El tratado que prohíbe las armas químicas es “inútil”

El químico noruego Leiv Sydnes recuerda perfectamente el 22 de julio de 2011. Aquel día, “un loco” que se creía un caballero templario, Anders Breivik, colocó un coche bomba frente a la oficina del primer ministro noruego en Oslo y mató a ocho personas. Inmediatamente después, disfrazado de policía, acudió a la isla de Utoya y disparó a todo lo que se movía en el campamento de verano de las juventudes del Partido Laborista de Noruega. Murieron otras 69 personas.

“A Breivik le llevaron a domicilio todas las sustancias químicas que necesitaba para hacer la bomba”, explica Sydnes. Con un pedido de seis toneladas de un fertilizante para las plantas, nitrato de amonio, y otro de fueloil preparó una bomba letal que destrozó varios edificios en el centro de Oslo y desató el caos.

Sydnes, actualmente profesor visitante en la Universidad de La Laguna (Tenerife), utiliza el ejemplo de Noruega para ilustrar cómo ha cambiado el mundo en las dos últimas décadas. La violencia masiva ya no es patrimonio de un puñado de gobiernos. Cualquiera puede matar a un centenar de personas.

Israel y Corea del Norte, fuera de la Convención

Sydnes hace hoy un llamamiento en uno de los templos de la ciencia, la revista Nature, para modificar la obsoleta Convención sobre Armas Químicas, que ilegaliza este tipo de armamento desde 1997. “Tal como está es, en cierto modo, inútil”, explica por teléfono desde La Laguna. Sydnes reconoce los “espectaculares” logros de la Convención: el 78% de los almacenes reconocidos de armas químicas ha sido destruido y se espera que la cifra llegue al 99% en 2017. Sin embargo, el tratado presenta agujeros espeluznantes.

«Con los procedimientos y los materiales tan disponibles, casi cualquiera puede intentar producir armas químicas»


Leiv Sydnes
Profesor de la Universidad de Bergen

En primer lugar, hay ocho países que no se han adherido a la Convención con el objetivo obvio de burlar la legalidad internacional. Son Israel, Myanmar, Angola, Egipto, Corea del Norte, Somalia, Sudán del Sur y Siria. En segundo lugar, la Convención de Armas Químicas, ratificada por 188 países, concentra sus inspecciones en sustancias químicas que los países almacenaban en cantidades industriales, como el gas mostaza y el sarín.

“Las nuevas técnicas de procesamiento de sustancias químicas y los nuevos equipamientos, incluyendo los microrreactores, facilitan que los terroristas puedan fabricar pequeñas pero mortíferas cantidades de armas químicas fuera del alcance de la Convención”, sostiene Sydnes en Nature. “Con los procedimientos y los materiales tan disponibles, casi cualquiera puede intentar producir armas químicas”, alerta. Los microrreactores, presentes en “miles” de empresas y centros de investigación, son dispositivos de unos pocos centímetros capaces de producir multitud de sustancias químicas.

Terroristas y grupos revolucionarios

Sydnes habla con conocimiento de causa. Como profesor de Química de la Universidad de Bergen (Noruega), dirigió el grupo internacional que evaluó en 2007 y en 2012 el impacto de los avances científicos en la Convención de Armas Químicas. A su juicio, ha llegado el momento de cambiarla.

El tratado que prohíbe las armas biológicas no establece ningún proceso para verificar su cumplimiento

Entre el 8 y el 19 de abril, representantes de los 188 países firmantes de la Convención se reunirán en La Haya (Países Bajos) para revisar el tratado por tercera vez. Y los documentos que hay sobre la mesa, advierte Sydnes, “no abordan los recientes cambios geopolíticos ni las emergentes tecnologías de producción a pequeña escala, que plantean nuevos riesgos”. La Convención, prosigue, “sólo se ocupa de autoridades nacionales y no de individuos poderosos, grupos revolucionarios, facciones en guerras civiles y células terroristas”.

Sydnes propone fusionar la Convención de Armas Biológicas, ratificada por 165 países y en vigor desde 1975, con la Convención de Armas Químicas. El primer tratado prohíbe las armas biológicas, pero no establece ningún proceso para verificar su cumplimiento. El profesor noruego cree que fusionar las dos convenciones permitirá exportar a las ciencias biológicas el régimen de inspecciones que sí existe en la Convención de Armas Químicas.

“Una parte de la química se superpone con la medicina y la biología, y actualmente no está sometida a suficiente vigilancia”, declara. La saxitoxina, una neurotoxina presente en los mejillones que es paralizante para los humanos, y la ricina, una potente toxina extraída del mismo arbusto con el que se produce el aceite de ricino, son dos ejemplos.

Armas químicas de antidisturbios

Sydnes también urge a prohibir la investigación de nuevos agentes químicos incapacitantes, que actúan sobre el sistema nervioso y son empleados para el control de masas. En 2002, el Ejército ruso utilizó un derivado del fentanilo, un anestésico 80 veces más potente que la morfina, para entrar en el teatro de Moscú en el que un grupo de terroristas chechenos retenía a unos 750 rehenes. El gas mató a 125 personas. La Convención de Armas Químicas actualmente permite el uso de estas sustancias para la represión de disturbios. “En la búsqueda de un agente seguro para el control de disturbios se producirán inevitablemente otros compuestos mortíferos de agentes químicos incapacitantes”, señala Sydnes.

El experto noruego coincide con el Comité Internacional de la Cruz Roja, que hace dos meses denunció este vacío legal. “Ha llegado el momento de que los estados adopten una postura clara contra el desarrollo de otras sustancias químicas tóxicas para emplearlas como armas”, exigió Philip Spoerri, director de Derecho Internacional de la organización.

Sydnes también reclama a la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas, encargada de la aplicación de la Convención de Armas Químicas, que ponga en marcha un registro de los compradores de microrreactores. La organización no quiso hacer comentarios a lo largo del día sobre las críticas de su principal asesor científico.

“Una Organización para la Prohibición de las Armas Químicas fuerte y una nueva Convención de Armas Biológicas y Químicas son la mejor manera de prevenir el uso de este terrible armamento”, concluye el experto.

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