En la capital yemení, un sintecho vive en un árbol

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Ahmed Houbeichi posa delante de la cabaña que construyó en un árbol, en Saná, la capital de Yemen, el 4 de octubre de 2018

Ahmed Hubeichi vive en un árbol en Saná, la capital de Yemen, y no por cumplir un sueño de niño. Ha acabado así, empujado por la dura realidad de la guerra y la pérdida de su trabajo.

Con una camiseta roja, un turbante blanco y una tela en la cintura, este hombre de 29 años, que trabajaba como tendero, explica pausadamente su descenso al infierno.

Hace unos meses todavía tenía su pequeña tienda, "pero los precios se dispararon y se acumularon las deudas".

Sus clientes compraban a crédito y nunca pagaban sus deudas, así que al final acabó hundiéndose por no poder pagar el alquiler del local, en un barrio del sur de Saná.

Hubeichi primero durmió en la calle y luego decidió instalarse en un árbol, un ficus situado en un terreno entre dos zonas muy concurridas de la "calle 30" de la capital yemení.

"Es mejor que la calle y nadie viene a reclamarme un alquiler", dijo.

Subiendo y bajando del árbol rápidamente, muestra su cabaña construida con restos de madera de su tienda y sábanas viejas. Incluso construyó una puerta.

"Tapé todos los agujeros para protegerme del frío", explica.

También consiguió tener electricidad, gracias a una placa fotovoltaica. No tiene sin embargo agua corriente.

Cerca del árbol, Ahmed Hubeichi consigue un poco de dinero vigilando un juego de futbolín que un vecino alquila a los niños del barrio. Pero los ingresos son mínimos: "sólo tengo para comer", dice.

La guerra que devasta Yemen desde hace cuatro años provoca grandes carencias y toda la población sufre. El conflicto ya ha dejado unos 10.000 muertos, más de 56.000 heridos, y ha causado la peor crisis humanitaria en el mundo actual, según la ONU.

Saná está en manos de los rebeldes hutíes chiitas, respaldados por Irán, que se enfrentan a las fuerzas progubernamentales, apoyadas por Arabia Saudita.

- Profesor y traficante -

En Taez, gran ciudad del suroeste, rodeada en parte por los hutíes y defendida por numerosos grupos, entre ellos islamistas, yihadistas, nacionalistas y progubernamentales, un profesor ha tenido que seguir un camino inusual para sobrevivir.

Para que él y su familia puedan sobrevivir, Jalal Qassim enseña árabe por la mañana en un centro de secundaria de la ciudad, y por la tarde, se dedica a vender gasolina de contrabando en botellas de plástico.

"Es una situación muy difícil. El docente ha pasado de la clase media al estatuto de pobre. Y el salario no es suficiente para el alquiler de una casa y los otros gastos cotidianos", asegura este hombre.

"El sueldo, cuando llega, es demasiado bajo para cubrir todas las necesidades fundamentales de la vida", se lamenta, cuando el rial ha perdido dos tercios de su valor desde 2015.

Los gastos de gas, diésel y gasolina aumentaron 25% desde noviembre de 2017, según la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU (OCHA).

Los hutíes acusan a las fuerzas progubernamentales, respaldadas por una coalición militar liderada por Riad, de bloquear el suministro de gasolina.

Algunos habitantes acusan por su parte a las autoridades rebeldes y a los comerciantes de enriquecerse a su costa.

En cuanto a Qassim, se niega a revelar sus fuentes de suministro.