El papa jesuita y la historia de los cristianos clandestinos en Japón

Por Ursula HYZY y Quentin TYBERGHIEN
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Iglesia de los 26 mártires de Oura en la ciudad japonesa de Nagasaki, en Japón, el 22 de noviembre de 2016

La visita del papa Francisco a Japón pone de nuevo en relieve la dolorosa historia de los primeros cristianos en el país del Sol naciente, convertidos en el siglo XVI y que luego tuvieron que transmitir su fe de forma clandestina, durante más de 250 años.

Su existencia y sus desventuras quedaron plasmadas y fueron conocidas por el gran público hace tres años en la película "Silencio", del director estadounidense Martin Scorsese, basada en el libro del mismo título del escritor católico japonés Shusaku Endo.

Al aterrizar el sábado en la isla meridional de Kyushu, en Kagoshima, el papa también desandará los pasos de otro jesuita como él, San Francisco Javier, misionero español que llegó a este lugar en 1549.

Con la llegada de esos primeros misioneros los gobernadores militares locales, los 'shoguns', sintieron su poder amenazado e iniciaron un largo periodo de persecuciones y masacres. Para ello no dudaron en tortura, crucificar y ahogar lentamente, aprovechando las fuertes mareas de la costa, a los extranjeros o a los conversos.

Poco después, el cristianismo fue prohibido formalmente y Japón se cerró al mundo en 1639.

Cuando el país salió de su aislamiento voluntario, dos siglos más tarde, un misionero francés, estupefacto, explicó que vio llegar un día a su iglesia un grupo de locales que querían ver la estatua de la Virgen María.

La fe había sido transmitida secretamente, durante generaciones, entre los denominados 'kakure kirishitan' (cristianos clandestinos). En aquella época, en la segunda mitad del siglo XIX, eran unos 60.000.

"Pudieron preservar su fe durante largo tiempo sin religiosos ni biblias. Es un caso único en la historia de la Iglesia" destaca el padre Domenico Vitali, director del Museo de los 26 Mártires en Nagasaki, que el papa visitará.

- Sincretismo religioso -

El visitante actual aún puede volver a sentir la emoción que conmovió a los religiosos occidentales a mediados del siglo XIX.

En esas islas de clima subtropical, pescadores y agricultores entonan cantos a cappela con palabras procedentes del otro lado del mundo, como "Santa María", "Spirito Santo" o "San Pedro".

Los católicos japoneses acostumbran a persignarse rápidamente y en sus plegarias mezclan japonés, latín y portugués.

"Invocamos a 'María' en varias ocasiones, pero en el fondo no le rezamos a ella. No nos referimos a un Dios específico, sino a nuestros antepasados" declaró a la AFP Masatsugu Tanimoto durante una visita en la región en 2016.

Este sexagenario, cultivador de arroz, aseguró practicar el cristianismo junto al budismo y el sintoísmo, las dos religiones dominantes en Japón. La región en la que vive, 1.000 km al suroeste de Tokio, cuenta con numerosas iglesias, pero él no las visita.

Practica el sincretismo religioso, una mezcla de ritos, al igual que muchos responsables locales de las comunidades, conocidos como "oyaji".

"Abandonados a su suerte, solo podían reproducir el culto lo más fielmente que podían recordar", pero en algunos aspectos "su cultura se impuso", explica el etnólogo Shigeo Nakazono, en referencia a los 'kakure kirishitan'.

Se trata de "un culto regional que, aunque hunde sus raíces en el cristianismo, se desarrolló al margen del Vaticano", explica.

"El valor cultural de los 'cristianos clandestinos' es el hecho de que mantienen ese culto vivo desde los siglos XVI y XVII", dice.

Shigeo Nakazono acompañará a cinco 'cristianos clandestinos' a la misa papal del domingo en Nagasaki. Pero "el viaje del papa no cambiará en nada la relación entre el Vaticano y los 'cristianos clandestinos'", predice.

- Cuatro altares diferentes -

En la isla de Ikitsuki, el pescador Masaichi Kawasaki, de 69 años, ha erigido cuatro altares que ocupan todo un muro de su salón, tapizado con tatamis.

Dos de los altares son budistas, uno de ellos consagrado a los antepasados, como en muchos hogares nipones. Otro es sintoísta y en el cuarto destacan dos imágenes de una mujer en kimono con una larga cabellera negra y un niño en brazos: María-Kannon, la Virgen María bajo la forma de Kannon, la diosa budista de la compasión.

Este pescador nunca ha querido unirse abiertamente a la Iglesia católica. Practica sus ritos en la intimidad.

A mediados del siglo XIX, sin embargo, los misioneros consiguieron que una parte de los cristianos clandestinos se declararan abiertamente católicos.

En la actualidad, los jóvenes han perdido interés en este sincretismo religioso. Solo quedan unos cuantos centenares de 'kakure kirishitan'.

"Es realmente triste. Sin transmisión esto se acaba", decía con lágrimas en los ojos a la AFP en 2016 Yoshitaka Oishi, carpintero descendiente de estos cristianos clandestinos japoneses.