Déficit de auto activación: personas cuyas mentes están completamente en blanco

Miguel Artime
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Mente en blanco, el síntoma más evidente del déficit de auto-activación  (AAD). (Imagen Creative Commons vista en Pxfuel).
Mente en blanco, el síntoma más evidente del déficit de auto-activación (AAD). (Imagen Creative Commons vista en Pxfuel).

En 2009, el pastor y comunicador estadounidense Mark Gungor se encontraba de gira dando charlas sobre problemas maritales. Durante aquellas charlas, Gungor hacía un cómico retrato de las diferencias de pensamiento entre hombres y mujeres, en un apartado llamado “el cuento de los dos cerebros”.

El análisis de Gungor no se basaba para nada en la ciencia. Era más bien una charlita informal en la que el comunicador ironizaba sobre algunos clichés sexistas. Lo divertido de la historia y la forma en que el pastor la escenificaba, hicieron que pronto varios fans subieran vídeos de la misma a internet, donde se convirtió en un éxito viral. Aún a día de hoy, sigue regresando cíclicamente en forma de meme (incluso subtitulado al castellano).

El secreto del éxito de aquella charla recaía (entre otras cosas) en el grado de identificación que muchos hombres experimentaron cuando oyeron hablar de la “caja de nada”. Una cajita carente de contenido que todos los varones guardamos en el cerebro, sin conexiones con ninguna otra, a la que nos gusta recurrir cuando estamos estresados. De hecho, según Gungor, esa “nothing box” es nuestra favorita.

Hoy me he vuelto a acordar de esta pasmosa facilidad que los hombres tenemos para desconectar “haciendo nada”, simplemente dejando la mente en blanco, tras leer un artículo en RealClearScience sobre una terrible enfermedad cerebral. Obviamente, al contrario que con el vídeo de Gungor, el artículo me dejó horrorizado y fascinado al mismo tiempo.

El término AAD viene del inglés (Auto-Activation Deficit) de modo que no requiere demasiada traducción: significa “déficit de auto activación”) y no es ninguna broma. Los aquejados con esta enfermedad, pueden permanecer quietos como figuras de cera durante horas, sin que el tiempo parezca afectarles. En cambio, si alguna persona interactúa con ellas de algún modo, pidiéndoles que hagan algo, los aquejados por este déficit se pondrán en marcha inmediatamente. Es como si de algún modo no pudieran ejercer por si mismos ninguna acción, a pesar de conservar intacta su capacidad de reacción.

El artículo habla del caso de un hombre de negocios al que un día picó una avispa. La picadura le provocó un caso inesperado de encefalopatía que le cambió por completo. Desde aquello, cayó sumido en una apatía perpetua que solo se rompía cuando alguien le ofrecía un periódico, o le invitaba a jugar una partida de cartas, por citar un par de ejemplos.

La literatura médica sobre estas personas es escasa, ya que de hecho la AAD no se caracterizó como enfermedad hasta 1984, cuando un grupo de investigadores franceses describió el mal y su posible causa: daños en los ganglios basales del cerebro. Este área está constituida por múltiples estructuras que se encuentran cerca de la base del cerebro y se sabe que entre sus funciones se encuentran la de incitar movimientos deseados y la de inhibir los no deseados. De hecho, las personas que sufren tics (síndrome de Gilles de la Tourette) lo hacen precisamente porque padecen una disfunción de los ganglios basales.

Pero volvamos sobre algunos casos de AAD que me han dejado anonadado. En un caso publicado en la revista Psychological Medicine en 2018, se cita a un paciente que permaneció más de media hora tumbado en la cama con un cigarrillo apagado en la boca. Cuando se le preguntó qué estaba haciendo respondió: “esperando a que me den fuego”.

Otra persona aquejada de AAD permaneció 45 minutos de pie en el jardín, “congelado” con las manos sobre el corta césped, hasta que su hijo le pidió que comenzara a segar. Tras la orden comenzó su tarea de forma inmediata.

Como veis, los pacientes con AAD no intentan (o ni siquiera quieren) moverse, aunque pueden hacerlo sin dificultad si se les incita a hacerlo. Es como esos electrodomésticos que están latentes (en modo “ahorro de energía”) hasta que alguien los toca. Como ellos, con la interacción recuperan casi toda sus capacidades.

Estatua de un hombre sentado, un analogía bastante acertada de un paciente de AAD a la espera de estímulos. (Imagen CC vista en Pixy.org).
Estatua de un hombre sentado, un analogía bastante acertada de un paciente de AAD a la espera de estímulos. (Imagen CC vista en Pixy.org).

Curiosamente, algunos pacientes de AAD presentan un síntoma “extremo”: no pueden pensar. Es como si hubieran caído de forma perpetua en esa “nothing box” con la que bromeaba Mark Gungor, aunque maldita la gracia. Su mente está completamente en blanco y a pesar de que conservan la consciencia, ni piensan ni hacen proyecciones hacia el futuro.

Sin embargo y aunque parezca extraño, a pesar del vacío mental que sufren son capaces de soñar, si bien se trata de sueños breves, simples y aparentemente carentes de emoción. Según los franceses que caracterizaron la enfermedad, esto es posible porque los sueños básicos se generan por estimulación del tronco encefálico. Sin embargo para tener sueños complejos en los que pasen cosas, haya interacción social e intervengan las emociones, es necesario la participación de áreas corticales de orden superior, como los ganglios basales.

¿Entonces estos pacientes están condenados de por vida a ser un lienzo en blanco a la espera de un estímulo exterior? Por fortuna la respuesta es ”no”. Los investigadores en la materia hace tiempo que descubrieron que los agonistas de la dopamina (fármacos que imitan la acción del neurotransmisor “dopamina”) pueden tratar con éxito este síndrome en la mayoría de las ocasiones. Gracias a estas medicinas, los afectados por AAD pueden abandonar su forzada “nothing box” y vencer a su apatía paralizante.

No se vosotros, pero a mí no se me ocurre nada más espantoso que esta enfermedad, salvo tal vez un aparente estado vegetativo que permita al quien lo sufre entender lo que sucede en su entorno, sin que nadie perciba su consciencia oculta. Algo así puede parecer imposible, pero sabemos que le sucedió a Rom Houben, aunque esa es otra historia.

Me enteré leyendo RealClearScience.

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