En el delta del Níger, un pueblo de pescadores en la confluencia de los males del Sahel

Amaury HAUCHARD
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Ousmane Djebare Djenepo se ha puesto la ropa de los días especiales, verde como la hierba de la ribera del Níger. Recto en su piroga, el pescador de 76 años está orgulloso de mostrar "su" río.

Pero bajo los grandes lentes de sol y su sonrisa fácil, el presidente de la Federación de Pescadores del Delta del Níger esconde su consternación por la suerte de sus pares que están dejando de vivir de la pesca cada vez más escasa en este inmenso territorio en el corazón de Malí y del Sahel.

"Antes, el río era profundo y las temporadas de pesca largas. Ahora, hay muchos menos peces y el río tiene demasiados problemas", explica.

Su mundo, el delta interior del Níger, es un entorno ecológico y humano excepcional cambiante. Pero los ritmos naturales que han regulado durante generaciones la coexistencia de centenares de miles de pescadores, agricultores, y ganaderos están en peligro por otros cambios: el avance del desierto, el agotamiento de los recursos y la intrusión de los yihadistas en las formas de vida ancestrales.

Las decenas de miles de pescadores artesanales que explotan la mayor reserva de peces en África Occidental van de "descenso en descenso", dice el director regional del sector Boukary Guindo.

Aquí, en el centro de Malí, entre Djenné y Tombuctú, el Níger, gigante africano que nace en las alturas de Sierra Leona y Guinea, abandona su curso normal para dividirse en una multitud de ramificaciones. El delta interior es una red de afluentes, lagos y planicies inundables, el mayor humedal de África Occidental, del tamaño de Suiza. Más lejos, el río recupera su curso para verter sus aguas al Atlántico tras haber atravesado seis países.

El paisaje se transforma dependiendo de las estaciones. Durante las crecidas, la zona se inunda completamente y solo circulan las pequeñas piraguas tradicionales del río de Níger. Cuando desciende el nivel del agua se generan lagunas de pesca e inmensos campos de una planta forrajera característica, que atrae a los animales de todo el Sahel.

Pero desde hace años, el Sáhara "desciende" del norte y "devora" poco a poco el río, se alarma el director de la Oficina de Desarrollo de la Pesca en el Delta (Odpa-din), Hamidou Touré.

Los bancos de arena cortan el río otrora muy productivo, que ya ha dejado de llenarse de peces, dice.

- Sin discriminación -

Las lluvias son menos frecuentes, el caudal disminuye. Varias represas construidas en los años 1970 alteran el curso.

Las temporadas son menos marcadas y la articulación armoniosa entre las poblaciones de antaño ahora es más conflictiva.

Tradicionalmente, pescadores, ganaderos y agricultores practican una "gestión alternada", explica Ibrahima Sankaré de la ONG Delta Survie.

"Cuando la hierba crece, es para los ganaderos pastores; cuando hay agua es para los Bozos; y cuando hay tierra es para los agricultores", agrega.

Los Bozos son uno de los numerosos grupos humanos de Malí. Pescadores tradicionales.

Pero, como dice suspirando Ibrahima Sankaré, "cada uno ha abusado" de este calendario instaurado bajo el imperio Peul de Macina, en el siglo XIX.

En el río, los grandes peces son cada vez más raros; algunas especies han desaparecido. Para sobrevivir, el pescador pesca ahora "todo lo que pasa", dice Ousmane Djebare Djenepo.

Aunque es consciente de los riesgos de la sobrepesca, hasta él pesca los peces más pequeños, y en el fondo de la piragua que avanza gracias a la fuerza de los brazos de un joven remero, uno solo supera los 10 cm.

Para la administración, los pescadores tienen una parte de la responsabilidad de esta sobrepesca. "Los Bozos piensan que el pescado cae del cielo", dice el director regional de pesca. "Si pescas los progenitores, el año próximo no habrá un solo pez".

El tiene la responsabilidad de vigilar que las redes no atrapen a los peces pequeños. Pero la violencia que sacude al centro de Malí desde 2015 y la ausencia de Estado fuera de las grandes ciudades le impiden hacer su trabajo.

Los Bozos, cuando van por los canales del delta, pueden ser blanco de disparos o caer sobre hombres armados que les impiden el acceso a las lagunas de pesca o exigen el pago del impuesto islámico, según testimonios recabados.

- "No alimenta más" -

En una pequeña cabaña en los suburbios de Mopti, Rokia (cuyo nombre ha modificado la AFP por seguridad) recuerda el "ataque" de hace tres años, cuando hombres armados apostados en el río obligaron a desembarcar a los hombres que ocupaban cinco piraguas familiares.

"Estaban mi marido Ba, mis hermanos Amadou y Sinbarma, mis hijos Mahamat y Tassana", cuenta. Veintitrés en total.

Ella se quedó en una piragua y trató de persuadir a los hombres armados, diciéndoles que "no necesitaban hacer lo que estaban haciendo, que todos necesitábamos peces".

No sirvió de nada. Esposo, hermanos e hijos, "nunca los hemos vuelto a ver", asegura.

Menos un hermano ausente el día del rapto y el pequeño Amadou que nació unas semanas después, no hay más hombres en la familia. Y ya han dejado de pescar.

Debido a los mil males del río, muchos se han quedado en tierra. Modibo Traoré es uno de ellos, después de treinta años en el río. "Ya no alimenta más".

El pescador creó su laguna artificial. "Si queremos, podemos pescar solo los grandes peces, es más fácil que la pesca", dice.

Alentado por Bamako, la lejana capital, la piscicultura representa ahora el 10% de la producción del delta.

Idealmente, habría que sacar a todos los pescadores "del agua para llevarlos a tierra" provisionalmente y "dar al río un descanso biológico", piensa el director regional Guindo.

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