El hambre, el nuevo arma de guerra que puede matar a casi 600.000 niños antes de que acabe 2018

Desgraciadamente los síntomas nos resultan familiares porque los hemos visto frecuentemente en los medios de comunicación: costillas que se salen del cuerpo, piel flácida, delgadez extrema, hinchazón en tobillos y mirada perdida. Cualquiera puede reconocer que las personas que se encuentran en ese estado sufren de hambre extrema, un problema que suele ocurrir en episodios de conflicto armado, pero que en este 2018 se ha convertido en una urgencia humanitaria, especialmente para los más vulnerables: los niños.

La ONG Save the Children estima que alrededor de 4,5 millones de menores de 5 años en todo el mundo necesitan recibir tratamiento contra el hambre que asola a determinadas regiones del planeta, un aumento del 20% respecto al año 2016. Una cifra dramática que da como resultado que casi 600.000 niños podrían morir antes de que acabe el 2018, tal y como revela la organización británica que ha usado los datos de la ONU para realizar este estudio.

Muchos niños en Yemen sufren desnutrición (REUTERS).

Son dos los motivos fundamentales que causan esta tragedia humanitaria. En primer lugar, están los conflictos armados (actualmente hay guerras en países como Yemen o Siria) que han provocado que los contendientes usen el hambre como arma de guerra. Privar de alimento se utiliza como una estrategia para lograr la rendición del rival.

En segundo lugar está el cambio climático, que ha generado nuevos desafíos para la población ante la pérdida de cosechas. De hecho, cada vez hay más movimientos migratorios relacionados con este fenómeno y los expertos anticipan que en el futuro esta dinámica aumentará.

Save the Children señala varios países que están en situación de extrema gravedad en lo que se refiere a la alimentación (Sudán, Afganistán, Yemen y Somalia), pero pone el foco especialmente en uno: República Democrática del Congo, donde las estimaciones apuntan a que 1,9 millones de niños sufrirán desnutrición aguda grave a finales de año, de los que 1,6 millones nunca serán tratados. Morirán 300.000 menores, según las estimaciones más optimistas.

Combatientes sirios esperan a ser evacuados (EFE).

Hay otro factor que explica que la mortalidad infantil por la inanición haya crecido mucho en apenas dos años: la escasez de fondos por la ausencia de donantes en zonas de conflicto. A excepción de Yemen, donde han proliferado enfermedades como el cólera y ha recibido algo de atención mediática, el resto de países nombrados reciben pocos focos ante el grave problema al que se enfrentan y eso ha provocado que apenas han llegado un tercio de los fondos esperados, lo que ha tenido una consecuencia inmediata en la salud de los niños. Yemen sí ha recibido cerca del 60% del dinero necesario para sus programas de nutrición, pero la virulencia de la guerra hace que haya unos 400.000 menores en riesgo de desnutrición.

La situación es tan grave que incluso la ONG Acción contra el Hambre ha lanzado una campaña en la que busca que un millón de personas se involucren para luchar contra el hambre en el mundo.

Faltan pocos meses para que acabe el año y todavía es posible reducir estas estimaciones, pero no hay un segundo que perder. De lo contrario el 2018 será recordado como el más mortal para los niños en situación de inanición desde que empezó el siglo XXI.