El jabón de manos y la pasta de dientes ayudan a que haya más bacterias resistentes

Los responsables de estudio, Dr. Jianhua Guo (izquierda) Ji Lu, durante uno de los experimentos. Crédito: The University of Queensland
Los responsables de estudio, Dr. Jianhua Guo (izquierda) Ji Lu, durante uno de los experimentos. Crédito: The University of Queensland

Que en los hospitales haya bacterias super-resistentes a distintos antibióticos tiene sentido. No es bueno, pero es lógico: los hospitales emplean antibióticos, así que las bacterias que son capaces de vivir en ellos tienen que ser resistentes. Lo que sorprende a los científicos es que en las aguas residuales también aparezcan estas bacterias de manera habitual y en grandes números.

Parece que la explicación, o al menos parte de la explicación es sencilla. Tal y como se muestra en un artículo reciente, la causa está en un compuesto muy común en jabones de mano, dentífricos y otros productos de higiene. El triclosán, un antibacteriano no-antibiótico presente en más de 2.000 productos de uso común.

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Tiene sentido, pero para entenderlo hay que explicar cómo funciona la resistencia de las bacterias. Se trata de un proceso complejo, pero se puede simplificar sin perder demasiada precisión. Lo que ocurre es que empleamos sustancias que matan bacterias, de tal manera que sólo sobreviven las que son capaces de resistir nuestros ataques.

Vaya, selección natural y evolución. Lo que ocurre es que las bacterias son organismos muy particulares, y funcionan de un modo un poco distinto al resto de seres vivos. Son capaces de “pasarse genes” entre ellas, mediante un proceso denominado transferencia genética horizontal.

Entre los muchos genes que pueden compartir están los que les dan resistencia. Que puede venir por hacer sus cubiertas impermeables a los antibacterianos, o por aprender a “romper” las moléculas, entre otras cosas.

Pero claro, estos genes tienen un coste. Un gen es una secuencia de ADN que se traduce en una proteína, y para fabricar esa proteína hay que invertir energía. Vaya, que una parte de la comida que encuentra la bacteria se dedica a defenderse de las sustancias con las que las atacamos, y es alimento que no puede usar para crecer.

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Aquí es donde los altos niveles de sustancias antibacterianas afectan. Cuando estos compuestos no están presentes, las bacterias que no invierten energía en crearlas tienen una ventaja. Porque la energía que se ahorra la emplean en crecer. Pero si están presentes los antibióticos o las sustancias antibacterianas, sobreviven las resistentes.

El efecto del triclosán es precisamente este. Acaba con las bacterias que no son resistentes. Lo que deja muchas más posibilidades a las que lo son para crecer, y éstas son las que nos pueden generar graves problemas de salud, porque saben defenderse de nuestros ataques.

¿Existe alguna solución? Bueno, limitar el uso de estos compuestos sería un primer paso. De hecho en Estados Unidos ya está muy limitado su uso, pero la publicación de estudios como este ayudarán a que este enfoque se extienda. Cambiar nuestros hábitos de higiene –cambiarlos, no ser menos higiénicos, que no es lo mismo– sería aún mejor, pero primero tendremos que saber qué debemos hacer y qué no.

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