El colmo de la insensatez: agua embotellada a 94 euros la unidad

Isla de Svalbard, ártico noruego (crédito Wikipedia).

Cuando en 2007 me tocó escribir sobre una excentricidad llamada “agua Fiji”, ideal para aquellos que persiguen la exclusividad a cualquier precio (si bien según veo en Amazon, este ha bajado oestensiblemente) comprendí que pese a los esfuerzos educativos, la batalla por la sostenibilidad se estaba perdiendo. Que un estadounidense comprase agua embotellada en el manantial de una pequeña isla del océano Pacífico, a pesar de la enorme huella de carbono que ello suponía, me parecía el colmo del despilfarro, sobre todo teniendo en cuenta que en los hogares de occidente gozamos de agua de buena calidad prácticamente “gratis”.

Por ello, en 2008 (el año del inicio de la crisis económica, la medioambiental ni sé cuando comenzó) estuve completamente de acuerdo con aquellos que sostenían que beber agua embotelada era inmoral. Tras eso, hubo un tiempo en que de verdad creí que conseguiríamos detener esa locura, hasta el punto de que en 2010 creí que la burbuja de las ventas de agua tocaba a su fin. ¡Me equivoqué!

Lo cierto es que apenas había visto “la punta del iceberg”, y nunca mejor dicho. Hace unos días, el diario El País consiguió sepultar mis esperanzas a este respecto al hablar de una nueva locura que empuja a algunos privilegiados a pagar 94 euros por una botella de agua de iceberg derretido de apenas 750 mililitros.

El mercado del lujo ha llegado al agua embotellada de la mano de la empresa Svalbardi, que captura icebergs a la deriva cerca del archipiélago de Svalbard, en aguas del ártico noruego. La idea se le ocurrió a un bróker de Wall Street llamado Jamal Qureshi, después de visitar la zona en 2013 y volver con agua derretida de un iceberg para su mujer. De venta en los grandes almacenes de lujo londinenses Harrods, y a través de la web de la empresa, el propietario de la marca se empeña en convencer al público de que su empresa está libre de carbono.

Capturan el hielo desde un pequeño pesquero, con unas redes y la ayuda de una grúa, unas 30 toneladas al año. Luego esperan a que el hielo se derrita y lo embotellan en origen, para lo que usan una exclusiva botella “gourmet” solo al alcance de gente muy pudiente como Matt Damon, que ya se ha declarado fan. Sin duda el mensaje de que esta agua cayó en forma de nieve hace 4.000 años, y que carece de cualquier tipo de contaminante, atrapa a personas sugestionables y ricas como él.

Pese a que la empresa la anuncia como una de las aguas más puras del mundo, y a que como hemos digo hacen gala de ecologismo (“no empleamos hielo de la plataforma o de icebergs grandes para no molestar a los osos polares”) lo cierto es que es una inmoralidad que anuncien su certificación “libre de carbono”. ¿Qué pasa con el gasóleo que los barcos emplean en captural el hielo y transportarlo hasta Londres? ¿Qué hay de la energía necesaria para fabricar las botellas de plástico o vidrio? Por no hablar de los costes de la distribución, especialmente si la compras por internet desde, digamos, Australia o Norteamérica.

Poco importa que, para lavar conciencias, estos empresarios anuncien que una parte de los beneficios se donan a la conservación del Banco de Semillas que almacena todo tipo de variedades de grano en la propia Svalbard, lo cierto es que cualquier tipo de agua embotellada es insostenible, y de hecho en Estados Unidos la industria del agua embotellada consume 1,5 millones de barriles de petroleo.

Para más INRI, los expertos creen que el hielo glaciar no aporta nada a la calidad del agua. En realidad, la exlusiva Svalbardi no difiere en lo más mínimo (y recordemos que hablamos de una sustancia insípida) de otras aguas de manantiales naturales o de acuíferos subterráneos no contaminados.

Aún así, seguro que muchos estarían encantados de poder lucir una de estas botellas en su mesa como símbolo de prosperidad (yo diría estupidez), a pesar de que la del grifo mata igualmente la sed. ¡Ver para creer!