Los desarraigados de la violencia en Mozambique sueñan con regresar al hogar

Emidio JOZINE y Alfredo ZUNIGA
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Está sentado frente a un té y un pan, en un campamento de desplazados del norte de Monzambique. Esa casa no es la suya, Idrisse Cachimo llegó allí tras huir de los ataques yihadistas. Seis meses después, solo quiere volver a casa.

Idrisse forma parte de las 670.000 personas que han dejado todo para escapar de la sangrienta insurrección que desgarra la provincia estratégica de Cabo Delgado, rica en gas natural.

"Preferiría morir a continuar el sufrimiento que vivo aquí, dijo, con firmeza, este hombre de 61 años, que vio a su mujer ser arrebatada por los rebeldes.

Quemando aldeas, ejecutando a hombres y llevándose a las jóvenes, grupos armados que han jurado lealtad al Estado Islámico (EI) siembran el terror desde hace más de tres años en el norte del país.

"Pueden cubrir la casa con zinc o comprarme un avión, yo quiero volver a casa", repite Idrisse, pensando en las dos casas que tenía allá, su granja, sus cabras.

Desde su refugio hecho de cañas de bambú y barro, ve cada día vehículos partir en dirección a su antigua aldea de Macomia, tristemente célebre por ser el blanco de violentos ataques.

Allí, dos años antes, insurgentes cortaron la cabeza de un hombre, antes de quemarla y dejarla expuesta en el mercado. La primera de una larga serie de decapitaciones.

- "Eso no es suficiente" -

En los campamentos de desplazados corre el rumor, cada vez más, que algunos han vuelto a sus casas. Pero la región sigue ocupada por los insurgentes.

Tras haber alcanzado un pico a fines del año pasado, los ataques disminuyeron recientemente. No obstante, el conflicto no ha terminado, advirtió el gobierno.

Una veintena de nuevos campamentos para desplazados fueron acondicionados en aldeas, lejos de la violencia. Pero eso es insuficiente, sólo 50.000 personas han encontrado un lugar, en condiciones a menudo difíciles.

En el campamento de Ntocota, a 45 km de Pemba, la capital de Cabo Delgado, las familias reciben una ración de 40 litros de agua al día. "Eso no es suficiente", se lamenta el jefe del pueblo, Ntaguiha Camale.

Alrededor de 1.060 desplazados están allí. No hay escuela, ni servicios sanitarios y los ocupantes deben hacer sus necesidades afuera.

El hospital más cercano está a una hora de carretera. Los enfermos son transportados en motocicletas que hacen las veces de ambulancia.

"Cuando alguien cae enfermo, el pueblo paga para comprar cuatro litros de gasolina" para el viaje, explica el jefe del pueblo.

- "No hay nada que hacer aquí" -

Las autoridades de Cabo Delgado afirman que no tienen el dinero para ayudar a los desplazados y que sólo cuentan con el apoyo de las oenegés.

"Idealmente, se necesitarían 80 campamentos para esta gente. Muchos siguen alojados en familias de acogida", explica a la AFP el secretario de Estado de la provincia de Cabo Delgado, Armindo Ngunga.

Según Unicef, 90% de los desplazados, repartidos en tres provincia, han sido alojados en familias. Sin embargo, se enfrentan a cierta animosidad por parte de los lugareños.

Anifa Amimo, de 35 años, ha intentado cultivar la tierra alrededor de su nueva casa para alimentar a sus nueve hijos. Pero "los lugareños nos acosan y no nos dejan trabajar en los campos. dicen que esta tierra es de ellos", afirma ella pelando mandioca.

"No hay nada que hacer aquí", explica simplemente Simba Jamal, un antiguo campesino de 55 años, a quien el aburrimiento mata poco a poco.

El conflicto en el norte de Mozambique ha dejado 2.500 muertos, más de la mitad de ellos civiles, según la oenegé Acled.

Según las Naciones Unidos, casi un millón de personas sufren de inseguridad alimentaria en la región. Y al menos 4.900 se han contaminado con el cólera desde fin de año, 55 de los cuales murieron.

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