Es difícil entender ideas simples: bien común y sentido de Estado

Es difícil entender ideas simples: bien común y sentido de Estado

Nos deslizamos hacia una (nueva) repetición de elecciones como ocurrió en 2016. Los partidos políticos no dejan de concentrar toda su atención en el cálculo coste-utilidad de ajustes tácticos, de unos frente a otros, de suma cero. Es evidente ya que los líderes políticos ofrecen síntomas de la dificultad para gestionar el trasvase de poder desde la gente a los partidos, que es la gran paradoja del multipartidismo frente al bipartidismo. Lo que los líderes políticos hacen en un sistema multipartidista es concentrarse en establecer la mayoría política que permita un gobierno estable. El creciente bloqueo político evidencia una de las consecuencias del multipartidismo: las mayorías se cocinan al margen de las urnas.

A veces comprender lo simple es bastante difícil. Lo simple está infravalorado frente a lo complejo porque éste nos hace parecer más inteligentes. Lo simple es que PSOE y Ciudadanos son los partidos que pueden conformar la mayoría de gobierno estable. No obstante, Ciudadanos se autodescartó muy pronto para el acuerdo y el PSOE no ha tenido la oportunidad ni de responder.

Ciudadanos está experimentando una rápida e inesperada involución, con una cadena de dimisiones que no son triviales. Parecería que su objetivo central se habría desplazado desde el bienestar y progreso del país a favor de ocupar el espacio del PP, al que podría entender como un partido en descomposición debido a los casos de corrupción. Y, por supuesto, esperar grandes errores de Sánchez con EH Bildu o con Podemos para legitimar una supuesta traición al país. Ambos son dos hechos improbables como para un envite de la magnitud de la apuesta. Se trata de casi un todo o nada con consecuencias de alto calado. Las dinámicas sociales tienen un alto grado de impredecibilidad y la élite de Ciudadanos podría ser penalizada por favorecer ese giro a la derecha por parte de su bloque principal de votantes centristas. El mensaje de Rivera a sus críticos internos, “que funden otro partido”, es un patrón repetido por otros líderes antes de un precipitado declive.

Pedro Sánchez consciente de a dónde lleva la decisión de intentar gobernar en solitario amaga pidiendo la colaboración de Unidas Podemos y, al mismo tiempo, parece estar dejando que todo fluya hacia la repetición de elecciones con un calendario de entrevistas o negociaciones sin presión. Sánchez sabe que podrá utilizar el argumento, igual que tras ganar la moción de censura a Rajoy, con una suerte de no nos dejan gobernar, necesitamos más apoyos. Y en una hipotética repetición de elecciones generales ganar escaños -como sucedió en 2016 al PP- a costa de terceros. En este caso de los votantes más moderados de Ciudadanos y de los decrecientes votantes de Unidas Podemos (el caso del ayuntamiento de Madrid le podría pasar factura otra vez a Iglesias, empeñado en conseguir ministerios). Por mucho que Irene Montero repita que la ciudadanía ha decidido que quiere un gobierno de progreso que aporte estabilidad con Unidas Podemos en él, no solo no parece preocupar a Sánchez sino que no es verdad. Montero tiene derecho a sus opiniones pero no a sus hechos. La aritmética más básica la contradice y parece que Sánchez no les va a dar una segunda oportunidad.

El PP ha decidido jugar el rol de observador, el silencio y la prudencia o lo que es lo mismo: ver qué va sucediendo. Parece ser una estrategia pasiva receptiva con el convencimiento de que no saldrá perjudicado. De hecho, Casado no está obligado a abstenerse ni política ni moralmente, no le debe nada a Sánchez y aquel “no es no” de Sánchez le legitima a situarse como el observador expectante. Desde el PP se debe confiar en que ante una repetición de elecciones el coste negativo lo sufrirá Ciudadanos y volverán muchos votos perdidos de Vox. Y así Pablo Casado mantendría un cierto estatus de líder reconstructor del PP.

La posición de los partidos independentistas es la de una suerte de contratistas políticos: mantener la teatralidad independentista, desviar la atención del bloqueo institucional dominante en Cataluña, mantener activadas a las bases con la promesa del paraíso imaginado junto con el bucle de teorías conspirativas y el victimismo como forma de blindaje contra cualquier crítica. Y, mientras tanto, aprovechar la entropía dominante para intentar negociar lo innegociable. Los independentistas saben que son el ácido disolvente de cualquier alianza formal con Sánchez pero también que es necesaria su abstención para la investidura. Por tanto, su objetivo natural son las contrapartidas posibles. La más evidente: el indulto a los políticos independentistas, que ZP ya ha lanzado como globo sonda.

En la medida en que no está en la agenda política o mediática -excepto para Rajoy- la necesidad de un acuerdo de gobierno entre PSOE y Ciudadanos, mayor parece la falta de responsabilidad social y de sentido de estado de líderes y partidos, centrados en la exclusión de los otros. La mayoría real de la suma de PSOE y Ciudadanos está más cerca de ser la voluntad popular que la se defiende en Unidas Podemos. Pedro Sánchez, incluso cuando la gente concentrada en la calle Ferraz en la noche electoral le gritaba “con Rivera no”, no cerró la puerta al acercamiento sin líneas rojas. Sí cerró esa opción Rivera, muy rápido o en clave electoral municipal-autonómica-, rompiendo con una coherencia que sí tuvo Ciudadanos en 2015 y que está en la tradición liberal europea de facilitar gobiernos estables. El coste de los acuerdos de Ciudadanos con Vox, por mucho que interpongan al PP, se están haciendo ya patentes. Un potencial juicio social negativo de los votantes más centristas de Ciudadanos por falta de responsabilidad de Rivera y su ejecutiva supondría un efecto boomerang muy negativo. Renunciar a la experiencia de gobierno estable durante cuatro años por parte de Ciudadanos le podría estar alejando más que acercando a una futura presidencia de Rivera.

En España hay urgencias sociales, económicas, medioambientales, educativas, políticas... que hacen lógico, racional y necesario un gobierno estable al tiempo que se garantizan los equilibrios entre PSOE y Ciudadanos. El corto placismo de las decisiones políticas dentro de una campaña electoral permanente lleva a ceder el protagonismo a aquellos que se benefician más de la entropía social y política, la ingobernabilidad, el bloqueo institucional. Lo que acaba generando una creciente desconfianza en las instituciones y el modelo democrático entre los ciudadanos.

En un mundo interconectado global que cada día es más complejo la interinidad política y la ingobernabilidad son un lujo innecesario para un país. Quizás sea el momento de los líderes pragmáticos, con sentido de estado y que tengan como objetivo la preocupación por el bien común y el progreso de la sociedad española. Sería un signo de evolución, madurez y estabilidad democrática separarnos de la tradición política italiana entrópica y acercarnos a la tradición democrática norte y centro europea. La solución es simple por mucho que nos fascine lo complejo.