"Disculpe, tengo la regla": El estigma de la menstruación de las mujeres japonesas

La actriz Fumi Nikaidô junto a Seiri-chan, la figura antropomórfica que representa a la menstruación, en el rodaje de la película en 2019. (Captura de pantalla YouTube).

La recuperación de Japón después de su derrota en la Segunda Guerra Mundial se convirtió en una de las mayores historias de éxito económico del siglo XX. 

El despunte tecnológico japonés y su poderío dentro de los países industrializados hace aún más notoria la enorme brecha entre los hombres y las mujeres, al punto de que hay quienes aseguran que Japón sigue siendo un país subdesarrollado en materia de equidad de género.

La polémica sobre la discriminación hacia las mujeres se recrudeció el año pasado cuando se desveló que la Universidad de Medicina de Tokio regalaba puntos a los aspirantes hombres para reducir deliberadamente el número de mujeres en su matrícula de estudiantes. 

El ministerio de educación confirmó el favoritismo hacia los varones al mostrar que en el 80% de las universidades analizadas en los últimos seis años los estudiantes hombres obtenían mejores puntuaciones que las mujeres. Esos resultados contrastan con los niveles parejos que obtienen los alumnos y las alumnas cuando son evaluados en igualdad de condiciones.

Pero a la hora de sacar las cuentas, las cuentas no cuadran. Si Japón desea continuar en la senda del crecimiento tiene que flexibilizar sus tradiciones e incorporar más mujeres a los empleos remunerados.

El ministerio de comunicaciones y asuntos interiores dijo que el mercado laboral incorporó en 2018 a unas 870 mil trabajadoras para sumar 29,46 millones de japonesas económicamente activas, lo que significa que el 51% de las niponas tienen un empleo. Aunque las estadísticas muestran mejoría, aún están muy rezagados frente a países desarrollados como Islandia, donde el 83,4% de las mujeres trabajan.

 

Cero educación sexual

Uno de los principales problemas que observan los analistas con respecto a la desigualdad de género es el retroceso que ha tenido Japón en materia de educación sexual.

Al observar un libro de texto que enseña los cambios biológicos de los niños que se acercan a la adolescencia vemos que dibujos de niños y adultos vestidos, donde no es posible apreciar ningún aspecto de las diferencias orgánicas entre una niña y una mujer.

Los desnudos desaparecieron de los libros de texto japoneses (Captura de pantalla)

"¿Como puedes aprender sobre los cambios del cuerpo al mirar una ilustración de figuras vestidas?", preguntó Hashimoto Noriko, profesora emérita de la Universidad de Nutrición de Kagawa y experta en estudios sociológicos y de género.

Hashimoto dijo que en la edición del 2005, las figuras estaban desnudas pero para la edición del 2011 en adelante alguien decidió vestirlas. Denunció que Japón no está siguiendo los lineamientos de la Guía Técnica Internacional sobre Educación Sexual de UNESCO y que la escuela simplemente no educa sobre los hechos biológicos y científicos de la reproducción humana.


 

El estigma de la regla

En este contexto de completa desventaja laboral y cultural, un gran almacén de la ciudad de Osaka anunció que las chicas tenían la posibilidad de usar una insignia durante sus días de menstruación para generar la consideración de los clientes y compañeros.

Los planes de la firma Daimaru Umeda formaban parte de una estrategia de negocios más amplia que involucra distintos aspectos del lucrativo mercado de la higiene femenina.

La identificación de Daimaru Umeda mostraba una caricatura llamada Seiri Chan, o la Pequeña señorita Período, cuya popularidad ha aumentado desde que la historia fue llevada al cine.

La imagen antropomórfica de la menstruación es representada por una extraño peluche con forma de corazón rosado, ojos fijos, que aparece de manera intrusiva una vez al mes, dejando a la protagonista adolorida y exhausta.

Pero a las clientas y empleadas de la tienda no les causó ninguna gracia la idea de usar la insignia de Seiri Chan, como si la regla fuera un problema con visos de enfermedad mental.

"Hemos recibido muchas quejas del público. Algunas de ellas llegan al acoso y no fue nuestra intención. Ahora estamos reconsiderando los planes", dijo un portavoz.

La reacción de las mujeres ha sido un ejemplo en un país que envejece rápidamente y que sufrirá grandes cambios por la disminución de su fuerza laboral. La transformación de los valores sobre los roles de género y el equilibrio entre la vida y el trabajo están cambiando pero aún le falta un largo camino por recorrer.

El tema de la menstruación sigue siendo un tabú en los umbrales del 2020. Las mujeres japonesas sufren la vergüenza de ir al baño con tampones escondidos en los bolsillos porque al menos un tercio de sus compañeros de trabajo consideran poco profesional mencionar el tema.

Otro aspecto polémico sobre los ciclos menstruales son los permisos laborales llamados seirikyuuka, que se otorgan a las mujeres que sufren espasmos y fuertes dolores durante su período.

El reglamento fue creado con la incorporación de las mujeres a la fuerza laboral cuando sus maridos luchan en la Segunda Guerra Mundial, cuando no existían las toallas sanitarias y asearse en el trabajo era todo un suplicio.

A muchas de nosotras no nos vendría mal tomarnos un par de días de descanso mientras atravesamos la incomodidad de las puntadas en el vientre y la sensibilidad de los senos hinchados.

Pero si la lucha por la igualdad ha sido ardua, la desventaja se ampliaría si trabajamos menos horas o si nos identifican con una insignia para pedir un tratamiento preferencial por tener la menstruación.

Las mujeres pasamos 3000 días de nuestra vida menstruando, es decir, nuestro cuerpo dedica un poco más de ocho años en atravesar ese proceso fisiológico de expulsar el tejido que recubre a nuestro útero cuando no se ha producido la fecundación.

Y parte del dilema y la dicotomía es que nos ocurre justo en nuestro pico de aprendizaje y actividad laboral. Para acabar con el favoritismo a los varones, tenemos que exigir las mismas reglas y cumplirlas, aunque las hormonas nos saboteen y deseemos estar en casa con una bolsa de agua caliente en el vientre.