Detuvo al terrorista y llamó a su jefe porque había chocado el coche de policía

Los dos policías que detuvieron a Brandon Tarrant se convirtieron en héroes. (Getty Images)

Nueva Zelanda ha vivido el fin de semana más difícil de su historia. El asesinato de 50 personas y el balance de decenas de heridos en Christchurch han hecho mella en una nación que, hasta la aparición de Brenton Tarrant, había estado alejada de cualquier acto violento de tal magnitud. Días después de la masacre retransmitida online, siguen surgiendo detalles de cómo fueron aquellos minutos eternos para cientos de personas que participaban del viernes de oración en las dos mezquitas atacadas.

Aquel día, los dos agentes de la policía neozelandesa que se encargaron de su detención formaban parte de un curso sobre cómo reducir a delincuentes armados. Jamás pensaron que aquellas prácticas se convertirían en realidad en cuestión de minutos y ellos dos acabarían llevando a cabo la operación más importante de sus carreras. Tanto es así que tras chocar su coche contra el del terrorista, uno de ellos llamó a su superior preocupado porque había dañado el vehículo. 

En el momento en que se corrió la voz por todas las unidades de la policía de que había un sospechoso armado que habría atentado contra otros ciudadanos, los dos agentes abandonaron sus prácticas y se subieron al auto. En ese preciso momento comenzó su misión: encontrar y reducir a Tarrant. La operación surgió de la improvisación ya que ni siquiera eran policías ubicados en Christchurch, simplemente fueron allí para realizar el curso. Una cadena de buenas decisiones les llevaron a cumplir su misión.

Una agente de la policía de Nueva Zelanda vela por los fallecidos. (Getty Images)

Dieron por hecho que el sospechoso, que ya había atentado contra las dos mezquitas, evitaría en su huida conducir por el centro ciudad. Sabían que había dejado Al Noor hacía varios minutos y que si acababa de abandonar el templo de Linwood, había muchas posibilidades de que agarrara una ruta determinada. La intuición de los policías surtió efecto y divisaron el vehículo descrito en el carril opuesto. Segundos después ya le pisaban los talones a Tarrant.

Durante la persecución, y según publicó The New Zealand Herald, los compañeros discutieron sobre qué táctica llevar a cabo para reducir al delincuente. Se plantearon continuar persiguiéndolo, consideraron esa opción como arriesgada. Debían actuar antes de que aquel individuo acabara con la vida de otras personas, ya fuera porque se escapara y volviera a usar sus armas, o bien porque atropellara a algún viandante. Sin pensarlo dos veces, chocaron con el lado derecho del auto y le cortaron el paso. Bloquearon el lado del conductor y le sacaron por el asiento del pasajero. Algunas fotos de testigos capturaron aquella escena.

Una vez reducido, uno de los agentes registró el coche y vio que además del arsenal que Tarrant tenía en el maletero – tres rifles semiautomáticos y dos pistolas de asalto – también habían vestigios de lo que sospechó eran explosivos caseros. Rápidamente fue al vehículo de la policía para avisar por radio de que el sospechoso contaba con artilugios de “alto riesgo”. Mientras realizaba el reporte, se dio cuenta de que había perdido de vista a su compañero y cortó la comunicación con la centralita.

Hubo agentes que necesitaron ayuda psicológica por lo que vieron en las mezquitas. (Getty Images)

A pesar de que Tarrant ofreció resistencia inicialmente – antes de que se rindiera – los que presenciaron la escena coincidieron en la calma con la que los policías resolvieron la situación, algo que, según sus superiores, se debió a que ambos suman 40 años de experiencia en el cuerpo. A pesar de ello, nunca habían lidiado con una operación de tal calibre. Por el contrario, otros agentes más jóvenes que recién salieron de la academia tuvieron que recibir atención psicológica ante lo que presenciaron en ambas mezquitas. Nadie está plenamente preparado para semejante experiencia, y en Nueva Zelanda, menos.

Para estos dos policías, mantener la calma no fue únicamente una cuestión de experiencia, sino también de inocencia. Aún no sabían exactamente la magnitud de lo que la persona que agarraban con sus manos había llevado a cabo pocos minutos antes, tanto es así, que uno de los agentes realizó una llamada inesperada.

“Me comunicó inmediatamente que habían dañado el auto de la policía. Era el segundo coche que se accidentaba en una semana ya que me había encargado de avisar a toda la unidad días antes para que tuvieran cuidado ya que contábamos con pocos vehículos”, afirmó el sargento Pete Stills. Cuando se enteró que habían detenido al artífice del único y más sanguinario ataque terrorista que jamás sufrió Nueva Zelanda, el coche pasó a un segundo plano.

A pesar de los halagos que están recibiendo, los dos compañeros no piensan que hayan sido unos héroes y su respuesta es que simplemente estaban haciendo su trabajo, ese que querían llevar a otro nivel cuando se apuntaron al curso sobre cómo reducir a delincuentes armados. Uno de ellos, incluso, siguió adelante con el plan de ir de vacaciones en el extranjero.