¿De quién es la Luna y qué se puede (o no se puede) hacer en ella?

Armstrong y Aldrin colocando la bandera estadounidense en la superficie de la Luna durante la misión Apolo 11 | imagen NASA
Armstrong y Aldrin colocando la bandera estadounidense en la superficie de la Luna durante la misión Apolo 11 | imagen NASA

Plantar una bandera en tierra firme ha sido históricamente un símbolo de conquista y propiedad. Los antiguos descubridores, ya fueran españoles, holandeses, franceses o británicos, desembarcaban en alguna región ignota y desplegaban sus emblemas como símbolo de soberanía sobre las nuevas tierras. En estos días de celebración del 50 aniversario de la llegada del hombre a la Luna, una de las cuestiones que más se han repetido sobre las misiones Apolo, ha girado entorno a la bandera desplegada por los astronautas en la superficie de nuestro satélite.

No obstante esta es una cuestión fácil de resolver. Ni el gobierno de Estados Unidos, ni la NASA ni, por supuesto, los astronautas que llevaron a cabo el acto de la bandera pretendían, en ningún caso, que la Luna se incorporara al dominio de su país. Izar la bandera fue un acto simbólico de culminación de un esfuerzo y un buen truco publicitario ante los cientos de millones de personas que asistían en directo a la retransmisión por televisión, por no mencionar que también sirvió de guiño indirecto a sus más directos competidores en la carrera espacial.

El acto de clavar una bandera como sinónimo de soberanía y dominio cayó en desuso a finales del siglo XIX y durante los siguientes años se ha convertido en un símbolo de culminación a un esfuerzo realizado… así lo hicieron muchos exploradores árticos del siglo XX en las regiones polares o los numerosos alpinistas que plantaron su respectiva bandera nacional al coronar una cumbre importante.

De todas maneras, incluso si la intención de NASA hubiera sido apropiarse de la Luna, tampoco hubieran podido… Los tratados internacionales referentes al espacio prohíben expresamente el dominio y propiedad de la Luna, así como del resto de cuerpos celestes. En la actualidad están vigentes cinco leyes fundamentales que rigen el espacio: el Tratado sobre la exploración (1966), el Acuerdo sobre salvamento de astronautas (1967), el Convenio sobre Responsabilidad (1971), Registro de objetos en el espacio (1974) y el Acuerdo de la Luna y otros cuerpos celestes (1979).

De esta legislación se extrae claramente que el espacio es de todos y nadie puede apropiárselo… sin embargo y aquí viene la parte más interesante, el gran avance de las tecnologías espaciales han dejado numerosas lagunas que aún no se han legislado adecuadamente. La Luna es de todos, pero… ¿quién puede usar sus recursos?, ¿se puede extraer agua, minerales o combustibles de ella?, ¿se puede construir en su superficie?

Recreación artística de una base lunar | imagen NASA/JPL
Recreación artística de una base lunar | imagen NASA/JPL

Estos huecos legislativos propiciaron una interesante actuación en 2015, por parte del Presidente Obama que aprobó la conocida como Asteroid Act, brindando así la oportunidad a empresas estadounidenses que quieran obtener recursos de asteroides. Esta ley aprovecha muy bien las lagunas existentes y crea un atajo curioso: si se respetan los acuerdos internacionales, el fin pacífico de la actuación y el principio de no apropiación del cuerpo en cuestión, cualquier empresa podría extraer y comercializar los recursos de un asteroide, la Luna o incluso en un futuro, de Marte.

Ningún país puede apropiarse de un cuerpo celeste, ya sea cometa, asteroide o planeta, pero gracias a las lagunas de una legislación antigua y poco actualizada, muchos países por su cuenta han empezado a entender que es válido extraer recursos y utilizar económicamente ese cuerpo celeste.

Del mismo modo, cualquier país puede construir una base en la Luna, en Marte o en cualquier otro cuerpo al que consigan llegar. Siempre que esa construcción no tenga fines bélicos ni represente ningún tipo de reclamación territorial, se podría realizar de manera similar a lo que ocurre con las bases internacionales en la Antártida. Desde allí se podría realizar cualquier tipo de actividad científica, de abastecimiento, incluso de repostaje de combustible como plataforma hacia otros destinos en el Sistema Solar… las posibilidades son inmensas.