Historia del gran engaño de 1835 sobre los habitantes alados de la luna

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Orson Welles durante su adaptación radiofónica de la Guerra de los Mundos en 1938. (Imagen de libre circulación).
Orson Welles durante su adaptación radiofónica de la Guerra de los Mundos en 1938. (Imagen de libre circulación).

Si os hacen pensar en un serial ficticio, publicado en los medios de comunicación, que haya logrado engañar al público hasta el punto de sembrar el caos, seguramente el nombre que se os venga a la cabeza a todos será el de Orson Welles. En efecto, en 1938 el genio de Kenosha y su equipo de colaboradores adaptó al medio radiofónico la famosa obra de H.G. Wells “La Guerra de los Mundos”, contándola en forma de boletín de noticias. Muchos de los oyentes, se creyeron a pies juntillas lo que les llegaba a través de las ondas, es decir que una civilización alienígena estaba invadiendo la Tierra (comenzando por Nueva Jersey) y que la emisora CBS lo estaba relatando en riguroso directo.

Los efectos de aquella emisión (que todavía puede escucharse incluso en YouTube) son de sobra conocidos. El actor, al que aún le faltaban 3 años para maravillar al mundo con su obra maestra “Ciudano kane” (película que co-guionizó, dirigió y protagonizó) se vio realmente sorprendido cuando un día después de la dramatización radiofónica, se encontró en el eje central de una polémica de alcance nacional.

El episodio es sobradamente conocido, por lo que no vamos a profundizar más, pero sin duda alguna no fue el primer “serial ficticio” tomado en serio por el público. Más de 100 años antes, concretamente en 1835, el periódico “The Sun” de Nueva York (que estuvo en circulación desde 1833 a 1950) causó sensación entre el público con una serie de relatos “lunares”, tan disparatados, que cuesta creer que en su tiempo engañara a nadie.

Antes que nada tengamos en cuenta una cosa, “The Sun” era considerado un periódico serio, nada que ver con el tabloide británico homónimo que sigue en circulación hoy en día. Este hecho, sumado a que las historias no venían acompañadas de aclaración alguna, indicando al lector que se trataba de sátiras, hizo que miles de neoyorquinos confiaran en la información publicada en aquella serie de seis artículos.

Pero empecemos por el principio. A comienzos de 1835, cuando el Sun de Nueva York apenas contaba con dos años, el fundador del diario, Benjamin Day, intentaba alcanzar las tiradas de sus rivales en la ciudad (los más que respetables “New York Times” y “Herald Tribune”). Fue entonces cuando conoció a Richard Adams Locke, personaje que dice ser un reportero titulado por la Universidad de Cambridge.

En aquellos tiempos, Locke era el reportero estrella de otro diario, y se encontraba cubriendo la información de un juicio muy mediático en el que también trabajaba Day. Allí fue precisamente donde este le tentó para trabajar en su diario. Tras la charla, Locke accedió a realizar una serie de artículos para The Sun, con la condición de firmar con seudónimo, ya que no quería poner en peligro su trabajo en el otro periódico. Así fue como nació su alter ego, “Andrew Grant”, la identidad secreta del autor de los artículos que conmocionaron a la ciudad.

El fundamento de los artículos se basaba en los trabajos “ficticios” de un astrónomo “real” que se encontraba trabajando en Ciudad del Cabo, Sudáfrica. Aquel personaje, muy conocido y respetado en medio planeta, era el matemático británico Sir John Herschel (hijo ni más ni menos que de William Herschel, también astrónomo y conocido entre otras cosas por haber descubierto al planeta Urano).

Bien, volvamos sobre los artículos de Locke, rebautizado como Grant. El primero de ellos comenzó con una detallada explicación del modo en que John Herschel había conseguido mejorar el aumento de su telescopio “42.000 veces”. ¿Cómo, os preguntaréis? Pues acoplando un microscopio al extremo de su telescopio. Algo así hoy en día provocaría la desconfianza inmediata de cualquier persona mínimamente formada, pero recordad que hablamos de la primera mitad del siglo XIX. En aquellos tiempos la cultura científica del público en general era bastante penosa, cuando no inexistente.

Tras aquel primer artículo, Locke se lanzó a explicar las observaciones que el astrónomo Herschel le hacía llegar desde Sudáfrica, (no hace falta decir que el científico no tenía ni idea de lo que sucedía al otro lado del mundo). Así pues, al día siguiente, el imaginativo reportero centró su relato en los hallazgos que el sabio británico había hecho en la luna con su “súper telescopio”. Comenzó explicando que se había encontrado vegetación, bosques y varias pirámides hechas de cristal, creadas aparentemente por los “lunarianos” (como vemos no le bastó con inventar relatos, también se inventó los nombres de varias especies selenitas).

Seres peludos con alas de murciélago en la luna - crédito imagen The New York Sun - 1835. (Imagen de dominio público vista en wikimedia commons).
Seres peludos con alas de murciélago en la luna - crédito imagen The New York Sun - 1835. (Imagen de dominio público vista en wikimedia commons).

En aquel segundo artículo se podía leer: “Esparcidas por toda la exuberante zona, se podían encontrar pequeñas colecciones de árboles de todos los tipos. Y aquí las lentes bendicen nuestras jadeantes esperanzas, con la presencia de especímenes de existencia consciente”.

Pero esperad que la cosa mejora, ahora vienen los bisontes:

A la sombra del bosque en el lado sureste, vimos manadas continuas de cuadrúpedos marrones, con todas las características externas del bisonte, aunque más diminutos que cualquier especie del género bos presente en nuestra historia natural”.

Puede que su estilo florido y cursi a más no poder, nos eche para atrás hoy en día, pero en aquella época era lo normal. ¿Además a quién le puede importar el estilo si uno descubre que hay bisontes pequeñitos en la luna?

Como podéis adivinar, los bisontes solo fueron las primeras criaturas observadas. A lo largo de la serie de seis artículos, Locke sigue sorprendiendo a sus lectores con animales fantásticos. El siguiente, según sus propias palabras: “en la Tierra sería clasificado de monstruo”. Básicamente era una especie de unicornio azulado con aspecto, tamaño y barba sospechosamente parecidos a los de una cabra.

Luego vinieron pájaros, vastos ríos y lagos, mariscos y obviamente, al final de la cadena, un ser inteligente. Criaturas bípedas como nosotros pero cubiertos de pelo como los murciélagos, de quien por cierto también habían tomado las alas. Relató su asombroso descubrimiento así: “Nos emocionamos con asombro al percibir cuatro bandadas sucesivas de grandes criaturas aladas, totalmente diferentes a cualquier tipo de ave, descendiendo con movimiento lento y uniforme desde los acantilados cercanos”.

Aquellos seres voladores, que además de volar caminaban de una manera muy digna, fueron clasificados en la especie “Vespertilio-homo” que significa “hombre murciélago” (lo sentimos Batman, se te adelantaron). También contó que tenían hábitos alimenticios principalmente frugívoros y según Locke, se alimentaban sorbiendo el zumo de una especie de pepinos rojos.

Más tarde habló de osos con cuernos, e incluso de castores bípedos que llevaban a sus crías en brazos. Lo curioso es que todas aquellas criaturas parecían vivir en harmonía, sin señal de que hubiera depredadores ni criaturas carnívoras. ¿Cómo se equilibraban entonces las poblaciones? Ni falta que hacía, todo era un cuento.

Además de los humanos alados, en la luna también había un pueblo de osos con cuernos. (Crédito imagen New York Sun 1835 - imagen de dominio público).
Además de los humanos alados, en la luna también había un pueblo de osos con cuernos. (Crédito imagen New York Sun 1835 - imagen de dominio público).

En cuanto a las pruebas necesarias para respaldar todas esas fantasiosas observaciones, obviamente no hubo ninguna. Locke aseguró en el último artículo que el telescopio había sufrido un incendio y que todas ellas desaparecieron en la catástrofe. La falta de coherencia y de pruebas no importó en absoluto. El público se lo tragó de cabo a rabo, aunque en su defensa debemos decir que The Sun en todo momento defendió que lo relatado era verídico, y no una obra de ficción. Nunca se retractaron, se limitaron a reafirmar que en la luna había unicornios y punto en boca.

En cuanto al lustre astrónomo Herschel, obviamente acabó por enterarse ya que la noticia dio la vuelta al mundo. Al principio le hacía gracia y se lo tomaba a broma. Llegó a afirmar que sus observaciones de la luna nunca habían sido ni medianamente tan divertidas como las del relato, pero finalmente acabó harto ya que al parecer se le acercaba mucha gente a hacerle preguntas sobre la flora y fauna “lunariana”. Después de toda una vida dedicada a la ciencia seria, debe ser de lo más frustrante conocer a gente encantada de saludar al hombre que descubrió a los castores bípedos lunares, para luego espetarles eso de: “lo siento pero yo en la luna no he visto más que cráteres”.

En fin, aquella no fue la única invención precursora de la ciencia ficción actual. En 1877 el astrónomo italiano Giovanni Schiaparelli volverá a “liarla parda” con sus observaciones de “canales marcianos”, pero esa es otra historia que merece ser contada en un relato aparte.

En cuanto a la luna, es una lástima que en 1969 Armstrong no pudiera fotografiarse allí arriba junto a un hombre murciélago. Las teorías de las conspiración subsiguientes habrían sido dignas de un serial de Netflix.

Me enteré leyendo IFLScience.

Si queréis leer los artículos originales, podéis hacerlo en la recopilación que el propio Locke imprimió.

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