Diagnosticando la malaria por el olor corporal

¿Qué se puede hacer si los análisis de sangre y los de ADN fallan a la hora de detectar infecciones de malaria? Porque esto ocurre de manera habitual durante los primeros estadios de la infección. Según un análisis reciente, bastaría con estudiar el olor corporal de los posibles infectados.

Aunque pueda parecer lo contrario, detectar a tiempo la infección por malaria puede salvar muchas vidas. Principalmente, porque evitaría que los recién infectados expandan la enfermedad. Porque es precisamente en ese momento, durante los primeros pasos de la infección, cuando más contribuyen los pacientes a la epidemia.

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Un mosquito hembra de la clase Aedes aegypti. HEALTH-WHO/LEADER REUTERS/James Gathany/CDC/Handout via Reuters

Vamos a explicar primero este factor, para ir después al diagnóstico. El ciclo del parásito de la malaria, distintas especies del género Plasmodium, es bastante complejo. Durante la primera fase de la infección, cuando las víctimas aún no muestran síntomas, el protozoo se encuentra en la fase en la que más puede extenderse.

Para ello necesita de la “ayuda” del mosquito que transmite la malaria. Y para conseguirlo modifica la biología del infectado para hacerlo más atractivo a los mosquitos. Como el paciente aún no sabe que lo es, no toma las medidas necesarias para evitar extender la epidemia.

Y aquí es donde entra el factor “olor corporal”. Los cambios que produce el protozoo de la malaria en su hospedador, en el humano infectado, modifican el olor corporal para atraer a los mosquitos. Que a su vez se llevan las formas infectivas en la sangre que han chupado, y las inyectan en su siguiente víctima.

Todo esto está muy bien, pero ¿es real? ¿Y medible? Es decir, hace falta saber si realmente hay diferencias en el olor corporal, y si estas diferencias se pueden detectar. Porque los primeros pasos, los experimentos en ratones, confirmaron la teoría, pero de ahí a que sea aplicable hay un paso.

Paso que precisamente dan en el artículo. Los investigadores analizaron muestras de poblaciones en zonas de malaria, y consiguieron detectar tres grupos de pacientes: sanos, infectados sin síntomas – en las primeras fases, las más expansivas – y personas infectadas.

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Al analizar el olor corporal – los químicos volátiles producidos por cada personas – comprobaron su hipótesis: sí había cambios, que se podían detectar, y que diferenciaban a cada uno de los grupos. Que esto es importante, porque si sólo servía para distinguir entre sanos e infectados, no se podría utilizar como herramienta epidemiológica.

Lo curioso es que la infección no cambia las sustancias que se producen. Modifica las proporciones relativas de cada una de ellas, tanto que permite distinguir casos que con las otras técnicas no serían diferenciables. Ahora, no se trata ni de un sistema completamente fiable – hay cierta cantidad de falsos negativos, que son un problema a solucionar – ni fácil de aplicar de momento. Pero es un paso en la buena dirección.