No nos dejemos cegar por el carisma

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A lo largo de mi carrera profesional he tenido oportunidad de entrevistar a un buen número de personas, tanto para seleccionar candidatos para trabajos diversos como para acceder a programas en IE Business School.

Creo que esta experiencia me ha ayudado a desarrollar la capacidad de escuchar, aunque se vea contrarrestada por mi despiste nativo y la propensión a la arenga de los directivos. También he aprendido a evaluar aspectos de la personalidad o de la trayectoria profesional de los aspirantes.

No obstante, no poseo la facultad para desentrañar la idiosincrasia de mi interlocutor, y menos de anticipar el éxito de su desempeño futuro. Para equilibrar mis opiniones suelo preguntar a otras personas más clarividentes e intuitivas, generalmente sociables y bienintencionadas.

Una de las lecciones aprendidas es la de no conferir una importancia decisiva al magnetismo que pueda proyectar un candidato. Al cabo de los años, mi experiencia es que los carismáticos no son, necesariamente, ni los mejores líderes ni los gestores más eficaces.

Basado en este conocimiento personal, me atrevo a formular la recomendación más destacada de este artículo: no se fíe única ni fundamentalmente del carisma. Aunque ciertamente sería extravagante arrumbar esa cualidad en la selección de personas, mi consejo es más bien sopesar otras cualidades adicionales para elegir al candidato apropiado.

Carisma y liderazgo

¿En qué consiste ese atributo que denominamos carisma, que se suele asociar al liderazgo? Convencionalmente, se entiende como la “especial capacidad de algunas personas para atraer o fascinar”. Un rasgo que suele considerarse distintivo de las figuras prominentes en los ámbitos de la política, la escena, las artes y, por supuesto, la empresa.

El sociólogo y politólogo alemán Max Weber (1864-1920) es señalado como el primer pensador que analizó el fenómeno del carisma e intentó diseccionar sus elementos característicos. Weber, que vivió en la época del resurgimiento del cesarismo en Europa (encarnado por personajes como Otto Von Bismarck, padre de la unificación alemana), afirmaba:

“El carisma es una cierta cualidad de la personalidad de un individuo en virtud de la cual se le distingue de los hombres ordinarios y se le trata como si estuviera dotado de poderes o cualidades sobrenaturales, sobrehumanas o, al menos, específicamente excepcionales. Estos poderes no son accesibles para la persona común, pero se consideran de origen divino o ejemplares y, sobre la base de ellos, el individuo en cuestión es tratado como un líder.”

Aunque Weber mencionara el carácter semidivino del carisma como don innato, la experiencia y la literatura muestran que se puede cultivar y desarrollar, incluso en las etapas de madurez, como sucede con las habilidades características del liderazgo directivo.

Liderazgo, extroversión e introversión

Pese a que hay quienes asocian carisma con extroversión, lo cierto es que la introversión no excluye el liderazgo. Una investigación de Adam Grant muestra que mientras los líderes extrovertidos obtienen mejores resultados cuando tienen equipos pasivos, os introvertidos trabajan mejor con empleados proactivos. Así, estos últimos funcionan mejor cuando el objetivo es innovar.

El acuerdo sobre las posibilidades de acrecentar el carisma personal se manifiesta, por ejemplo, en el concepto de charisma leadership tactics (CLT). Este explica cómo el entrenamiento en una serie de hábitos y prácticas puede realzar la capacidad de influencia sobre los demás, de forma que también las personas introvertidas pueden cultivar esos modos.

Algunas pruebas muestran que se tiene más ascendiente sobre las personas dependiendo de los ritmos circadianos, es decir, el momento del día en el que nuestro organismo se encuentra en plenitud biológica. Así pues, hay adalides diurnos y adalides nocturnos.

Fortalecer el carisma

En relación con el desarrollo del carisma, Antonakis, Fenley y Liechti identifican doce tácticas que refuerzan el perfil carismático.

Nueve de ellas tienen relación con el lenguaje verbal y la oratoria:

  • Comparar mediante metáforas, símiles y analogías.

  • Referenciar a través de historias y anécdotas.

  • Establecer contrastes.

  • Emplear figuras retóricas.

  • Estructurar los argumentos en tres puntos.

  • Poner énfasis en las convicciones morales.

  • Reflejar los sentimientos compartidos por el grupo para promover la empatía.

  • Proponer objetivos ambiciosos.

  • Trasladar la confianza de que dichos objetivos se pueden alcanzar.

Otras tres tácticas tienen que ver con la comunicación no verbal: la entonación, las expresiones faciales (de ahí que algunos ensayen sus discursos ante el espejo), y la gestualidad de manos y cuerpo.

Existen otros recursos, también muy efectivos para aumentar el carisma, como crear un sentido de urgencia, invocar la historia –generalmente de forma partidista–, hablar de sacrificio –recuerde la célebre expresión del primer ministro británico Winston Churchill: “No tengo nada que ofrecer más que sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”– y el uso del humor, en ocasiones dirigido contra una minoría.

Carisma e imagen

Aunque no sea fácil de admitir, la apariencia –o imagen– tiene una incidencia relevante en la proyección de carisma. En su interesante libro Looks: Why they Matter More Than You Ever Imagined, Gordon L. Patzer explica que el atractivo personal (physical attractiveness, PA) es un factor decisivamente favorable en muchas situaciones sociales.

Las personas que cuentan con un alto PA tienen más probabilidades de ser seleccionadas para un trabajo, de ser promocionadas dentro de la empresa, de tener éxito en la política o en profesiones con proyección pública, e incluso de recibir más atención -y mejoras notas- de sus profesores.

Patzer señala al respecto que, aunque los valores compartidos y los fines comunes en la vida sean importantes, lo que más cuenta cuando se elige un perfil online es la foto. Y es así aunque los que se citan online suelen descubrir luego que la foto de la que se enamoraron, o el perfil publicado, no se corresponde enteramente con la realidad.

Los fines del carisma

Cuando planteo la cuestión del carisma a mis alumnos, muchos opinan que su concepción debería limitarse al ejercicio moralmente aceptable del liderazgo, y que habría que excluir, por ejemplo, a personajes como Hitler o Stalin. No obstante, esta restricción tiene el inconveniente de que hay muchos líderes carismáticos que reciben el reproche unánime.

Por otro lado, hay jóvenes carismáticos que todavía no han implementado su misión, de forma que la identificación de su cualidad es independiente de la evaluación de sus logros. Es preferible, en puridad conceptual, aceptar que el carisma es independiente de si se ejerce para fines nobles, o de forma interesada o malvada.

En relación con la conveniencia de que una empresa u organización cuente con dirigentes carismáticos, los estudios muestran que depende de las circunstancias. En este sentido, Weber explicaba que la relación entre el carismático y el grupo es paradójica.

En épocas de crisis los grupos demandan una dirección clara y un liderazgo firme y están dispuestos a seguir al líder sin cuestionarlo. Durante la pandemia pudimos comprobar cómo se fortaleció el papel y los poderes de los dirigentes de las organizaciones. Análogamente, en la Antigua Roma los dictadores eran nombrados excepcionalmente con poder omnímodo para hacer frente a una crisis significativa, por ejemplo, una invasión bárbara.

Los perfiles de líder carismático y de administrador eficaz no son correlativos. Por ello formulo mi consejo de evitar embelesarse al seleccionar directivos.

John P. Kotter aclaraba la diferencia entre ambos perfiles cuando explicaba que dirigir es gestionar la complejidad, organizar y asignar recursos y personas, controlar y planificar, mientras que liderar es lidiar con el cambio, desarrollar una visión, motivar e inspirar y, sobre todo, alinear a un equipo hacia una misión.

Aunque la dirección parece una práctica más racional que el liderazgo, algo así como una ingeniería organizativa, el liderazgo no debería percibirse como una cualidad misteriosa o mística. Según Kotler, el liderazgo “no tiene nada que ver con tener ‘carisma’ u otro rasgo exótico de la personalidad. No es el territorio de unos pocos elegidos”.

El liderazgo es más bien una habilidad que se desarrolla con el tiempo y que comprende un conjunto de características que requieren la comunicación profunda con las partes implicadas.

Frente al hechizo del carisma

Dado que el carisma produce una cierta fascinación y encantamiento que eclipsa el juicio crítico acerca de otras facetas del líder igual o más valiosas, ¿qué recursos se pueden ejercitar para evitar ese cegamiento? Ofrezco a continuación algunos consejos, basados en mi experiencia:

  • Desconfíe de los líderes carismáticos que son marcadamente críticos con otras personas, especialmente sus predecesores, colegas o sucesores. Los falsos líderes conquistan credibilidad desacreditando a otros, más que sobre sus propios méritos. Inversamente, el elogio sistemático y sincero es indicio de buena humanidad.

  • El elogio no es sinónimo de halago y es aconsejable no dar pábulo a la lisonja o a la adulación, no solo para identificar a los carismáticos insustanciales sino también como ejercicio de modestia personal.

  • Las referencias externas de personas que conozcan a un candidato son muy relevantes, especialmente cuando se trata de líderes con carisma, porque nos pueden proporcionar informaciones que evidencien su buena gestión. Si solo obtiene silencio de su pesquisa, quizás tenga la confirmación de que su duda es justificada.

  • La rotación voluntaria o estancias breves en diversos puestos, culpando a otros o desmereciendo a las empresas en las que se ha trabajado, puede ser también indicio de carisma espurio. Es el caso de las personas aparentemente formidables, pero con las que nadie quiere trabajar. Quizás se haya encontrado con algunos casos parecidos.

Finalmente, mi experiencia como profesor en programas que combinan formación online con módulos presenciales me ha ayudado a conocer mejor a mis alumnos, tanto en sus facetas intelectuales como en sus habilidades de liderazgo. Los formatos híbridos ponen a prueba las capacidades múltiples de los directivos, y pueden ser un buen campo de pruebas para comprobar el equilibrio entre sus cualidades polifacéticas.

En el informe sobre Napoleón Bonaparte de sus profesores de la Escuela Militar Real de Brienne se lee: “Corso de carácter y nacimiento, este joven llegará lejos si le ayudan las circunstancias”.

Es cierto que Napoleón no sería originalmente el arquetipo de carisma: era calvo, bajo, hablaba francés con acento italiano y se graduó con una nota media, además de haber sido introvertido en la infancia.

Sin duda, en ocasiones, la suerte (o, si se quiere, la serendipia) o las circunstancias, son determinantes para liberar el carisma escondido en el interior de las personas.

Una versión de este artículo fue publicada originalmente en LinkedIn.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

Santiago Iñiguez de Onzoño no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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