Científicos encuentran compuestos capaces de revertir el envejecimiento celular

Imagen de un cromosoma con los telómeros marcados en rojo. (Imagen creative commons vista en Wikipedia).

Envejecer puede ser terrible, tanto a nivel psicológico como metabólico, pero como yo siempre digo “la alternativa es mucho peor”. Desde los tiempos en que los alquimistas buscaban sin éxito el mítico elixir de la eterna juventud, la humanidad ha soñado con encontrar un remedio al declive físico que nos trae el paso de los años, y en última instancia vencer a la muerte. La meta no es encilla, y a pesar de que en las últimas décadas nuestra medicina ha avanzado enormemente, a la par que hemos aprendido mucho acerca de los procesos biológicos asociados al envejecimiento, lo cierto es que seguimos muriendo (aunque conviene felicitarnos por el notable aumento en la esperanza de vida que hemos conseguido).

Si como yo, seguís con interés todo lo relacionado con las noticias que anuncian avances en la longevidad humana, seguramente habéis oído hablar alguna vez sobre los telómeros. Os explico que son por si acaso. Podríamos decir que envejecer es un proceso que comienza en el interior de cada célula. En realidad, nuestras células están programadas para reproducirse un número finito de veces, y una vez alcanzan ese límite mueren.

¿Cómo puede una célula controlar el número de veces que podrá reproducirs? La respuesta la encontramos en los extremos de los cromosomas, donde existen unos pequeños «taponcitos» que tienen un fin similar al de los protectores de plástico que hay en las puntas de los cordones de vuestros zapatos para impedir que se deshilachen.

Bien, pues en las células, estos «taponcitos» (es decir los telómeros) van acortándose a medida que estas se reproducen una y otra vez. Desgraciadamente, al final los telómeros se hacen tan cortos, que la información genética acaba por “deshilacharse”, provocando que la célula se autodestruya. Precisamente en España contamos con una de las especialistas en telómeros más reconocida del mundo, la directora del CNIO: María Blasco.

Una vez acabada esta introducción, vamos a hablar ahora de una enfermedad rara llamada Disqueratoris congénita, cuya causa se debe a mutaciones que afectan a múltiples genes. La mayoría de esas mutaciones interrumpen la formación de la telomerasa, que es la enzima que permite el alargamiento de los telómeros en ciertas células madre y en tejidos fetales.

Las mutaciones que provocan la disqueratosis congénita interrumpen dos moléculas llamadas TERT y TERC, que son las componentes principales de la telomerasa. Sin entrar en muchos tecnicismos, podemos decir que ambas subunidades de la telomerasa se ven afectadas por un conjunto de genes que “ajustan” su funcionamiento.

Entre estos genes se encuentra el PARN, que según un trabajo publicado en 2015 en la revista Nature Genetics, es importante para el procesado y estabilidad de la molécula TERC (cuyas siglas en inglés significan “componente ARN de la telomarasa”). Si el gen PARN sufre mutaciones, el resultado es que se genera menos TERC y por tanto menos telomerasa, lo cual acorta prematuramente los telómeros. Esto es precisamente lo que le sucede a las personas que padecen disqueratoris conngénita.

Explicado esto, toca hablar del trabajo del doctor Suneet Agarwal (pediatra de la división de hematología y oncología del Hospital Infantil de Boston) y su equipo, cuya intención era precisamente la de dar con nuevos tratamientos contra esta enfermedad rara, cuyos primeros síntomas comienzan a manifestarse durante la infancia, y que debilita el sistema inmune de quien la padece hasta el punto de hacer necesario un trasplante de médula.  

El nuevo estudio llevado a cabo por el equipo del doctor Suneet Agarwal se centró en una enzima llamada PAPD5 que se opone al gen PARN y que desestabiliza el TERC. La idea era “controlar” a esta enzima para proteger el TERC y restaurar el equilibrio adecuado de la telomerasa.

Para ello, en primer lugar realizaron estudios de detección a gran escala (analizaron hasta 100.000 compuestos químicos conocidos) tratando de identificar entre ellos a un puñado que lograran inhibir el PAPD5. Inicialmente lo consiguieron con 480 de ellos, que finalmente se vieron reducidos a unos pocos: los más prometedores. (El artículo habla especialmente bien de dos compuestos llamados BCH001 y RG7834).

Más tarde probaron estos inhibidores con células madre en sus laboratorios, las cuales se habían creado a partir de células donadas por pacientes aquejados con disqueratoris congénita. ¿Resultado? Los compuestos aumentaban los niveles de TERC en las células y restauraban los telómeros a longitud normal.

¡Perfecto! Pero una vez hecho este descubrimiento tocaba comprobar que dichos compuestos eran seguros, para lo cual tomaron células madre sanguíneas de humanos y las modificaron introduciendo las mutaciones en el gen PARN que provocan la disqueratoris congénita. Luego, trasplantaron esas células modificadas en el organismo de ratones, y los trataron por vía oral con los compuestos inhibidores de la enzima PAPD5 que previamente habían identificado.

¡Bingo! Los compuestos aumentaron la TERC y restauraron la longitud de los telómeros de las células madre trasplantadas, sin provocar ningún efecto adverso en los ratones, y sin afectar a la capacidad de las células madre para transformarse en diferentes tipos de células sanguíneas.

Sin duda una gran noticia para las personas afectadas por esta enfermedad rara, que con suerte podrán contar con tratamientos efectivos y menos invasivos para combatir su mal en no demasiado tiempo. Pero la noticia también es de interés para todos los que deseamos que la ciencia nos acerque un poco más a la inmortalidad.

De hecho, los investigadores ya sueñan con fabricar medicamentos que se puedan administrar por vía oral y que se centren en restaurar los telómeros de las células madre presentes en todo el cuerpo. Esto podría mejorar la capacidad regenerativa de los tejidos que conforman el sistema circulatorio, los pulmones, y otros órganos afectados tanto por la disqueratoris congénita como por otras enfermedades.

El trabajo acaba de publicarse en Cell Stem Cell.

Me enteré leyendo New Atlas.

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