El discurso de Trump en la ONU reveló un desdén por la multilateralidad y un aislacionismo punzante

Podría decirse que fue un momento embarazoso de risas y sudores, pero la gravedad e influencia de las afirmaciones obligan a ir más allá de la anécdota.

El discurso del presidente estadounidense Donald Trump ante la Asamblea General de la ONU es una fuerte sacudida al multilateralismo y la ratificación de que la Casa Blanca prefiere una vía diferente en la que los intereses estadounidenses y las alineaciones en torno a ellos son el fundamento de una política exterior cargada de espíritu aislacionista.

Todo empezó con risas y un momento más bien ridículo. Trump inició su discurso ante la ONU exaltando los logros de su gobierno en un tono tan triunfalista -“En menos de dos años hemos conseguido más que casi todos los gobiernos en la historia de nuestro país”– que hizo que estallaran las risas entre los mandatarios y diplomáticos presentes.

El presidente Donald Trump reacciona a las risas que provocó la exaltación de sus logros de gobierno en la Asamblea General de la ONU. (AP)

Muchos rieron ante el mensaje, muy propagandístico y de escaso rigor histórico, quien tras un momento de sorpresa (quizá pensó que iba a ser aclamado al proclamar sus éxitos como sucede en los mítines ante sus simpatizantes más fervientes) reviró diciendo “No me esperaba esta reacción, pero es OK”, a lo que siguieron más risas y también aplausos de algunos de los asistentes.

El asunto central, con todo, no es si el presidente hizo el ridículo por un momento o si el estado de ánimo de los líderes mundiales estaba para bromas. La frase que hizo estallar las risas en realidad tiene otro ángulo poco gracioso y que fue ampliado en posteriores momentos de su discurso: Trump mide su actos con base en el beneficio directo que obtenga y busca moldear las relaciones internacionales a su conveniencia. Aunque ello vaya a contrapelo de la orientación que por décadas ha tenido la política exterior estadounidense en muchos asuntos centrales y, en varios casos, en contra de los verdaderos intereses del país.

En ese sentido, algunos de los conceptos clave planteados por Trump en la ONU siguen esa línea: soberanía, patriotismo, defensa de los intereses nacionales, exigencia de reciprocidad y retiro o reducción de la participación estadounidense en esquemas multilaterales.

Trump claramente dijo que honra “el derecho de cada nación en esta sala para seguir sus propias costumbres, creencias y tradiciones. EEUU no les dirá cómo vivir o trabajar o practicar su fe. Solo les pedimos que honren a cambio nuestros derechos soberanos”.

Tal afirmación resulta válida en el papel, pero lo punzante es que Trump pretende convertir su visión ideológica en el marco que rige el significado y alcance de esos principios de un modo, eso sí, distinto a lo que han realizado la mayoría de las administraciones estadounidenses recientes.

Trump plantea una dicotomía excluyente entre soberanía y globalidad y, por ende, coloca los valores, acuerdos y perspectivas de la segunda en un papel erosivo de la primera. Eso no necesariamente es así y en realidad no lo ha sido desde la fundación misma de la ONU, que basa la búsqueda de la paz, el desarrollo y el respeto entre las naciones en la cooperación internacional y los acuerdos multilaterales.

La Asamblea General de las Naciones Unidas es una institución clave en el multilateralismo de las relaciones internacionales. (AP)

El multilateralismo es en ese sentido promotor de la soberanía y de la defensa de ella a través del diálogo y el acuerdo, un fenómeno en el que todas las partes han de ceder y aportar, en muchos casos de modo asimétrico. Una asimetría que busca compensar las diferencias entre los más fuertes y los más débiles, entre los más ricos y los más pobres y entre las necesidades y las posibilidades de cada país.

Trump parece rechazar esa asimetría y, en cambio, defiende una noción de soberanía, de patriotismo, que tiende al aislacionismo y, cuando más, a los acuerdos bilaterales, donde el peso mayor de EEUU ciertamente inclina la balanza. El resultado es una asimetría distinta pero que, a ojos de Trump, resulta deseable al reforzar su noción de “Estados Unidos primero”.

Para ello, en cierto modo plantea equivalencias entre conceptos como la globalización económica y sus efectos antisociales con los de globalidad y multilateralidad.

La globalización ciertamente ha devastado sectores económicos en Estados Unidos y en todo el mundo en beneficio de otros, mayormente las grandes corporaciones trasnacionales. Y la competencia basada en mano de obra ínfimamente pagada y en condiciones de explotación ha desplazado industrias y sociedades y beneficiado al gran capital, que puede ganar mayores mercados con productos baratos.

Es una crítica que se ha lanzado por años y con énfasis y diagnósticos distintos desde la izquierda y desde la derecha. Pero equiparar los beneficios y las lacras de la globalización económica salvaje con los mecanismos multilaterales de negociación y balance resulta equívoco y deja traslucir, nuevamente, una actitud más bien aislacionista y proteccionista, un afán de restar legitimidad a los mecanismos y esquemas multilaterales. Muchos de ellos, cabe reiterar, en realidad son puntales de la soberanía y contrapesos de excesos tanto de la globalización como del aislacionismo.

Aunque resulta controversial, el de Estados Unidos y el resto de los gobiernos tienen la opción de no participar en instancias e instrumentos internacionales que no consideren aceptables, pero ese rechazo o desacuerdo no deslegitima de modo absoluto y general a esas instancias. Por ello, resultan punzantes los ataques de Trump contra el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, contra la Corte Penal Internacional o contra los esquemas de lucha contra el cambio climático.

En contrapartida, de acuerdo a sus críticos, al apartarse de instancias que luchan contra las más graves violaciones y peligros, Estados Unidos merma la capacidad de encarar esas lacras, envalentona a quienes las perpetran y reduce la capacidad de contener sus efectos.

La oposición estadounidense a la Corte Penal Internacional, por ejemplo, en realidad tampoco es nueva, pues Estados Unidos revirtió un apoyo inicial y no ha reconocido su jurisdicción. Pero ha sido el gobierno de Trump el que ha enarbolado un fiero discurso en contra de esa instancia como una vía para cortar de tajo investigaciones sobre presuntos abusos y violaciones durante operaciones estadounidenses en Afganistán y, adicionalmente, para añadir a esa corte en el repertorio de instituciones que, a juicio de Trump, vulneran o podrían vulnerar la soberanía estadounidense. Mientras mayor sea el espectro del rival o el enemigo, más se fortalece ante sus simpatizantes la posición polarizante de Trump.

Aunque punzantes, el alcance de las políticas de Donald Trump, tanto las internas como las externas, penden del hilo de las elecciones del 6 de noviembre. Un vuelco legislativo a favor de los demócratas mermaría fuertemente el margen de maniobra del presidente estadounidense. (AP)

Con todo, aunque tiene una fuerte carga ideológica, mucho del discurso de Trump ante la ONU resultó inconsistente o de un pragmatismo tan extremo que soslaya elementos clave de su propio discurso cuando por cierta razón le resultan personalmente molestos o contraproducentes.

Por ejemplo, clamó por la defensa de la soberanía estadounidense y dijo que las interacciones con otros países deben estar basadas en la reciprocidad y en la defensa de los intereses nacionales, pero no dijo nada de una de las más severas intrusiones en la soberanía de Estados Unidos: la injerencia de Rusia en las elecciones presidenciales de 2016 y su pretensión de hacerlo de nuevo en las de 2018. Situaciones que han sido ratificadas por todas las instancias de inteligencia y seguridad estadounidenses, aunque Trump una y otra vez ha optado por rechazarlas o minimizarlas.

En esa misma lógica, fustigó al régimen sirio de Assad y al de Irán,  pero no señaló el punzante papel de Rusia en la guerra civil en Siria.

Clamó por un cierre de fronteras a la inmigración indocumentada –a la que nuevamente vinculó de modo estigmatizante con el tráfico humano y el narcotráfico– pero omitió que la demanda no satisfecha internamente de mano de obra barata dentro de Estados Unidos, el frenesí del consumo de drogas y los efectos antisociales de la globalización salvaje en los países más pobres (de los que se han beneficiado las grandes transnacionales estadounidenses)  son factores que han catalizado, cada uno en su contexto, los flujos de indocumentados y de sustancias ilícitas hacia el norte.

Exaltó sus logros para abatir la amenaza nuclear de Corea del Norte, pero omitió que en la realidad, más allá de la propaganda, es muy poco lo que realmente se ha avanzado al respecto. Y culpó a la OPEP de alzas del precio del petróleo internacional cuando, también ha de considerarse, la salida de Estados Unidos del llamado ‘acuerdo nuclear’ con Irán y las sanciones estadounidenses contra ese país han reducido la oferta de crudo e impulsado sus precios.

Y, a fin de cuentas, en muchos aspectos Trump ha rechazado un modelo internacional que, con todos sus éxitos, sus fracasos y sus posibles y necesarias alternativas, ha propiciado el contexto en el que Estados Unidos se ha consolidado y mantenido como la potencia global dominante.

En contraste con Trump, el presidente francés Emmanuel Macron exaltó el multilateralismo y el diálogo como las vías más auspiciosas en las relaciones internacionales en su discurso ante la ONU. (Archivo Yahoo)

El multilateralismo, además, es la vía avalada por la gran mayoría de las naciones y, por ejemplo, pocos minutos después del discurso de Trump, el presidente francés Emmanuel Macron hizo ante la Asamblea General de la ONU una defensa del diálogo y el multilateralismo como las vías para atender las tensiones globales. El aislacionismo y el unilateralismo, en cambio, serían contrarios a la prosperidad y la paz, añadió Macron.

La gran pregunta ahora es cuál será el alcance concreto de los planteamientos de Trump. Aunque hablaba ante los delegados de la ONU, Trump también se dirigía a su base militante, al voto duro que necesita movilizar para evitar o mitigar pérdidas de su partido en las próximas elecciones legislativas de noviembre y al que requiere mantener motivado ante sus crecientes escándalos políticos y al avance de la investigación sobre la injerencia electoral de Rusia y las posibles conexiones con su campaña.

Para los gobernantes, practicar una altiva política exterior ha sido con frecuencia un contrapeso para las crisis internas y, en realidad, más allá de su discurso, mucho de la capacidad de acción de Trump en todos los frentes se definirá en las urnas en noviembre. Un resultado que modifique los balances políticos actuales ataría las posibilidades de Trump y, sobre todo, le encendería focos rojos rumbo a 2020.

Por ello, aún está en duda si las nociones de política exterior estadounidenses formuladas por Trump ante la ONU serán duraderas o pasajeras, si continuarán de modo literal o acabarán suavizándose. Haya sido con risas o con declaraciones punzantes, la firmeza de Trump y las repercusiones de sus planteamientos están a prueba, posiblemente como nunca se ha dado en administraciones anteriores de la historia reciente.

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