Descubren por qué nos cuesta tanto ir al gimnasio (aunque queremos hacerlo)

Enseguida me levanto de la hamaca y voy al gimnasio… o ya si eso mañana. (Imagen Creative Commons vista en Pixabay).

Si introduces en Google la pregunta ¿por qué me cuesta tanto hacer ejercicio? recibirás más de 16 millones de posibles respuestas. Cada vez que nos enfrentamos a las desalentadoras tareas de actividad física, la lista de excusas se hace enorme: estoy demasiado ocupado, demasiado cansado, y en la mayoría de casos, simplemente no me apetece.

Ahora, un nuevo estudio realizado por investigadores de la Universidad de la Columbia Británica (UBC), sugiere que el obstáculo real que se interpone entre nosotros y el (siempre postergado) momento en que empezamos a ir al gimnasio, no se encuentra en la falta de motivación, tiempo o energía. ¡El culpable es nuestro cerebro!

Hace dos años, Matthieu Boisgontier, un investigador postdoctoral en la Universidad KU Leuven en Bélgica, percibió una tendencia inquietante. A pesar de que se invirtieron grandes cantidades de dinero y esfuerzo en campañas e investigaciones para animar a las personas a adoptar estilos de vida activos y saludables, no hubo mejora. Los niveles globales de actividad física eran, y aún lo son, abismalmente bajos. Más de una cuarta parte de la población adulta del mundo (aproximadamente 1.400 millones de personas de 18 años o más) no estuvo “suficientemente activa” en 2016, según informes de la Organización Mundial de la Salud

Boisgontier, que ahora trabaja como investigador en la UBC, estaba realmente sorprendido. A pesar de todo el dinero invertido en informar, y de que seguramente todo el mundo sabía lo saludable que es mantenerse físicamente activo, nada parecía funcionar. Y eso que hablamos de algo que puede hacernos vivir más y mejor, y que además se trata de una actividad gratuita.

¿Si todo el mundo tiene la determinación de hacer ejercicio regularmente, por qué no lo hacen? ¿Cuál es la explicación a la “paradoja del ejercicio”? Para resolverlo, Boisgontier comenzó a colaborar con su colega Boris Cheval, inestigador postdoctoral en salud y psicología del ejercicio en la suiza Universidad de Ginebra.

“El problema es que nuestros cerebros están condicionados para elegir el camino fácil, es decir aquel que implica un menor gasto de energía”, explica Boisgonier, que está estudiando neurociencias.

No importa lo que crees querer”, comentan ambos investigadores, “lo que tu cerebro quiere es que seas sedentario para conservar la energía”. El estudio llega a conclusiones inquietantes, por ejemplo: cuando comienzas a contemplar la opción de hacer actividad física, obligas a tu cerebro a trabajar más duro para contrarrestar ese impulso. Incluso cuando estás de camino al gimnasio para hacer ejercicio, tu cerebro puede decirte que uses el ascensor en lugar de subir por las escaleras.

Los hallazgos se publicarán en la edición de octubre de la revista Neuropsychologia, aunque ya pueden consultarse online.

Este es el primer estudio científico sobre la temática que utiliza técnicas de visualización de imágenes cerebrales (electroencefalogramas), como herramienta para intentar comprender la paradoja, añade Boisgontier.

El cerebro siente una “atracción automática por los comportamientos sedentarios”, afirma Boisgontier. Probablemente provenga de una adaptación evolutiva que favorece la conservación de la energía.

Algunas personas pueden llamarlo pereza. Pero “si se observa desde una perspectiva evolutiva, no estamos siendo perezosos, estamos minimizando los costos energéticos. Esta minimización fue útil durante la evolución porque nos proporcionó una ventaja para la supervivencia”.

Pero ahora, cientos de miles de años después, con todo lo que ha avanzado tanto la sociedad como la tecnología, la necesidad de minimizar el consumo de energía no solo ha disminuido, es que ahora es un problema.

“Sigue estando aquí, en tu cerebro, y tienes que luchar contra ello”, afirma Boisgontier.

Para documentar esta lucha interna, un grupo de investigadores de diferentes universidades dirigidas por Boisgontier y Cheval, observaron la función cerebral de los 29 participantes en el estudio usando electroencefalografías (EEG) para registrar la actividad eléctrica en el cerebro. Los participantes eran adultos jóvenes que ya eran físicamente activos o tenían un fuerte deseo de serlo.

Se les pidió que movieran sus avatares computarizados hacia imágenes representativas de actividad física, y que se alejaran de las imágenes de comportamiento sedentario y viceversa. Mientras los participantes hacían esto, los electrodos monitoreaban sus ondas cerebrales.

Los participantes, todos ansiosos por hacer ejercicio, mostraban reacciones más rápidas al acercarse a la actividad física y evitar la conducta sedentaria. Esto probó su intención de ser físicamente activo, escribieron los investigadores en el estudio.

Pero a medida que avanzaban hacia la imagen del ejercicio, por ejemplo, un monigote montando en bicicleta, los datos del EEG mostraron que su cerebro trabajaba más duro. Fue como si de pronto se activara un “freno automático”, dijo Boisgontier.

Una persona puede tener la “mejor intención” de estar activo, añade Cheval, “pero si su sistema cerebral está minimizando el costo energético, su intención no se llevará a cabo”.

Sin duda es un trabajo interesante que demuestra claramente aquello de que “llevamos el enemigo dentro”. Me temo que algunos (como yo) lo usaremos como excusa neurológica cuando vayamos al médico. “Mire señor, yo de verdad que quiero ir al gimnasio pero mi cerebro solo piensa en ahorrar energía”.

Me enteré leyendo MSN.com.