Muchas escuelas de EEUU pueden enseñar lo que quieran. Resulta que enseñan mentiras

Rebecca Klein

PORTLAND, Oregón (EE UU). ― Eran las últimas horas de la mañana en un café artístico. El olor del café y los productos horneados endulzaban el aire. Ashley Bishop estaba sentada frente a una mesa, recordando una época en la que le habían enseñado que la mayoría de la sociedad secular estadounidense era merecedora de desprecio.

Al haber crecido en escuelas cristianas evangélicas privadas, Bishop veía el mundo de una forma polarizada, el bien y el mal, el cielo y el infierno. Le habían enseñado que bailar era pecado, que los homosexuales eran pederastas y que la enfermedad mental era una función de la influencia satánica. Los maestros de sus escuelas hablaban de la esclavitud como la inmigración negra y los instructores calificaban a los ecologistas como "brujas hippies".

La familia de Bishop se trasladó de un lugar a otro mientras ella era pequeña, pero siempre la matriculaban en escuelas evangélicas.

Así que cuando Bishop dejó la escuela en 2003 y entró en el mundo real a los 17 años, se sintió como si fuera una extraterrestre que aterrizaba por primera vez en el planeta Tierra. Al haber sido separada de la sociedad dominante, se vio incapaz de manejar el mercado de trabajo y desarrollar amistades seculares. Y, puesto que carecía de referencias culturales e históricas compartidas, pasó la mayor parte de la década de los veinte años escondida en su habitación con una agobiante ansiedad social.

Le habían enseñado que bailar era pecado, que los homosexuales eran pederastas y que la enfermedad mental era una función de la influencia satánica.

Ahora, a los 31, se ha convertido en todo lo que una vez le enseñaron a odiar. Comparte un apartamento con su novia, con la que lleva dos años. Va a terapia y toma medicamentos para la depresión, un problema que nace, en parte, de su asfixiante educación.

Con el paso de los años, algunas de las escuelas a las que Bishop asistió siguen siendo, en gran parte, como...

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