El testimonio de un niño venezolano que prefiere vivir en Brasil porque no pasa hambre

Daniel Sucre tiene 10 años y le gusta Brasil porque puede comer 3 veces al día.

“Me gusta aquí. Me encanta, porque aquí como el desayuno, almuerzo y cena. Allá solo la cena. Y si puedo pido la repetición. En Sao Paulo voy a poder estudiar, que es lo que más quiero hacer”, confesó a un reportero de la televisora argentina Todo Noticias en un campamentos de refugiados en el estado de Roraima, en el noreste de Brasil.

Daniel desea aprender a hablar portugués y convertirse en médico para atender a su madre si algún día le pasa algo. También tiene claro que no quiere regresar a Venezuela, a menos que sea para ver a su familia y “traerla para que no pase fome (hambre)”.


Los indicadores macroeconómicos revelados en abril por el Fondo Monetario Internacional señalan que el hambre que relata Daniel es real. El desastre económico ha pulverizado el poder adquisitivo de los venezolanos de tal manera que el salario mínimo mensual equivale a un dólar y la hiperinflación rondará el 13.864% a finales de 2018.

Daniel vive con sus padres y sus tres hermanos en una carpa del refugio Jardín Floresta, un campamento de unas 99 tiendas de campaña levantadas sobre un terreno de arena rojiza en Boa Vista, estado de Roraima, por el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) y el ejército brasileño.

José Sucre, el padre de Daniel, dijo que salieron el 30 de noviembre de 2017 de Puerto La Cruz, una ciudad costera del oriente venezolano que queda a unos 1.200 kilómetros. Para llegar a Boa Vista hay que transitar deterioradas carreteras que atraviesan zonas selváticas y donde acecha la delincuencia y el calor extremo.

Los migrantes atraviesan zonas inhóspitas del sur de Venezuela con la esperanza de tener una mejor calidad de vida en tierras brasileñas. Los Sucre viajaron 1.200 kilómetros desde Puerto La Cruz, en Venezuela, hasta Boa Vista, Brasil.

Sucre aseguró que prefiere vivir en una carpa a que “me insulten matándome de hambre” porque un mes entero de sueldo no le alcanzaba ni para comprar una lata pequeña de leche deshidratada.

El flujo de venezolanos que cruzan la frontera es tal que Brasil anunció el 18 de abril que construirá otros 11 refugios para albergar a los lleguen escapando de la crisis del vecino país.

Según cifras aportadas por las autoridades brasileñas a la prensa local, unas 1.200 personas cruzan a diario la frontera en Paracaima, una pequeña localidad donde se encuentra el puesto fronterizo. La mayoría de los viajeros, agotados y sin recursos, continúan una larga caminata de 200 kilómetros hasta Boa Vista, donde muchos terminan durmiendo en plazas y parques de la ciudad.


Las dificultades para ofrecer vivienda, alimentos y atención médica a la oleada de venezolanos que ha llegado recientemente a Boa Vista motivó al estado de Roraima a introducir una petición a la Corte Suprema de Brasil para cerrar la frontera con Venezuela, solicitud que fue negada por la Procuraduría.

El subprocurador general, Luciano Mariz Maia, dijo que el cierre de la frontera o la restricción del flujo migratorio violaría los compromisos internacionales en materia de defensa de derechos humanos que ha firmado el gobierno de Brasil.

El Banco Mundial expresó su disposición por colaborar Brasil y Colombia, que son los países más afectados por oleada de refugiados venezolanos, pero no explicó cómo se traduciría esa ayuda en términos reales.