El reparto de jueces, el último bastión de un bipartidismo decaído en España

Asier Martiarena
La vicepresidenta del Gobierno, Carmen Calvo y el presidente del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), Carlos Lesmes. EFE/JuanJo Martín
La vicepresidenta del Gobierno, Carmen Calvo y el presidente del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), Carlos Lesmes. EFE/JuanJo Martín

Pedro Sánchez y Pablo Casado han pasado en apenas 15 días de romper relaciones por las acusaciones de golpista -del popular al socialista- a repartirse las cuotas del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ). Una cosa es enfrentarse de cara a las elecciones, y otra perder el control del CGPJ. Por eso ambos han decidido olvidar sus últimos cruces de acusaciones -de gravedad como quedó atestiguado en el diario de sesiones del Congreso- para volver a ser los ‘amigos para siempre’ que cantaban los Manolos. La verdad es que se merecen un Oscar a la mejor interpretación conjunta.

El acuerdo hecho público esta mañana implica que el PP coloca a un juez conservador -Manuel Marchena– al frente del órgano de gobierno de los jueces. Si el PP elige al presidente, ¿qué obtiene a cambio el PSOE? Pues de los 20 puestos que componen el CGPJ, 11 serán propuestas por los socialistas y nueve por los populares.

Y lo han logrado en apenas 48 horas. Si es que cuando quieren, bien que se entienden. De hecho, los socialistas han renunciado a que fuera una mujer la que por primera vez pilotara el CGPJ como pretendían. Pero no han hecho sangre y lo que antes era una línea roja ahora era aun detalle sin importancia: “Lo importante no es quién lo va a presidir, sino quienes van a estar”, ha expresado la vicepresidenta, Carmen Calvo en una entrevista. La incógnita si esta decisión beneficiara los intereses de Moncloa de suavizar el ambiente del procés ya que Marchena deberá ser “relevado” como juez del caso del proceso soberanista, al ser incompatible con su nuevo cargo.

Lo que ya es más difícil de explicar es cómo, con la que está cayendo, el PSOE y el PP siguen jugando a politizar la Justicia. ¿Acaso no han escarmentado con el sainete del Supremo al hilo del impuesto de las hipotecas? ¿O con la reprimenda del Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo señalando que el líder batasuno Arnaldo Otegi no tuvo un juicio justo por la reconstrucción de Batasuna?

Podemos ha protestado por el actual sistema de elección de los vocales -diez a propuesta del Congreso y otros diez del Senado-, aunque tampoco se ha opuesto frontalmente porque tras quejarse tímidamente se ha mostrado dispuesto a hablar sobre los perfiles de los candidatos y respecto a la Presidencia de este órgano, según fuentes del partido morado.

Ciudadanos es quien, con más virulencia, ha criticado lo ocurrido. Su presidente, Albert Rivera, ha calificado de “escándalo y vergüenza” que el PP y el PSOE hayan negociado “a dedo” el reparto. “El Poder Judicial no es un supermercado”, ha dicho visiblemente molesto en una entrevista en Telecinco.

Rivera ha lamentado que PP y PSOE no consigan ponerse de acuerdo en temas como un pacto de Estado para la educación o para reformar la Administración, pero sí para que cada uno coloque a sus magistrados o para taparse en la corrupción como han hecho durante años. Si lo que querían era recuperar la credibilidad de la Justicia tras la polémica por el fallo de las hipotecas, se ha hecho “justo lo contrario a lo que había que hacer”, ha subrayado. En ese sentido Rivera ha explicado que podría haber participado también en esta negociación porque por escaños le corresponde, pero ha declinado hacerlo porque no cree en un modelo en el que los partidos son los que eligen a los jueces.

Pero la ha fastidiado al final. A Rivera no le molesta tanto que se politice el poder judicial, como que sus intereses salgan perdiendo. De ahí su reacción: Es “un pacto contra natura” que el PP, según él, dé la mayoría a Podemos y que los que se manifiestan ante los jueces para pedir la independencia del Poder Judicial, como hizo el sábado Pablo Iglesias, sean ahora quienes los elijan. Vamos que lo que le molesta es haber llegado tarde a la fiesta del bipartidismo.