Dimitid bien. Y respetad por una vez nuestras universidades

anna pacheco
La exministra de Sanidad ha anunciado que dimite, pero sin reconocer irregularidades. Esto es lo que la nueva cultura de la dimisión desvela de la lucha de clases

Desde que acabé la universidad, arrastro una especie de pesadumbre. No he hecho ningún máster. En nada de nada.

En reuniones con compañeros, a veces, comparamos precios, contenidos y temarios. Ellos comentan los suyos. Yo he hecho uno en Márketing. Pues yo uno en Redes Sociales. Yo he hecho dos. Yo he hecho otro para intentar hacer prácticas y luego quedarme. El mío un timo. Muy bueno. Muy caro. Aún lo estoy pagando.

La idea de hacer un máster está más o menos presente en la cabeza de toda la gente de mi generación. Si todo va mal y te lo puedes pagar, siempre podrás hacer un máster. Si te quedas en paro y te puedes apañar, siempre podrás hacer un máster. Al resto, nos quedará siempre la duda: ¿Valgo menos porque yo no tengo máster? ¿Me iría mejor si yo también tuviera un máster? Definitivamente tener un máster es muy estético en el CV. Suena bien. Es innegable. Y si es en el extranjero, mejor.

Empecé a cursar la carrera de periodismo en el año 2009, en pleno inicio de la recesión más bestia. Te daban la carpeta y un alentador: Viviréis mejor que vuestros padres... pero sé creativa. Emprende. También fue el primer año de Plan Bolonia. Si tenías que compaginar estudios y trabajo, mejor olvídate. Los horarios desordenados te lo impedían. La presencialidad. La universidad se convirtió en una extensión de la escuela.

Al finalizar la carrera, la sorpresa final: Muy bien tu grado en no sé qué. Pero ahora tú lo que necesitas es un máster. Especializarse y eso, ¿sabes?

Ya, pero yo tengo que trabajar.

Ya pero nada. Tu título no vale nada. ¿No te has fijado que ahora va a la Universidad todo el mundo? Los másters pasaron a ser el colmo de la diferenciación de clase. En una universidad con cada vez más hijos e hijas de obreros, había que distinguirse. Diferenciarse. Acumular títulos. Pagar más. La enésima victoria del relato neoliberal de la cultura del esfuerzo y la meritocracia.

El problema es que muchas y muchos nos lo creímos. ¿Qué otra cosa íbamos a hacer? Hemos trabajado, pedido créditos o dinero prestado a madres y padres para acceder a determinados cursos y grados y postgrados y convenios bilaterales y ERASMUS que nos prometían la ansiada prosperidad laboral y económica. Hemos hecho lo que nos dijeron que había que hacer y nuestras madres y padres se hartaron a echar horas para hacer eso que nos dijeron que había que hacer y que ellos no pudieron. Por eso mismo, la mayoría de nosotras, al contrario que nuestros representantes políticos, podríamos acreditar aquí y ahora hasta la última coma de nuestro CV. Porque sabemos lo que costó o les costó a los nuestros. Porque tenemos la orla en la salita.

El escándalo de los másters de nuestros representantes políticos (Cifuentes, Montón, Casado) pone de manifiesto el saqueo bochornoso de las élites de nuestras instituciones. También la escandalosa mediocridad en el nivel de nuestros políticos. Es un insulto mayúsculo al resto y más cuando dimiten —algunas— sin aceptar ni una sola irregularidad en sus currículos. Esta purga es higiénica y viene de fábula, por fin la cultura de la dimisión parece que se ha instalado en España. Y no conoce de partidos ni ideologías.

Pero conviene exigir no solo dimisiones, también la asunción completa de responsabilidades. Cuando Carmen Montón —una socialista que prefiere decir que va en taxi a la Universidad antes que admitir que no ha cursado un máster— afirma, sin despeinarse y frente a una cámara, que ella se “va para no perjudicar la labor del Gobierno”, pero que ella no ha hecho nada mal, no hace más que abofetearnos al resto. A nosotras, que hemos transitado esas mismas universidades pero sin sus tratos de favor. Urge una limpieza total de responsables, rectores, implicados o cómplices en cualquier forma de corrupción, urge acabar con ellos. Pero por favor empezad de una vez por todas a tener algo de decencia con esas universidades que nunca habéis respetado.

Para empezar, podríais dimitir bien.

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