El debate del "buen morir": ¿por qué nos cuesta entender la muerte asistida?

Son menos de diez los países alrededor del mundo que contemplan la muerte médicamente asistida para personas que quieran poner fin a su vida debido a alguna condición de salud. Sin embargo, la eutanasia ha estado presente a lo largo de toda nuestra historia, aunque ahora se busque debatirla de forma abierta en una sociedad donde la muerte es sinónimo de derrota.

En griego, "eu" significa bueno y "thanatos" se traduce como muerte. Así, el mismo origen etimológico de la palabra revela lo que hay detrás de la eutanasia: el buen morir. Hace años que el debate alrededor de la muerte asistida cobra fuerza, especialmente en una sociedad donde la vejez cada vez se alarga más, tanto para los defensores de la llamada muerte digna como para sus detractores.

Cuando hablamos de la muerte digna, "hablamos del derecho a decidir cómo queremos que sea el final de nuestras vidas". Así habla Camila Jaramillo, abogada de DescLAB en Colombia.

Algo que puede sonar sencillo tiene, en realidad, muchas aristas: incluye el acceso a los cuidados paliativos durante el último tiempo de enfermedad, la autonomía para rechazar algunos tratamientos que podrían alargar la vida y la muerte asistida médicamente.

Debajo del paraguas de la muerte asistida, hay dos posibilidades: el suicidio asistido y la eutanasia. La única diferencia entre ambos es que, en la eutanasia, es el médico quien administra un medicamento letal para poner fin a la vida de una persona que lo ha solicitado voluntariamente. En el suicidio asistido, el médico acompaña el proceso, pero es la propia persona quien da el último paso para administrarse el medicamento.

Jaramillo puntualiza en entrevista a France 24 que el adjetivo "digno" frente a las decisiones de la muerte es profundamente subjetivo. "Lo que es digno está atravesado por muchos factores, nuestras creencias, la enfermedad que tenemos, nuestra situación", explica la abogada.

Por su parte, la doctora Graciela Jacob, médica de Medicina Paliativa e integrante de la Red de Cuidados, Derechos y Decisiones en el Final de la Vida de Argentina, agrega algo para pensar: "Nadie puede morir dignamente si no ha tenido una vida digna, una trayectoria digna de su enfermedad, con cuidado y respaldo".

La historia de la "buena muerte"

La tecnificación de la medicina ha arrojado una nueva luz sobre el debate, casi filosófico, de quién puede morir, cómo y por qué motivos. Sin embargo, existen antecedentes de la práctica de la eutanasia en la historia: en la isla italiana de Cerdeña, por ejemplo, está extendido el mito de "s'agabbadóra", "La acabadora", una mujer que acudía a las casas de los pueblos rurales para dar el empujón final hacia la muerte a las personas enfermas que sufrían y que así lo deseaban.

En Argentina, la doctora Jacob rememora un ejemplo parecido. "Existía ancestralmente un personaje que se llamaba el "Despenador", un lindo nombre. El despenador en las provincias del norte era alguien a quien se podía llamar cuando una persona estaba enferma, sufriente y no se terminaba de morir".

"El despenador venía a la casa del sufriente, hacia un movimiento muy preciso y lo desnucaba. Era alguien que era entrenado desde niñto para poder despenar, sacarle las penas a alguien", prosigue Jacob.

Pero más allá de las figuras en culturas ancestrales, la doctora asegura que "siempre ha habido eutanasias" o muertes asistidas médicamente, aunque se practicaran lejos del ojo público. Sin ir más lejos, el abuelo de la recién difunta Isabel II, Jorge V, recibió la eutanasia a manos de su médico de cabecera en 1936 después de una larga enfermedad que lo tenía postrado y en coma.

¿Qué debates existen alrededor de la muerte digna?

"Las sociedades occidentales escamotean bastante el tema de la muerte. No les gusta hablar del deterioro, ni la fragilidad", lamenta Jacob. Así, el tránsito hacia el fin de la vida queda invisibilizado y olvidado, y este olvido es la primera piedra de la oposición que existe en muchos sectores hacia la regularización de la muerte digna.

Por supuesto, la religión también juega un papel: el cristianismo considera que solo Dios puede dar y quitar la vida a su debido tiempo y cualquier intervención humana al respecto es impensable, de una forma parecida al argumento que rodea el derecho al aborto. El peso de estas creencias es especialmente importante en sociedades estructuralmente religiosas, como muchas de América Latina.

Pero más allá de eso, hay otras creencias que no son estrictamente religiosas que vertebran nuestra forma de pensar sobre la salud y la medicina. Por ejemplo, desde la bioética se argumenta que abrir las puertas a la muerte asistida podría implicar que las personas que más sufren las desigualdades sociales (de clase, de género, de raza) buscarían quitarse la vida con más frecuencia que aquellas que tienen más fácil su existencia.

Sin embargo, Camila Jaramillo habla desde la experiencia real de Colombia, el único país de la región donde la eutanasia es legal, para contrarrestar ese argumento. "Las personas que tienen acceso a la eutanasia son las personas que acceden al mejor sistema de salud, que viven en las principales ciudades, que han sido diagnosticadas y que han recibido un tratamiento", explica.

También influye cómo la medicina se ha enfocado siempre en salvar vidas: "Si el médico solo entiende la muerte como un fracaso, hace todo lo posible para no dejar morir a la persona", recuerda Jaramillo. Jacob lo confirma: "Todos nos formamos con el desiderato de no hacer daño, con el desiderato de salvar la vida a casi toda costa".

Además, Jaramillo señala la cultura "jerárquica" que existe en la medicina, "donde el médico es el que sabe lo que le conviene al paciente y el paciente solo obedece". En ese sentido, aceptar las decisiones de los pacientes sobre sus tratamientos e incluso sobre su propia muerte es un reto para la sociedad que nos rodea, donde no siempre se comprende que debatir sobre cómo morimos es también un debate sobre cómo queremos vivir.

"Como decía mi madre, que tuvo la dicha de morirse a los 101 años, la situación ideal es morirse vivo", concluye Jacob.