¿Entonces habrá más terremotos devastadores en 2018?

Imagem de 14 de novembro de 2017 na cidade de Sar-e Pol-e Zahab após terremoto
Imagen del 14 de noviembre de 2017 en la ciudad de Sarpol-e Zahab (Irán) después del terremoto.

Los científicos llevan años intentando dotarse de herramientas predictivas que les permitan anticiparse a los destructivos efectos de los terremotos. En 2011 ya escribí en este blog acerca de la imposibilidad que por el momento tenemos para detectar la llegada de un sismo antes de que este se produzca.

En base a esta incapacidad reconocida por la ciencia, mi sorpresa fue mayúscula cuando la semana pasada leí que se anunciaban más terremotos y más mortíferos para el venidero año de 2018. La idea provenía de un controvertido estudio realizado por dos geólogos de las universidades de Colorado y Montana respectivamente, llamados Roger Bilham y Rebecca Bendick, cuyos resultados acaban de anunciarse durante la reunión anual de la Sociedad Geofísica de los Estados Unidos.

El trabajo de Bilham y Bendick (publicado en Geophysical Research Letters) se basa en una supuesta correlación encontrada por ambos entre los años en que disminuye la velocidad de la rotación de la Tierra (lo cual sucede cada 32 años aproximadamente) y el número de terremotos graves (por encima de 7 en la escala Richter) que se dan cada año.

Ambos geólogos repasaron la serie histórica desde el año 1900 hasta nuestros días, encontrando un supuesto patrón que indica la presencia de ciclos de cinco años en los que el número de terremotos de gran magnitud se elevaba de forma notable por encima de la media “normal” que son unos 8 o 10 al año.

La idea de Bilham y Bendick es que las placas tectónicas van almacenando energía potencial (como si fuera una batería) a lo largo de un ciclo de tiempo (a este período lo llaman “intervalo de renovación”) y que pasado es período, algo actúa como gatillo que libera toda esa energía. ¿Pero qué?

Observando los patrones de datos, que inicialmente parecían puramente aleatorios, la pareja de geólogos creyó observar una coincidencia entre cierto tipo de terremotos (los de 7 o más en la escala) y un intervalo de renovación corto (entre 20 y 70 años) que hacía que aparentemente ambos fenómenos se agrupasen, lo cual daba lugar a años en los que hasta 20 sismos de esta potencia parecían sincronizarse por todo el globo.

Para más INRI, según el patrón detectado por Bilham y Bendick, en 2018 comenzaría uno de esos períodos “de riesgo”, lo cual en caso de que estén en lo cierto, podría hacer que este año especialmente tranquilo (solo ha habido 6 terremotos de magnitud 7 o superior) diese paso a un lustro en el que la media anual podría ascender a 20 terremotos.

¿De verdad era eso lo que decían estos geólogos? Bien, según acabo de leer en Washington Post, ambos científicos están bastante decepcionados con el tratamiento sensacionalista que la prensa ha hecho de su trabajo, y creen que no hay lugar para dejarse llevar por el pánico.

Tradicionalmente, los intentos anteriores de predecir terremotos desde un punto de vista científico han resultado un fracaso. Hubo intentos de anticipar su llegada en base al comportamiento de los animales, de las emisiones de gas en las rocas, de señales de baja frecuencia eléctrica que se mueven por ondas alrededor de la Tierra, etc. Nada tuvo éxito.

Por eso Bendick reconoce estar asustada al “meterse en este juego”. Sin embargo, conseguir un método que funcione a la hora de predecir sismos podría significar la diferencia entre vivir o morir para un elevado número de personas, de modo que ambos geólogos prefieren arriesgar aunque puedan equivocarse mientras se enfrentan al escrutinio de la comunidad científica.

Saben que correlación no implica causalidad, pero creen que merece la pena estudiar el nexo de unión que supuestamente existe entre esas levísimas variaciones en el periodo de rotación terrestre que se dan cada 30 años aproximadamente, y el agrupamiento (cinco años más tarde) de esos terremotos de alta magnitud que aparecen en intervalos cortos.

Después de todo así avanza la ciencia, uno lanza una hipótesis que genera sus propias predicciones, y la naturaleza y la comunidad científica se encarga de encumbrar u apartar a los proponentes y sus conclusiones.

Tal y como Bendick aclara, el estudio se basa en probabilidades y no en predicciones. Que la Tierra esté ralentizando su rotación no significa que un terremoto vaya a suceder el año que viene, sino que simplemente la probabilidad aumenta.

Más aún, este patrón de ocurrencias de terremotos definitivamente no es el único que influye en el comportamiento de la Tierra. Si así fuera, hace mucho tiempo que los científicos se habrían percatado. Deben existir indudablemente otros ciclos de terremotos en la Tierra conducidos por otros fenómenos que no son tomados en consideración en el trabajo de Bilham y Bendick.

No existe ninguna evidencia científica que de explicación o relacione el acortamiento en la duración de la rotación terrestre y el aumento en el número de terremotos devastadores (teorizan sobre ligeros cambios en el comportamiento del núcleo de la Tierra que puedan provocar ambos fenómenos), aunque para ambos geólogos la coincidencia está ahí. De ser cierta, tal vez alguno de los investigadores que observará a partir de ahora el historial sísmico planetario logre (inspirado por el trabajo de esta pareja) encontrar una mejor explicación.

Mientras tanto mucho escepticismo y por supuesto nada de alarmismo.

Me enteré leyendo Washington Post.

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