Una economía global menos globalizada no es el peor escenario

Roberto Bouzas

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Los economistas estamos familiarizados con las ventajas de la división del trabajo, la especialización y el intercambio. Sin embargo, en general prestamos menos atención a la infraestructura política e institucional para que esas ganancias se materialicen. Esta asimetría en la forma de abordar los problemas ayuda a explicar el entusiasmo con que muchos abordaron el fenómeno de la "globalización naïve". Pero la realidad acaba imponiéndose y desde hace una década asistimos a la lenta reversión de ese proceso.

Mientras que algunos pronostican que la presión del cambio técnico y los intereses darán un nuevo impulso a una tendencia irreversible, otros somos más escépticos.Elcoronavirus se sumó a la lista de eventos que abonan este escepticismo. La percepción de vulnerabilidad frente al desabastecimiento de productos críticos en medio de la pandemia (como ocurrió con las medicinas y el equipamiento médico), la disrupción de las cadenas globales o regionales de producción y algunas respuestas nacionales de política han dado un nuevo golpe a la ya meneada "globalización naïve".

La crisis de 2008 había puesto un primer freno al entusiasmo con la integración y desregulación de los mercados financieros. Como un efecto colateral, también hizo aún más evidente la pérdida de relevancia de las instituciones financieras multilaterales, convertidas en mecanismos de provisión de información (transparencia) más que de financiamiento o regulación. La Organización Mundial de Comercio (OMC), cuyo breve período de gloria no se extendió más allá del momento de su creación, se paralizó en sus funciones legislativas, de negociación y, más recientemente, de resolución de controversias.

Frente a las dificultades para gestionar y digerir algunas de las consecuencias negativas de la "globalización naïve", en los últimos años emergieron vigorosas fuerzas aislacionistas cuyas expresiones más visibles fueron el Brexit y la elección del presidente Donald Trump . Entretanto, el regionalismo siguió ganando terreno y, como telón de fondo, la competencia entre China y Estados Unidos escaló a niveles preocupantes.

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Buena parte de estas dificultades son consecuencia de dos problemas vinculados, pero analíticamente separables. El primero es la debilidad de las instituciones regulatorias que deberían gestionar una integración económica más profunda. Esas instituciones no sólo no existen, sino que tampoco existe el liderazgo o la hegemonía necesarios para construirlas. Estados Unidos es una potencia en retroceso, la Unión Europea (UE) se debate en sus dilemas de cohesión interna y China, poder en ascenso, aún no tiene los recursos (ni la legitimidad) para asumir ese papel. La invocación al imperativo o a la necesidad de la cooperación no es un sustituto de mecanismos concretos a través de los cuales esa cooperación se gestione.

El segundo problema es que los dos principales actores de esta obra no solo compiten por la influencia global, sino que están organizados alrededor de modelos de funcionamiento económico, político y social profundamente divergentes. El conflicto entre Estados Unidos y China no es apenas una disputa comercial y tecnológica, o incluso geopolítica. Se trata de manera más fundamental de la colisión entre dos modos de organización de la sociedad, la economía y la política. Cuando se repasa la agenda del conflicto económico sino-norteamericano enseguida se pone de manifiesto que las diferencias están arraigadas en prácticas sociales, políticas y económicas divergentes. La expectativa ingenua de que la integración de China a la economía global acercaría sus instituciones a las occidentales no se ha materializado. Es difícil ver porqué habría de hacerlo en el futuro dado los resultados que sus políticas han tenido en las dos últimas décadas.

Estos desarrollos han hecho del escenario de "globalización naïve" una fantasía irrealizable. ¿La única alternativa es un mundo atravesado por un conflicto económico y eventualmente militar irreversible? No necesariamente. Es cierto que no pueden descartarse los errores de percepción, los cálculos fallidos o incluso la necedad de los que toman decisiones. En Los Sonámbulos, Christopher Clark describe cómo la Primera Guerra Mundial era altamente improbable hasta que sucedió. En La gran ilusión, publicada poco antes del estallido de ese conflicto, Norman Angell también argumenta de forma muy persuasiva porqué una guerra entre las potencias europeas continentales y el Reino Unido era prácticamente imposible. Pero la historia no tiene porqué repetirse y, de hecho, existen muchas razones por las cuales es improbable que lo haga.

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En las condiciones actuales el escenario más probable es el de una continuación de la tendencia a la reversión del proceso de integración global. Este escenario aún no tiene formas claramente definidas, pudiendo adoptar expresiones más o menos benignas. Incluso su versión más benigna probablemente acabe estando lejos del mejor de los mundos imaginados por los promotores de la "globalización naïve". Pero probablemente sea el mejor de los mundos posibles.

La integración económica global dejó atrás lo que por mucho tiempo será su cenit. Para encarar de manera constructiva los desafíos del futuro inmediato es imperativo partir de un diagnóstico radicalmente diferente de aquél que orientó el discurso predominante, a saber: que más es mejor. Lo que el orden económico internacional necesita urgentemente es crear el espacio y las reglas para que convivan modelos diferentes de organización económica, política y social.

No se trata de una elección basada en consideraciones de eficiencia sino un imperativo de la realidad, impuesto por restricciones sociales, políticas e institucionales. Como probablemente comprobaremos en los próximos años, incluso este objetivo más modesto demandará más ingenio y compromiso del que nos hemos acostumbrado a ver.

El autor es economista e investigador en la Udesa y el Conicet