La industria que crea puestos de trabajo a cambio de vidas.

·2 min de lectura

Sería fácil haber titulado este texto con algo como "dejad de fumar, idiotas". Como no fumadora, y alguien a quien le da asco cualquier cosa que huela lejanamente a un cigarrillo, lo sencillo es sentirse superior a los que han caído en la tentación, esos enganchados irremediablemente, como si no tuvieran fuerza de voluntad.

Pero no.

Hoy leía en El País a Paz Ares, presidenta de la Asociación Española de Investigación sobre el Cáncer, afirmar que el tabaco debería percibirse por la gente "en el nivel de la cocaína o la heroína". Ella ha calculado que "si todo el mundo dejara de fumar hoy se reducirían un 80% los cánceres de pulmón y un 30% otros tipos de tumores".

Se salvarían decenas de miles de vidas cada año en España.

Pero, claro.

¿Quién le pone el cascabel al gato?

¿Quién prohibe una droga legal? ¿Cuántas víctimas desesperadas quedarían y qué serían capaces de hacer por conseguir cigarrillos?

El Comité Nacional para la Prevención del Tabaquismo cifra en casi 16.000 millones de euros el gasto anual -económico, además de las vidas perdidas- de las enfermedades derivadas del tabaco y de los cuidados sanitarios que necesitan los fumadores, casi el doble de lo que se recauda con los impuestos sobre el tabaco -9.000 euros al año-.

¿Quién destruye una industria que genera 43.000 empleos directos, indirectos e inducidos? A pesar de que el producto que generan enferma y mata, ¿quién elimina una industria que aporta una facturación de 1.440 millones de euros: 130 en Extremadura por la producción de la hoja de tabaco, 700 en Cantabria y Canarias por la fabricación, 12.000 millones en ventas minoristas en estancos y máquinas expendedoras.

A pesar de las muertes, ¿quién manda al paro a todas esas personas?

Estamos tolerando una industria de la muerte: puestos de trabajo a cambio de vidas. Y es literal.