

Por ejemplo, Fabio Jakobsen, el corredor del Deceuninck-Quick Step que tuvo que ser ingresado en la UCI. Jakobsen, un excelente rodador con gran punta de velocidad llamado a ser el nuevo líder de la autodenominada “manada” del equipo belga, se vio en las primeras posiciones de la llegada de la primera etapa de la Vuelta a Polonia y se lanzó a disputar la victoria de etapa por una esquina. Pocas cosas más peligrosas hay en el mundo del deporte que pegarse a la valla a 75 kilómetros por hora y confiar en que los demás te van a respetar el hueco. Un simple toque, un cambio ligero de trazada, te puede enviar al suelo en medio de decenas de ávidos rivales que a su vez caerán en cuanto contacten contigo.

Lo que sufrió Jakobsen no fue “un simple toque” pero tampoco fue un acto criminal. Dylan Groenewegen no solo no respetó ese hueco contra las vallas sino que le fue arrinconando y arrinconando hasta que definitivamente se lo quitó de encima y lo lanzó por los aires. Hemos visto cosas peores, pero no con un resultado tan aparatoso. Es obvio que el holandés no debería haber hecho eso y es obvio también que una victoria en la Vuelta a Polonia no puede suponer arriesgar la vida de los demás. Dicho esto, igual hay que mirar también hacia otras cuestiones, como hizo ayer mismo José Joaquín Rojas, el corredor de Movistar que vio cómo su compañero Eduard Prades se veía afectado en la multitudinaria caída.

“Nos meten en un sprint cuesta abajo, a 75 por hora, en un circuito de mierda, y pasan estas cosas”, afirmaba el murciano en su cuenta de Twitter. No basta con tildar a Groenewegen de asesino, por incorrecta que sea su maniobra, hay que calibrar los riesgos. Los aficionados del ciclismo de los 90 recordarán cómo era aquello: las caídas sin casco, las vallas con los pies mal colocados entorpeciendo el camino, las ruedas volando cada tres por cuatro. Se ha trabajado en ese sentido, pero siguen ahí los descensos imposibles, las cuestas de cabras, los sterratos donde casi lo más emocionante parece ser quién se cae...

Por supuesto, insisto, todo esto está tan interiorizado en el deportista que a menudo lo acepta sin rechistar. Cuando, en el Tour de Francia del año pasado, hubo que suspender la penúltima etapa de montaña porque la carretera estaba cortada por un alud, aún protestaron algunos que confiaban en sacar ventaja de la situación. No es fácil poner mesura en esas circunstancias, pero a veces la obligación de un organizador es esa: prever que quince tíos se van a lanzar a muerte en una llegada... e intentar que las protecciones no sean de papel y que dicha llegada no sea cuesta abajo.

El ciclismo no es el único deporte que se ve en esas circunstancias. Diría que en el mundo del motor y especialmente en el motociclismo se han vivido cosas más graves. Tragedias aparte, que las ha habido y me temo que las seguirá habiendo, hay casos que no se entienden bien desde fuera. Por ejemplo,el reciente de Marc Márquez, que intentó correr un Gran Premio a las cuarenta y ocho horas de haberse operado de un hombro. Supongo que ese instinto asesino es lo que diferencia a los grandes de las leyendas, pero tiene que haber alguien que diga: “Mire, usted no puede correr así: primero, porque es un riesgo para su salud; segundo, porque en esas condiciones es usted una amenaza para todos sus rivales”.

Márquez no corrió porque él mismo se dio cuenta de que era imposible. De lo contrario, se lo habrían permitido. Cualquier cosa con tal de ver una carrera ajustada y un mundial que sea algo más que un paseo de las Yamaha, con Quartararo al frente. Suficientes riesgos estamos corriendo todos estos días, y más aún los que viajan de un país a otro y se exponen ante multitudes, como para colocar el listón un poquito más alto. Compárese esta actitud con la de Rafa Nadal, por ejemplo, que insiste en que no sabe si va a competir este año o no... y que poco le importa con la que está cayendo. Es cierto que Nadal también ha sido temerario en ocasiones a la hora de llevar su cuerpo al límite pero ha aprendido a decir basta.

Eso es lo que tendrían que hacer más a menudo los deportistas y no obedecer continuamente. Si la llegada no es segura, no disputamos la etapa. Si tenemos cuatro compañeros con PCR positiva, no viajamos a A Coruña sin garantías. No esperar la confirmación de los “patrones” sino adelantarse. Por supuesto, es muy complicado: el deporte es por definición competitivo y la competencia no se define por los compañeros sino por los rivales, incluso dentro del mismo equipo. En fin, esperemos que Jakobsen mejore -su vida, al menos, no parece correr peligro y viendo las imágenes eso ya es algo-, que Groenewegen se tire una temporada lejos de las carreteras... y que surja un debate sano acerca de todo esto: ¿De verdad merece la pena?, ¿de verdad cuidamos de nuestros dioses o también nosotros les creemos inmortales y les exigimos como tales? En ese caso, estaríamos equivocados.

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