¿El narcisismo y el racismo están relacionados? Sí, al menos en el caso de Donald Trump

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Foto: Nicholas Kamm/AFP/Getty Images
Foto: Nicholas Kamm/AFP/Getty Images

Como buena parte de los estudiantes de la década de 1950, entre los cuales tal vez se encontraba Donald Trump, muchas de las cosas que sabía en aquella época sobre el mundo, como el principal renglón de exportación boliviano, las leí en una enciclopedia. Antes de que existiese Wikipedia, las familias como la mía se jactaban de tener un estante lleno de volúmenes de color pastel con una encuadernación impresionante que compilaban una serie de datos al azar impresos en un papel que se parecía al que ahora usamos para envolver los nuggets para llevar. Cuando me aburría, recorría sus páginas absorbiendo fragmentos de información que todavía recuerdo, como el hecho de que Bolivia produce una gran cantidad de estaño, que se usa para hacer latas.

Otra sección que se me quedó grabada fue “Las razas del hombre”, en aquella época no se usaba el término “persona” sino “hombre”. Había tres o cuatro ilustraciones que representaban detalladamente un ideal platónico del hombre “caucásico”, “negro”, “asiático” y “amerindio”, además de indicar las características definitorias de cada uno: color de piel y ojos, textura del cabello, forma de la nariz, etc.

En esa época, aquello parecía tan obvio como inofensivo. Aquella sección no expresaba, como pudo haber ocurrido medio siglo antes, odiosas comparaciones entre las “razas” para no dejar lugar a dudas de cuál se encontraba en la pirámide evolutiva. No decía que una forma de la nariz fuera mejor que otra. Sin embargo, esa sección era el fruto de la dañina suposición de que las categorías raciales son fundamentales, que representan un aspecto esencial del ser humano, en vez de ser simplemente una forma de describir rasgos superficiales que a menudo se manifiestan de forma conjunta en una persona.

Los científicos analizan cómo pensamos las razas, y no hay dudas de que el campo de la genética molecular, que no existía en aquellos años, puede arrojar luz sobre este asunto, pero en realidad esa pregunta tiene un matiz filosófico. En la práctica y en la vida cotidiana, la raza es un constructo ineludible. Estamos programados para pensar en términos de categorías, por lo que etiquetamos a los demás e incluso a nosotros mismos, aplicando una especie de taquigrafía mental. El gobierno también reconoce de muchas maneras la existencia de razas, aunque a veces lo disfraza bajo el eufemismo de “etnia”. Pero dado que somos miembros de una sociedad democrática en cuyos documentos fundadores se proclama la igualdad, también tenemos la obligación de evitar el racismo.

No tienes que creer en mi palabra o en la de Bernie Sanders. Puedes preguntarle al Dr. Ben Carson, miembro del Gabinete de Trump, quien tuiteó en 2016: “Todo ser humano es, ante todo, un individuo, no un miembro de un grupo identitario. Si lo olvidamos, entraremos en una fase de decadencia moral”.

Sin embargo, tener este detalle presente demanda un esfuerzo mental que quizá Trump no quiere o no puede hacer. Él es, en gran parte, un producto de sus prejuicios, algo que en su caso queda patente debido a su vehemente insistencia de lo contrario. ¿Cuántas veces ha proclamado que es “la persona menos racista” que existe? Trump ha vivido toda su vida en Nueva York, una ciudad donde las minorías étnicas cometen una cantidad desproporcionada de crímenes violentos, además de sumar un número desproporcionado de víctimas de crímenes violentos. Puedes interpretar esas estadísticas pensando que solo los pobres atracan una tienda de alimentos, de la misma manera que solo las personas ricas, que normalmente son blancas, son más propensas a cometer fraudes con los fondos de inversión o usar información privilegiada para vender y comprar acciones. O puedes imitar a Trump y concluir que la piel oscura va de la mano de comportamientos sociales indeseables, menospreciar a las naciones africanas calificándolas como “países de mierda” y expresar el desprecio por los haitianos, en franco contraste con las personas de Noruega, un país cuyos habitantes se parecen mucho más físicamente a Donald Trump.

Los hombres condenados erróneamente en el caso de “Los cinco del Central Park” (de izquierda a derecha, Raymond Santana, Kevin Richardson y Yusef Salaam) asisten a una conferencia de prensa en el Ayuntamiento de Nueva York, el 27 de junio de 2014. (Foto: Carlo Allegri/Reuters)
Los hombres condenados erróneamente en el caso de “Los cinco del Central Park” (de izquierda a derecha, Raymond Santana, Kevin Richardson y Yusef Salaam) asisten a una conferencia de prensa en el Ayuntamiento de Nueva York, el 27 de junio de 2014. (Foto: Carlo Allegri/Reuters)

Pensar que ciertos grupos son inferiores es una creencia de larga data en la vida pública de Trump, una idea que se remonta a sus primeros días en los negocios, cuando su padre y él fueron demandados por el gobierno federal por discriminar sistemáticamente a posibles inquilinos negros. Es la otra cara de un discurso insistente en el que afirma que algunas personas, entre las cuales se encuentra él, son superiores por sus dotes genéticas. De hecho, podemos inferir ese punto de vista de episodios más recientes, como su respuesta al infame caso de los Cinco del Central Park en Nueva York, que involucró a cinco adolescentes de minorías étnicas acusados ​​de haber violado brutalmente a una mujer (blanca) que estaba corriendo por el parque. La respuesta de Trump, en el año 1989, mucho antes de haberse embarcado en su carrera política, consistió en publicar anuncios a página completa en los periódicos de Nueva York pidiendo que se retomara la pena de muerte. “Quizá el odio es lo que necesitamos”, afirmó en una entrevista con Larry King. El tema resurgió durante su campaña en 2016, años después de que alguien confesara la violación, los cinco fueran exonerados por las pruebas de ADN, liberados de la prisión y la ciudad les pagara una gran indemnización. Aunque parezca increíble, Trump no se retractó de su postura original. Sarah Burns, codirectora de un documental sobre el caso, escribió en un artículo de opinión en el New York Times: “nos quedamos con la suposición del Sr. Trump de que han cometido un crimen porque eran adolescentes negros de Harlem”.

Por otra parte, tenemos el testimonio de alguien que conoce bien a Trump, el senador republicano por Carolina del Sur, Lindsey Graham, quien defendió al presidente contra los cargos de racismo diciéndole a la CNN: “Puedes ser negro como el carbón o blanco como un lirio, no importa mientras seas amable con él”. “Podrías ser el Papa y criticarlo, no importa. Él iría a por el Papa”, agregó Graham. En este punto parece que hablamos de otro rasgo que se ha asociado a Trump: el narcisismo. ¿Habremos estado malinterpretando a Trump todo este tiempo? ¿O podrían esos rasgos estar de alguna manera vinculados?

Mientras buscaba la respuesta a esta pregunta, encontré una monografía de 1980 titulado Racismo: Un síntoma de la personalidad narcisista del Dr. Carl C. Bell, quien ahora es profesor emérito de psiquiatría en la Universidad de Illinois, en Chicago. Bell ha escrito mucho sobre el racismo y ha argumentado que es una forma de enfermedad, aunque sus colegas de profesión no lo reconocen. Bell me advirtió que cumpliría la Regla Goldwater que les prohíbe a los psiquiatras diagnosticar a figuras públicas que no han examinado personalmente, pero me envió el borrador de un nuevo ensayo en el que establece paralelos explícitos entre el racismo y el narcisismo. Los narcisistas “son explotadores y carecen de empatía”, la capacidad para comprender lo que siente otra persona. Bell afirmó que, de cierta forma, “esas son las características del comportamiento racista”. Tanto los narcisistas como los racistas “tienen una autoestima vulnerable que los vuelve muy susceptibles a cualquier forma de crítica y hace que sean propensos a contraatacar impulsivamente. También suelen comportarse de manera denigrante y furibunda con los demás”.

¿Esta descripción te suena familiar?

Jerry Adler