Los recuerdos de la primera ola de una enfermera para aquellos que les llaman 'asesinos' y 'cómplices'

M. J. Arias
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Evaa (@EvaJuradoDiaz) es enfermera y, como miles de compañeros repartidos por toda la geografía española, estuvo en primera línea frente al coronavirus durante la primera ola de contagios. Ahora, con la segunda acechando y apareciendo pintadas contra los sanitarios en algunos centros hospitalarios, ha querido recordar alguno de los peores y mejores momentos vividos en los primeros meses de pandemia con un mensaje muy claro: “Espero que no haya una segunda ola, porque no lo vamos a aguantar, ni psicológicamente ni físicamente”.

Según los datos del Ministerio de Sanidad recogidos recientemente por RTVE, los profesionales de la sanidad que han dado positivo por COVID-19 ascienden a 58.255 hasta el 9 de septiembre, de los cuales 63 fallecieron a fecha 5 de junio. Han estado ahí, doblando turnos, sin materiales de protección para hacer frente al virus durante los primeros meses de pandemia, dándolo todo. Cada día, durante semanas, los ciudadanos salieron al balcón a las ocho de la tarde para aplaudirles.

Ahora, cuando todo aquello parece muy lejano en el tiempo –solo han pasado seis meses en realidad– y la segunda ola empieza a vislumbrarse, los negacionistas crecen en número, hacen cada vez más ruido y, aunque de manera anecdótica, hay quien tacha a los sanitarios de ‘cómplices’ y ‘asesinos’. A raíz de las pintadas en los muros de dos centros hospitalarios, esta enfermera ha querido compartir algunos de sus recuerdos de la primera ola, como cuando casi recién llegada a casa la llamaron de nuevo del hospital para preguntarle si podía doblar turno.

“Allí empecé mi primer contacto con el COVID, aprendí sobre la marcha como ponerme y quitarme el EPI, pacientes pronados por aquí y por allá pero todavía no era consciente de lo que se nos venía encima, pero sí recuerdo salir asustada y cansada después de trabajar 14 horas”, comienza su recordatorio. Aquel día decidió que tendría que aislarse de su propia familia para protegerles del virus.

En aquella planta estuvo solo una semana y no puede “decir con exactitud cuánta gente se me murió, pero os voy a dejar con 2 recuerdos, el primero, en el que un paciente me rogó que le cambiará de habitación porque no podía aguantar que se le murieran más compañeros (llevaba 3). El segundo, como al hacer la segunda ronda de sacar las analíticas (5-6 de la mañana) habían fallecido 3 personas y no sabíamos qué había pasado porque hacía horas estaban bien, saturando bien, hablándonos”.

La cambiaron de planta, a una que antes no existía y que se abrió para pacientes COVID-19 “con unas compañeras fantásticas que habían sido sacadas de consultas y quirófano con poca experiencia en hospitalización, pero hicimos un gran equipo”.Y allí siguió el resto del tiempo. Comenta que se llevó “grandes palos”, pero que hubo dos nombres que se le quedaron grabados. Uno el de un señor de unos sesenta años recién jubilado y que acababa de tener una nieta. El segundo, un paciente joven “tan asustado” que “no paraba de llorar”. Le pidió “que le dijera a su mujer que la quería por que el tenía miedo, y lo hice”. Fueron sus últimas palabras.

Entre sus recuerdos están los pacientes que se fueron, aquellos a los que no pudo consolar en los momentos más duros y la muerte de un compañero. “La impotencia de no poder salvar ni a tu propia familia, no os lo podéis ni imaginar”, sentencia en uno de sus tuits. Fueron semanas, meses, de desbordamiento, de no dar abasto. “La UCI es una unidad preciosa, con un gran equipo, donde estás acostumbrado a darlo todo por tus pacientes, a humanizarlos y allí eso era todo lo contrario, parecía la guerra”, se lamenta.

En su hilo, que se ha vuelto viral con más de11.000 retuits en cuestión de unas horas, también hay cierto lugar para la esperanza y los buenos recuerdos. Como el de su “paciente favorito” que “estuvo 40 días intubado” y que al despertar “no podía mover nada más que las palmas de las manos”. Las ponía, recuerda, “hacia arriba para que le diera la mano, o para hablar conmigo. Se le caían los lagrimones cada vez que veía por videollamada a sus nietos. Un día me puse a afeitarle, me quedo tan mal que le dejé un bigote porque no me atreví a seguir (…). Ayer me escribieron, 6 meses después le han dado el alta y está en casa, es un superviviente”.

Acaba su hilo con contundencia: “Y ahora, después de contaros todo esto, que alguien tenga el valor de llamarnos asesinos a ninguno de nosotros. Cada uno tiene una historia, cada uno tenemos nombres que no se nos van a olvidar nunca, lo que he contado aquí es una centésima de todo lo que vivido”. Y un aviso: “Espero que no haya una segunda ola, por que no lo vamos a aguantar, ni psicológicamente ni físicamente después de lo que nos maltrata el sistema y ahora la sociedad”.

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