Diez años después, Baréin paralizado por una revolución reprimida con sangre

Sarah STEWART
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Con un príncipe heredero popular y reformista al frente del gobierno, y una década después del tsunami de la Primavera Árabe, Baréin apenas consigue curar las heridas de un levantamiento popular duramente reprimido, dejando a este país del Golfo en una especie de parálisis.

Aunque las autoridades han destruido el monumento de la plaza de la Perla, en la capital Manama, epicentro de las manifestaciones de 2011, las heridas de la nación siguen abiertas.

El movimiento fue reprimido con sangre por las fuerzas de seguridad apoyadas por los sauditas, causando decenas de muertos. El balance real todavía se desconoce.

Baréin acusa a Irán de haber instigado estas manifestaciones dirigidas por chiitas, reclamando una democratización de la vida política y una verdadera monarquía constitucional en el país dirigido por una dinastía sunita.

Desde entonces, Baréin prohibió los partidos de oposición, llevó a civiles ante tribunales militares y encarceló a decenas de opositores políticos pacíficos, lo que ha suscitado fuertes críticas internacionales.

"Diez años después del levantamiento popular en Baréin, la injusticia sistémica se ha intensificado y la represión política (...) ha cerrado efectivamente todo espacio para el ejercicio pacífico del derecho a la libertad de expresión", denunció Amnistía Internacional en un comunicado.

- Ninguna disidencia tolerada -

Antes del 14 de febrero, aniversario del inicio del levantamiento, la policía se desplegó en masa alrededor de las carreteras y las aldeas chiitas donde, en años anteriores, los manifestantes habían bloqueado el tráfico quemando neumáticos.

La organización de derechos humanos Bahrain Institute for Rights and Democracy (BIRD) afirmó que había recibido información según la cual al menos 18 adultos y 11 niños habían sido detenidos durante una ola de arrestos.

La oenegé con sede en Londres aseguró que había comprobado que varios de los niños, entre ellos uno de apenas 11 años, debían permanecer detenidos durante siete días en el marco de una represión "destinada a disuadir las manifestaciones que celebraban el décimo aniversario".

Las autoridades bareiníes confirmaron a la AFP el viernes que dos jóvenes de 13 años habían sido detenidos en un "centro de atención de menores hasta que volvieran a comparecer ante un tribunal donde se tomarán las medidas legales apropiadas".

"Sofocan la disidencia antes de que la gente proteste, para enviar una señal muy clara de que la disidencia no será tolerada", señaló Aya Majzub, de la oenegé Human Rights Watch.

- "Borrar la memoria" -

El príncipe heredero de Baréin, Salmán Bin Hamad Al Jalifa, fue nombrado primer ministro en noviembre tras la muerte de su tío abuelo, que ocupaba este cargo desde la independencia en 1971, y que era visto por los chiitas como el artífice de la represión.

Su joven sucesor se presenta como un moderado y su ascenso ha suscitado un optimismo prudente en cuanto a la posibilidad de una reconciliación con los opositores, después de que los pocos intentos que se han llevado a cabo no hayan funcionado.

Pero Baréin sigue dependiendo económica y diplomáticamente de sus vecinos sauditas y emiratíes, feroces detractores de la Primavera Árabe y que ayudaron al pequeño país a silenciar por la fuerza a los manifestantes en 2011.

Con la nueva administración estadounidense de Joe Biden, Estados Unidos debería mostrar más interés en las violaciones de los derechos humanos en el Golfo, después de la era muy permisiva del expresidente Donald Trump.

Tras perder su nacionalidad y vivir en el exilio, Jawad Fairooz, un exmiembro electo del proscrito partido de oposición Al Wefaq, cree que las esperanzas de cambio dependen de la presión estadounidense y de la distensión entre los dos rivales regionales, Irán y Arabia Saudita.

El príncipe heredero "no creo que tenga el poder de poner en práctica esta visión y hacerla realidad", afirma.

El epicentro de la revuelta en Manama, totalmente arrasado, "simboliza el intento del gobierno de suprimir y borrar la memoria de las protestas", recalca Lynn Maalouf, de Amnistía Internacional.

"Lo que era un lugar de reunión pacífico, de esperanza y de progreso, ahora sólo es hormigón y asfalto", zanja.

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