El vino sudafricano aspira a mejorar la calidad y a subir sus precios

Por Philippe ALFROY
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El enólogo Ken Forrester habla de su vino y viñedos, en el establecimiento vinícola que lleva su nombre, a unos 60 km de Ciudad del Cabo, el 1 de marzo de 2017

En 20 años de dedicación al vino, Ken Forrester se ha quejado pocas veces. "Nunca hemos tenido un mal año", dice, y el "negocio prospera". Pero ahora le preocupa el futuro de la industria vitícola sudafricana.

De cuclillas en medio de sus hileras de cepas plantadas en 50 hectáreas al pie de la montaña, Forrester examina unos racimos de su producto estrella: el Chenin blanc (un tipo de uva blanca).

"Mire este moho. Es perfecto. Este racimo de aquí está listo para la vendimia", explica el sexagenario. "Es muy importante recolectar el fruto en el momento justo. Si no el vino es banal y un vino banal lo hace cualquiera". añade.

Su receta parece dar fruto: el año pasado vendió casi 500.000 botellas.

¿Es rentable? No tanto, contesta. "Tenemos un problema de precios. No conseguimos vender nuestros vinos a un precio suficiente" alto, resume Forrester refiriéndose a toda la producción vitícola de su país.

La organización que reagrupa a los productores de la región de El Cabo, Vinpro, resume el problema con una cifra: alrededor del 40% de sus 3.200 miembros pierden dinero y 900 tiraron la toalla durante los diez últimos años.

"Los productores sudafricanos cuentan con una tasa promedio de retorno de inversión de 2%, es demasiado baja para que su actividad sea duradera", confirma Edo Heyns, de Vinpro.

- 'Calidad ante todo' -

El sector de la viticultura emplea a unas 290.000 personas y contribuye en 2.600 millones de euros al Producto Interior Bruto de Sudáfrica. Con 10,5 millones de hectolitros en 2016, el país es el octavo productor mundial de vino.

"Los volúmenes fueron muy buenos en 2016 (...) pero tenemos que obtener mejores precios para nuestros vinos", aboga Edo Heyns. "Con frecuencia los crudos sudafricanos sólo son reconocidos por una buena relación calidad/precio, esto debe cambiar", insiste. "Necesitamos calidad, imagen, promoción", apostilla.

El exjugador de rugby Jan "Bolen" Coetzee se dedica al vino desde 1980 y está convencido de que la industria debe renunciar a su política de cantidad.

Sudáfrica produce vino desde hace más de 300 años, pero en los años 1980 el sector sufrió de lleno el embargo internacional decretado en virtud de la lucha contra el régimen del 'apartheid'. Cuando el mercado se reabrió en la década de 1990, el país se apresuró a vender sus reservas al precio que fuera.

"En vez de vender nuestros mejores vinos, vendimos vino de mesa, millones de litros", lamenta Coetzee. "Nuestro único argumento era el precio y el precio era bajo", explica.

Aunque los vinos sudafricanos comiten en las clasificaciones internacionales con los más prestigiosos de Burdeos, no se han quitado de encima la reputación de vino barato.

"¡Me sorprende mucho que en Europa la gente esté dispuesta a pagar más por una botella de agua noruega que sale de un cubo de hielo que por una botella de vino sudafricano!", suelta Coetzee.

En un intento de respaldar los precios, la industria vitivinícola sudafricana trata de mejorar la imagen de sus vinos en el extranjero, puesto que exporta más de la mitad de la producción.

"Tenemos alrededor de 500 marcas de vino pero ni siquiera una es reconocida en el mundo entero", admite Siobhan Thompson, directora de Wines of South Africa (Wosa).

Ante la fuerte competencia de países como Australia y Chile, esta organización lucha por defender la calidad sudafricana ante sus clientes tradicionales (Reino Unido y Alemania), e imponerse en los nuevos mercados (China, resto de África).

"Soy optimista", asegura Thompson, "lo importante es que produzcamos vinos de calidad mundial, merecemos que nos paguen correctamente por ello", reivindica.

El profesor de economía agrícola Nick Vink es más ponderado. Para él, la viticultura sudafricana sufre un problema estructural.

"En cuanto a la oferta, tenemos un problema crónico de superproducción", diagnostica, "y desde el punto de vista de la demanda (...) no disponemos del mercado interno que permitiría hacer subir los precios".

El desarrollo de este mercado es todo un desafío, explica, porque la afición por el vino es prácticamente inexistente entre la población negra, mayoritaria en el país.

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