El impacto negativo en las megaproducciones agrícolas en la naturaleza

José de Toledo
Cultivo de colza en Saint-Jouan-des-Guerets, Francia. REUTERS/Stephane Mahe
Cultivo de colza en Saint-Jouan-des-Guerets, Francia. REUTERS/Stephane Mahe

En el ámbito de la conservación de la naturaleza, los campos de cultivo se conocen como agroecosistemas. Porque, aunque no nos demos cuenta, se trata de lugares muy importantes para mantener la salud ecológica del entorno. Pero, por desgracia, el aumento de las cosechas supone un impacto enorme a esa protección.

¿Qué ocurre? Que las prácticas agrícolas que permiten aumentar las cosechas son las mismas que provocan graves perjuicios a la fauna y la flora que utilizan los cultivos como refugio. El uso de pesticidas, la intensificación de la maquinaria, el aumento de fertilizantes y la reducción del tiempo de barbecho se cuentan entre los factores.

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Pero incluso en otros tipos de “cultivos” la intensificación supone un impacto – que siempre es negativo. Los autores se centran en uno bien conocido: las reforestaciones, que no dejan de ser cultivos de árboles.

Para poder entender bien el artículo, hay que conocer algunos datos. El principal, que el 80% del territorio de Europa está destinado a actividades humanas. O bien son cultivos, o asentamientos humanos – zonas urbanizadas, vaya – o reforestaciones. Apenas el 20% son ecosistemas sin manipular, y en muchas ocasiones se trata de zonas poco productivas, o de alta montaña.

Y cada vez somos más personas en el planeta, al mismo tiempo que consumimos más. Así que la presión para aumentar la productividad de cada metro cuadrado de terreno es muy alta. Lo que lleva a la situación de la que hablamos.

Para ponerle una cifra, los investigadores han realizado un meta-análisis: aprovechando estudios realizados durante mucho tiempo, aunque con otros enfoques, han reanalizado los datos para obtener nuevas conclusiones.

Que suena muy bien, pero por desgracia no es tan sencillo de hacer como parece. Porque en muchos casos los análisis no permitían sacar conclusiones. O bien estudiaban la intensificación o el impacto, pero no ambos factores al mismo tiempo. En los estudios en que se analizaban ambos factores, quedaba claro un patrón: mayor intensificación implica pérdida de biodiversidad.

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Los datos también eran bastante claros. La intensificación permitía aumentar como máximo en un 20% la productividad de las cosechas. Pero la pérdida de biodiversidad y de funciones ecológicas eran muy alta, con un promedio del nueve por ciento. Que puede parece bajo, pero dado que ya estaba bastante tocada, es un porcentaje elevado de impacto.

Estaría muy bien que se pudiesen dar soluciones concretas al problema que pone de relieve el artículo. Pero por desgracia no es posible. Aunque el patrón es general, las soluciones, si las hay, serían locales… y para poder ponerlas en marcha hacen falta más estudios, y estudios específicos. Al menos, sabemos por dónde deberíamos seguir investigando.