El cordón sanitario de Suecia contra la extrema derecha que abre el debate: ¿normalización o aislamiento?

El auge de la extrema derecha en Europa en la última década ha tenido reacciones muy variadas en el Viejo Continente. Tras la caída en desgracia de esta ideología después de la II Guerra Mundial, su resurgimiento ha venido de la mano de la lucha contra la inmigración o la defensa y exaltación de los valores nacionales. Ante esta oleada populista, solo Portugal e Irlanda han resistido. Este tipo de formaciones han entrado con fuerza en Parlamentos nacionales, ayuntamientos y demás instituciones, incluyendo democracias tan consolidadas como la alemana, la francesa o la sueca por citar algunos ejemplos.

Sin embargo, la aceptación de estos partidos ha sido muy diferente en los distintos países que componen Europa. Precisamente en estos días se están formando dos Gobiernos que han tenido una forma completamente diferente de gestionar la presencia de la extrema derecha en las instituciones. Dos vertientes que se extrapolan a Europa y que demuestran que, al menos en este asunto, hay dos bloques muy bien definidos. Hablamos por un lado de Suecia y por el otro de Andalucía, una de las comunidades autónomas más importantes de España.

El primer ministro sueco, Stefan Lofven (EFE)
El primer ministro sueco, Stefan Lofven (EFE)

Los primeros celebraron unos comicios el pasado 9 de septiembre que dejaron un Parlamento muy dividido. La insuficiente victoria socialdemócrata y la irrupción de la ultraderecha xenófoba de los Demócratas Suecos ha hecho que durante varios meses la ingobernabilidad se apoderase del país. Suecia ha sido tradicionalmente un país pionero en derechos sociales, por lo que la entrada de los extremistas alarmó mucho a la sociedad.

Finalmente se ha llegado a un entendimiento y lo cierto es que no puede ser más transversal. Socialdemócratas y ecologistas han alcanzado un acuerdo con Centro y Liberales, dos fuerzas conservadoras que van a facilitar la creación de un Gobierno. El pacto se completa con la abstención necesaria del Partido de la Izquierda, los antiguos comunistas. La premisa desde el principio ha sido clara: establecer un cordón sanitario en el que aislar a la extrema derecha. Solo así, ha sido posible un pacto en el que tanto la izquierda como la derecha se han puesto de acuerdo. Una forma de hacer las cosas diferente a lo que ha ocurrido en España.

Las elecciones andaluzas confirmaron que la extrema derecha de Vox iba a entrar en las instituciones por primera vez. Su irrupción no fue baladí debido a que los escaños que obtuvo le daban la llave del Gobierno a una coalición formada por la suma de Ciudadanos, el PP y la propia formación ultra. A diferencia de Suecia, en Andalucía no ha habido ni vetos ni cordones sanitarios. Desde el principio el PP apostó por el diálogo con la extrema derecha y ese pacto cristalizó en el nombramiento de Juan Manuel Moreno como presidente. Pese a que unos comicios autonómicos no pueden extrapolarse a un contexto de generales, sí que dan una idea de los escenarios que se pueden plantear en el futuro.

Así, Suecia y Andalucía son los ejemplos más recientes de una tendencia que lleva meses ocurriendo en Europa. ¿Qué hacer ante la extrema derecha? Ha habido diversos países que han optado por la misma vía que ahora apoya Suecia.

Hasta ahora la ultraderecha en Francia ha estado aislada (REUTERS/Christian Hartmann).
Hasta ahora la ultraderecha en Francia ha estado aislada (REUTERS/Christian Hartmann).

En Francia por ejemplo el auge de la extrema derecha llegó mucho antes que en el resto del continente. Pese a que sus votos han ido creciendo en los últimos años, lo cierto es que hasta el momento el resto de fuerzas no han permitido su llegada al poder. Ya en el año 2002 el Frente Nacional se metió en la segunda vuelta de las presidenciales. Sin embargo, Chirac ganó con más de un 82% de los votos y con el apoyo de las derechas y las izquierdas tradicionales.

La misma situación se vivió en 2017. Macron recibió un apoyo rotundo (66%), ante el miedo a la llegada al poder de Marine Le Pen. Pese a que la extrema derecha tiene mucha fuerza en el país (más de 10 millones de votos en los últimos comicios), hasta ahora pactar con ellos ha sido una línea roja.

Un país que sabe bien lo que supone la extrema derecha es Alemania, por eso el auge de Alternativa para Alemania, formación ultra, se ha seguido con mucha preocupación en tierras germanas. En las últimas elecciones, celebradas en 2017, logró un 12,6% de los votos, convirtiéndose en la tercera fuerza más votada. Los resultados debilitaron a Merkel y la ingobernabilidad estuvo muy presente.

Finalmente se logró un acuerdo entre la CDU-CSU (la coalición de partidos de la canciller) y los socialdemócratas para formar Gobierno. Un nuevo pacto transversal entre las dos principales formaciones del país que dejaba fuera de todo cálculo de poder a la extrema derecha.

Otro ejemplo paradigmático es el de Holanda. Pese a que la extrema derecha es muy potente en el país (el Partido por la Libertad fue el segundo más votado en las elecciones de 2017) sus aspiraciones de formar Gobierno fueron nulas debido fundamentalmente a que ningún partido quiso aliarse con él. Una vez más se impuso el cordón sanitario y el conservador Mark Rutte continuó en el cargo, quedando el líder ultra, Geert Wilders, fuera de cualquier cuenta.

Matteo Salvini, ministro del Interior italiano (AP Photo/Czarek Sokolowski)
Matteo Salvini, ministro del Interior italiano (AP Photo/Czarek Sokolowski)

En el extremo contrario, también hay casos muy variados, pero ninguno tan icónico como el de Italia. En uno de los países europeos más volátiles (lleva más de 65 gobiernos desde la II Guerra Mundial), la coalición entre el Movimiento 5 Estrellas y la Liga ha posibilitado un Ejecutivo ultra en el que el líder de la segunda fuerza está al frente del Ministerio del Interior. Esto ha provocado un endurecimiento de las políticas migratorias llegando incluso a incumplir la legislación internacional como en el caso del Aquarius.

En Austria un pacto entre los conservadores del OVP y la extrema derecha del FPO ha sido suficiente para formar Gobierno. Aquí no solo no ha habido cordón sanitario sino que los ultras controlan carteras tan poderosas como Interior o Exteriores.

A falta de una política común entre los partidos tradicionales europeos, la forma de proceder en cada país ha sido muy diferente. Lo que parece claro es que la extrema derecha ha llegado para quedarse y va a estar en prácticamente todas las instituciones, lo que supone un reto para los distintos estados. ¿Normalización o aislamiento? Es la gran pregunta que queda y que sigue sin tener una respuesta mayoritaria.

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