Dígame cómo mira y le diré cómo procesa las palabras

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Si saliésemos a la calle y le preguntásemos a cualquier viandante en qué piensa cuando escucha la palabra “lengua” o “lenguaje”, seguramente se transportaría a esas clases del colegio en las que un profesor nos obligaba a poner rayitas debajo de una frase.

Pero el lenguaje es más que esto: es la capacidad que nos permite comunicarnos con aquellos que nos rodean, alcanzar nuestras metas, reflexionar sobre cualquier asunto o identificarnos como parte de un grupo social. En definitiva, podríamos decir que los seres humanos somos lenguaje.

La misión de la psicolingüística

Los que nos dedicamos a la psicolingüística nos interesamos por comprender cuáles son los procesos y mecanismos cognitivos que hacen posible el lenguaje, es decir, qué ocurre dentro de nuestro cerebro cuando leemos un mensaje de WhatsApp, escuchamos nuestra canción favorita o pedimos una caña en un bar.

A este respecto, el primer problema con el que nos encontramos es que no podemos abrirle el cráneo a nadie y observar qué ocurre dentro. De hecho, si lo hiciésemos, no veríamos más que una sustancia gelatinosa y pringosa.

No obstante, la psicolingüística cuenta con diversas técnicas que permiten ver indirectamente qué ocurre dentro del órgano pensante. Gracias a ellas, buscamos inferir los procesos cognitivos que posibilitan comprender y producir mensajes lingüísticos.

Entre los diferentes métodos de los que dispone la psicolingüística, nos centraremos en el registro de movimientos oculares. Quizá alguna vez hayamos escuchado o leído la frase de que los ojos son “las ventanas del alma” –esta referencia aparece en el siglo II en la obra de Alejandro el Peripatético, un comentarista griego–; de momento, no disponemos de datos empíricos que confirmen que esto sea así, pero de lo que sí podemos estar seguros es de que los ojos son las ventanas del lenguaje.

¿Qué es el registro de movimientos oculares?

El registro de movimientos oculares (o eye-tracking) es una técnica experimental que consiste precisamente en eso: en registrar los movimientos de los ojos mientras una persona realiza alguna tarea como leer un texto u observar una imagen. Para ello, contamos con un aparato conocido como eye-tracker –aún no hay un nombre en español para este invento–, una cámara que proyecta un rayo de luz infrarroja sobre los ojos del participante en un estudio. Gracias a ese rayo, podemos seguir los movimientos de la fóvea (la parte de la retina responsable de obtener una visión precisa y detallada) y de la córnea para registrar milisegundo a milisegundo dónde está mirando el participante y durante cuánto tiempo.

Algún lector puede plantearse qué tienen que ver los movimientos de los ojos con el lenguaje. Pues bien, la hipótesis que subyace a esta técnica sugiere que los seres humanos dirigimos nuestra mirada hacia aquello que nos llama la atención y aquello que estamos mirando es, a su vez, lo que está procesando –analizando– el cerebro. En consecuencia, estudiar cómo se mueven los ojos permite inferir qué está ocurriendo en nuestro cerebro cuando, por ejemplo, leemos una frase o un texto.

Son varios los procesos relacionados con el lenguaje que podemos estudiar a través de los movimientos oculares: el reconocimiento de las palabras en el léxico mental y su significado; la construcción de la estructura sintáctica de una frase (por ejemplo, cómo comprendemos una frase ambigua que puede interpretarse de diversas formas); la identificación de inferencias pragmáticas (es decir, el reconocimiento de los significados ocultos en los mensajes), etc.

Palabras polisémicas: un reto para el cerebro

A modo de ejemplo, revisaremos el caso de las palabras polisémicas y cómo se puede analizar su reconocimiento a través de los movimientos oculares.

Las palabras polisémicas son aquellas que poseen varios significados en un idioma. Es el caso de “araña”, que puede referirse al animal arácnido de ocho patas o a la lámpara con piezas de cristal que cuelga del techo. Estas palabras entrañan cierta dificultad, pues, a diferencia de lo que ocurre con aquellas que poseen un único valor, el cerebro tiene que decidir cuál de esos significados es más adecuado en una frase.

Cuando nos encontramos una palabra polisémica, podemos obtener dos patrones de movimientos oculares. Por ejemplo, si leyésemos la frase “Vi una araña que colgaba del techo”, es probable que nuestros ojos se posasen una única vez sobre el término problemático y que, además, esa fijación presentara una duración estándar: 200-250 milisegundos. Sin embargo, si ese mismo vocablo apareciese en “Vi una araña que tenía una bombilla fundida”, nuestros ojos se posarían durante un mayor tiempo sobre ella y, probablemente, regresaríamos para releerla en más de una ocasión.

¿Qué indica esta diferencia en los patrones oculares? En primer lugar, que nuestro cerebro suele activar el significado más frecuente de la palabra polisémica (‘arácnido’ frente a ‘lámpara’). Si, tras ello, no encuentra ninguna palabra que contradiga dicho significado, como ocurre en la primera frase, esta se habrá comprendido correctamente. Si, por el contrario, alguna palabra contradice ese significado más habitual, como en el segundo ejemplo, entonces nuestro cerebro tendrá que detenerse, inhibir la acepción más común (‘arácnido’) y activar, en su lugar, la menos frecuente (‘lámpara’).

Este es un pequeño ejemplo de cómo podemos aplicar la tecnología del registro de movimientos oculares al estudio de los procesos cognitivos que posibilitan la comprensión y producción del lenguaje. Todavía tenemos varios desafíos por delante para llegar a entender adecuadamente la relación entre estas dos variables; sin embargo, algunos de estos interrogantes hallarán respuesta en las futuras investigaciones para comprender mejor cómo funciona nuestro cerebro.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

Esther Álvarez García ha recibido fondos del Ministerio de Educación a través del programa de Formación del Profesorado Universitario.

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