Cómo evitar motines en la empresa: la experiencia de Elcano y Magallanes

Ilustración alegórica de Joannes Stradanus, hacia 1592, sobre la tenacidad de Magallanes en medio de las incertidumbres. <a href="https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Magellan_expedition_by_Stradanus.jpg" rel="nofollow noopener" target="_blank" data-ylk="slk:Wikimedia Commons" class="link ">Wikimedia Commons</a>
Ilustración alegórica de Joannes Stradanus, hacia 1592, sobre la tenacidad de Magallanes en medio de las incertidumbres. Wikimedia Commons

La primera circunvalación al mundo, completada hace 500 años por Juan Sebastián Elcano, es una de las expediciones más épicas y dramáticas de la historia. Supuso una prueba de la redondez de la tierra y marcó el comienzo de la globalización.

La expedición zarpó de los muelles de Sevilla en verano de 1519, capitaneada por el portugués Fernando de Magallanes, quien permaneció al mando hasta su muerte, un año después, en el combate contra los nativos de las Islas Molucas, el archipiélago asiático de las especias.

La misión de Magallanes era descubrir un paso meridional que uniera el Atlántico con el Pacífico y llegar a las Indias por el oeste, la ruta inversa a la que se seguía entonces.

Viento en popa, a toda vela

Los grandes descubrimientos que se iniciaron con la navegación en el siglo XV generan admiración y fascinación. Tras la conquista territorial y su constitución como países, Portugal y España jugaron un papel pionero en la conquista de los océanos.

Portugal comenzó su expansión desde ultramar durante el reinado de Enrique el Navegante, e impulsó el comercio con Asia cuando las especias eran el género más apreciado en Occidente. Hasta entonces, se facturaban por tierra hasta Alejandría, al norte de Egipto.

En 1486, Bartolomé Díaz consigue doblar el inclemente Cabo de las Tormentas, rebautizado como Cabo de Buena Esperanza, y Vasco de Gama alcanza las Indias, trazando la ruta marítima que luego seguirían muchos mercaderes.

En España, concluida la Reconquista con la toma del reino de Granada, en 1492, la reina Isabel I decide financiar el proyecto de Cristóbal Colón. La propuesta, rechazada previamente por Juan II de Portugal, era encontrar una ruta a las Indias por el oeste. La empresa resultaría en el hallazgo de territorios desconocidos para Europa.

La odisea de Magallanes y Elcano muestra el arrojo, espíritu innovador y ánimo emprendedor de aquellos exploradores. Como señala Stefan Zweig en su biografía sobre Magallanes: “Es sabido que donde exista una generación resuelta, el mundo se transformará”. Algo que efectivamente sucedió con aquella estirpe de navegantes.

Sin fecha de llegada

Probablemente el capitán portugués conocía la existencia del estrecho que comunicaba los dos océanos que bordeaban las Américas, pero desconocía cuánto tiempo podría durar su expedición. Desde entonces, este itinerario se convirtió en el test ácido del liderazgo de pilotos y almirantes por las adversidades que se han de superar en esas aguas: las fuertes corrientes, los vientos heladores, la penosa visibilidad y el paisaje desolador. El mismo Magallanes sufrió la deserción de una de sus cinco naves en la bocana occidental del estrecho: la tripulación huyó de vuelta a casa.

La enorme incertidumbre y desconocimiento de la ruta serían hoy razones suficientes para cancelar el viaje. Pero los miembros de la tripulación de Magallanes embarcaron dispuestos a afrontar todo tipo de penalidades y desventuras. Aunque la recompensa potencial era alta, también los riesgos y posibles infortunios eran colosales.

Las naves zarpaban de puerto cargadas de provisiones que no bastaban para cubrir todo el periplo. Las crónicas del viaje cuentan las penurias sufridas durante el trayecto por el océano Pacífico hasta llegar a las Filipinas: cómo, a falta de alimento, tuvieron que comer los trozos de cuero que protegían los mástiles de las cuerdas, reblandecidos por el agua del mar. O cómo la aparición del escorbuto diezmó la tripulación exploradora.

El viaje oceánico era tal prueba de resistencia que la carrera Ironman parece un chiste. De los 245 tripulantes que zarparon de Sevilla, solo sobrevivieron 18.

Sentido de misión, compromiso y resiliencia. Estos tres atributos eran comunes a las personas que formaban la Armada de la Especiería, como en ocasiones se ha denominado a la tripulación de Magallanes y Elcano.

Liderar en medio de la adversidad

Como en tantas otras singladuras prolongadas, la expedición de Magallanes no estuvo exenta de conflictos. Baste pensar en los retos de convivencia en un espacio estrecho (salvo el capitán, la tripulación dormía en cubierta porque la bodega se destinaba a la carga), lo esforzado de las tareas marineras y la dureza del entorno.

Para Magallanes, el reto era especialmente arduo porque, además de comandar cinco naos con sus respectivos capitanes al frente (uno de ellos, Juan de Cartagena, había recibido del emperador Carlos V poderes de mando similares a los suyos), decidió no compartir abiertamente sus planes con sus colegas de mando, algo que fomentó la especulación y la crítica.

La disensión entre los mandos encendió un motín contra Magallanes en la bahía de San Julián, en la costa atlántica de Argentina, lo que supuso la pena capital o el abandono en tierra a varios de sus promotores. Las contrariedades se sucedieron también en el paso del estrecho, que finalmente surcaron para la posteridad, y posteriormente a lo largo de todo el itinerario. Finalmente, Magallanes perdió la vida en combate con los indígenas de Mactán, en Filipinas.

Tras su muerte, el vizcaíno Juan Sebastián Elcano asumió un papel de liderazgo, confirmándose como el capitán de la nao Victoria, que sería la única de las cinco originales en regresar al puerto de partida.

El gran mérito de Elcano fue completar la circunvalación de la Tierra, cruzando el Índico hacia la punta sur de África sin prácticamente tocar tierra, para evitar la confrontación con las flotas portuguesas.

¿Por qué se amotina la gente?

Hay lecciones de estas severas experiencias para la gestión empresarial. Una preocupación no menor de los directivos es cómo evitar revueltas que puedan poner en cuestión su liderazgo.

  1. No se producen motines si no existen cabecillas que los promuevan y capitaneen. Pero la mecha de la revolución no prende sin causas que sumen las voluntades de un número suficiente de personas, especialmente cuando el fracaso puede traerles consecuencias onerosas. En aquella época, el castigo a un motín era la pena capital, que solía ejecutarse in situ.

  2. Hay que descartar la experiencia de circunstancias duras, inclementes o extremas como razón fundamental, o única, para generar un motín (aunque pueda representar un elemento necesario). Los marineros están acostumbrados a esas situaciones y, aunque puedan resultar un caldo de cultivo propicio, no son la causa directa de las sediciones. De hecho, pueden ser oportunidades para fomentar la cohesión del grupo. De manera análoga, durante la pandemia, el sentido de equipo resultó fortalecido en aquellas empresas donde se impulsaron las iniciativas de comunicación, las reuniones frecuentes y la asistencia a sus miembros.

  3. Lo que enciende una rebelión es más bien la chispa de un acto o una decisión que se interpreta como arbitrariedad o se considera cruel. La rebelión se produce de forma antagónica, como respuesta a un evento que se considera insoportable. Reacción es sinónimo de rebeldía, y los que reniegan de la obediencia debida sienten que se han traspasado los límites de lo admisible y se sienten exonerados.

En circunstancias extremas como las que se viven en una nao, o en tiempos de prueba en las empresas (como durante la pandemia), es especialmente importante evitar las conductas que se puedan interpretar como arbitrarias o crueles. Billy Budd, de Herman Melville, el gran escritor de los mares, es el relato de cómo la iniquidad de un superior puede despertar instintos magnicidas en el más inocente y bienintencionado de los grumetes.

En su bitácora de navegación, Elcano escribió: “en más avemos de estimar y tener es que hemos descubierto e redondeado toda la redondeza del mundo”. Una proeza que hoy nos embelesa aunque el progreso moral experimentado por nuestra civilización nos permite entender las luces y sombras de la gesta. Una experiencia que nos ayuda a entender las raíces del liderazgo y las causas de los motines.

Una versión de este artículo fue publicada originalmente en LinkedIn.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

Santiago Iñiguez de Onzoño no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.