"Es como si hubieran arrancado algo muy dentro de mí. No tengo ilusión por nada"

Javier Taeño
Redacción
10 de marzo de 2014

“Vivir te acostumbras a vivir porque no te queda otro remedio, pero el dolor, la pena y la soledad que tienes por dentro…”

 

El reloj se detuvo pasadas las 7:30 horas de la mañana para Cecilio Cano y María José Campos. Era 11 de marzo de 2004 y una serie de explosiones habían sacudido Madrid y estaban a punto de convertirse en el peor atentado terrorista que había visto nuestro país en toda su historia. Su hija Sonia, de solo 25 años, viajaba en uno de los trenes, concretamente en el último que estalló, en la calle Téllez, muy cerca de la estación de Atocha.

Como cada día iba a su trabajo, como recepcionista en una residencia de ancianos, pero ese día no pudo llegar. A sus padres y a su hermano Marcos les esperaban las horas más largas de su vida, en un recorrido interminable por los hospitales que iba a acabar de la forma más trágica posible en el Ifema.

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“Me llamaron y me dijeron que había habido un accidente y yo lo primero que dije fue: ‘Rosa, han matado a mi hija’”, relata emocionada Mari José.

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10 años después, el dolor y la tristeza siguen profundamente clavados en los corazones de ambos, que se emocionan cuando hablan de “la niña”, el centro de su mundo, el foco de sus ilusiones que ese día se perdieron para siempre.

“Es como si hubieran arrancado algo muy dentro de mí. No tengo ilusión por nada. Cada vez que volvía al barrio me entraba una tristeza enorme, el saber que estás en el mismo sitio, que vuelves a lo mismo”, recuerda con lágrimas en los ojos la mujer.

“Lo único que quería era estar solo, les pedía a mis compañeros de trabajo que me dejaran solo y me iba a llorar”, aporta Cecilio.

Un infierno que les llevó a cambiarse de piso, de Coslada se trasladaron a San Fernando, huyendo de los recuerdos, “demasiados”, en sus propias palabras. Las Navidades o los cumpleaños nunca más volvieron a ser lo mismo. Juntos sí, pero sin nada que celebrar, solo deseando que pasara el día lo más rápido posible. Incluso los primeros años se iban todos los fines de semana a Extremadura “para olvidarnos de todo, porque allí no conocíamos a nadie”, confiesan.

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Poco a poco han logrado convivir con ese dolor, conscientes de que es algo que van a llevar siempre con ellos, pero sabiendo que necesitaban ser capaces de seguir adelante. En el caso de Mari José ha sido de gran ayuda el trabajo que empezó 9 meses después del 11-M. Lo que le daba fuerzas para levantarse todos los días y continuar con su vida. Cecilio lo tuvo más difícil; en lo que coinciden ambos es en que ha sido clave la llegada al mundo de su nieto, el pequeño Juan Manuel, de solo 5 meses, el hijo de Marcos que ha vuelto a iluminar la vida de la pareja.

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“Es una vidita que te ayuda a seguir, que te hace recordar porque recuerdas a tu hija también. A ella la encantaban los niños y era mayor que Marcos”, confiesa Mari José, que recuerda que lo primero que hizo su hijo al nacer el bebé fue llevarle al cementerio para que conociese a Sonia. A Cecilio se le pone una sonrisa cómplice y cuenta que es lo que les está ayudando un poco a continuar con su vida.

Pero los pasos son cortos y  difíciles. La pareja no había vuelto a montar en un tren de Cercanías desde entonces. Hasta que hace dos meses decidieron romper este tabú y acercarse a Príncipe Pío a comprar unos billetes de autobús. Hizo falta mucha fuerza de voluntad por parte de los dos. Cecilio revela que lo hizo obligado, Mari José que era una oportunidad pero que ella “no habría montado”.

“No es miedo, es el recuerdo, íbamos montados y pensábamos en sí pasaría algo cuando llegáramos a El Pozo, a Coslada… Has pasado esto y por lo menos tienes que seguir la vida, es lo que te queda”, comentan.

Siguen a rajatabla el consejo que les dio su hijo Marcos poco después del accidente: vivir el día a día con una máxima clara; que lo que ocurrió ese 11 de marzo de 2004 no se olvide nunca. Y recordando a Sonia, claro, siempre “teniendo la imagen de cómo era ella”, concluyen.

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