De Iósif Stalin a Fidel Castro: la desigual muerte de los dictadores

El fallecimiento de un dictador raras veces trastoca de inmediato la historia de un país. Un estudio publicado por la revista Foreign Policy en 2015 demostró que en las últimas seis décadas el deceso de un gobernante autoritario en funciones casi nunca dio paso a la democracia o provocó el derrumbe de sus regímenes. Ni siquiera la muerte violenta, a causa de revoluciones o golpes de Estado, garantiza una transición rápida a un orden político menos represivo. Las tiranías calan en las sociedades donde hunden sus raíces como un cáncer. El exorcismo es lento.

La lista que presentamos a continuación no pretende ser exhaustiva. Por desgracia el autoritarismo ha plagado a la humanidad durante milenios y nada hace creer que esa tendencia desaparecerá en un futuro cercano.

(REUTERS/Maxim Zmeyev)

Iósif Stalin (1878-1953): Con la ropa de dormir empapada en su orina, derrotado en el suelo de su habitación, incapaz de articular un grito de auxilio, el hombre más poderoso de la Unión Soviética debió pensar, en la mañana del 1 de marzo de 1953, que la muerte le había reservado no gloria, sino humillación en su día final. Injustamente.

Porque el líder comunista había entregado su vida como nadie a una causa suprema: la de alcanzar y conservar el poder. Stalin, cuyo régimen dejó un rastro de unos 20 millones de muertos –en las hambrunas, purgas y gulags—murió, cierto, en la tranquilidad de su residencia en Kuntsevo. Pero lo rodeaban los fantasmas de la traición que lo agobiaron desde la muerte de Lenin en 1924.

Y aunque la URSS sobrevivió aún casi cuatro décadas, la herencia del estalinismo carcomió al país de los soviets hasta su derrumbe. El dictamen médico señaló una hemorragia cerebral, provocada por hipertensión arterial, agravada por un importante sangramiento en el estómago. Falleció, con la ira y el miedo apagando su mirada, el 2 de marzo.

(AFP)

Francisco Franco (1892-1975): El 30 de diciembre de 1969, en su tradicional discurso de fin de año, el Generalísimo aseguró que “todo ha quedado atado, y bien atado”. Se refería a la continuidad de su régimen –el Movimiento—gracias a la designación del Rey Juan Carlos de Borbón como futuro Jefe de Estado. Franco pensaba en la estabilidad política y económica, pero también en la perpetuidad de un orden autoritario que había regido la vida de los españoles desde 1939.

El precio: alrededor de 50.000 ejecutados por razones políticas, decenas de miles en el exilio y la represión de toda disidencia.El cable de Europa Press que dio a conocer al mundo el deceso repetía: “Franco ha muerto, Franco ha muerto, Franco ha muerto”, como para despejar las dudas sobre el fin de la agonía. La salud del caudillo se había deteriorado notablemente desde el verano de 1974.

El Parkinson y una serie de operaciones fallidas agotaron sus últimas fuerzas hasta el desenlace el 20 de noviembre de 1975. Aunque España no ha completado el exorcismo franquista, la sociedad de ese país europeo dista años luz de la rigidez ideológica impuesta por Franco. La transición democrática condujo a los españoles a un destino que el Generalísimo seguramente no avizoró.

(AFP Photo/Nicolas Asfouri)

Mao Zedong (1893-1976): Las políticas de ningún otro autócrata causaron la muerte a tantas personas como las grandes campañas de Mao. Los estimados varían de 40 a 60 millones, una cifra en el mismo rango que las víctimas de la Segunda Guerra Mundial.

El Gran Timonel ejerció el poder absoluto hasta su deceso, como un emperador comunista. No obstante, ese dominio total sobre la vida de cientos de millones de chinos no le sirvió para escapar de la serie de infartos cardíacos que lo extinguieron en 1976. En la madrugada del 9 de septiembre falleció en Beijing, sin embargo la noticia no se hizo oficial hasta la tarde de ese día.

Cierto, el retrato de Mao aún vigila la Plaza Tiananmén. Pero sus herederos políticos mantuvieron el control político sobre el país, al tiempo que ejecutaron reformas económicas capitalistas, impensables en la época del Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural.

(AFP)

Augusto Pinochet (1915-2006): El hombre que entró a la Moneda a tiros y bombas en 1973, salió de la sede del gobierno chileno tranquilamente en 1990, después de su derrota en un plebiscito que pensaba ganar.

Y la democracia retomó su camino interrumpido en Chile, a la sombra de Pinochet, que siguió al mando del ejército hasta 1998, y luego como senador vitalicio. Los cargos en su contra por violación de los derechos humanos y corrupción se estrellaron en laberintos legales. El episodio más dramático, su detención en Londres durante casi dos años, resultó vano.

El 10 de diciembre de 2006 falleció por complicaciones cardíacas en el Hospital Militar de Santiago, rodeado por su familia, como cualquier abuelo venerable. Una muerte vedada a los más de 3.000 muertos y desaparecidos por los esbirros del régimen militar.

(Alexander Hassenstein/Getty Images)

Kim Il-sung (1912-1994): El fundador de la República Popular y Democrática de Corea (sí, democrática) aún es el mandatario de ese país, o al menos eso asegura la Constitución (sí, también existe una Constitución), que lo declaró en 1998 el “eterno Presidente de la República”.

Kim inició una dinastía que continuaron su hijo Kim Jong-il y su nieto Kim Jong-un. La familia ha mantenido a Corea del Norte como una de las naciones más herméticas del planeta, con una población que soporta mayoritariamente la miseria, mientras las fuerzas armadas derrochan recursos en maniobras para una guerra que jamás ocurrirá.

Kim también falleció en paz, de un ataque al corazón, el 8 de julio de 1994. Las espectaculares escenas de duelo de sus compatriotas merecen un capítulo especial en libro de los absurdos que es la historia de la Corea comunista.

(AFP)

Alfredo Stroessner (1912-2006): Cuando Stroessner fue derrocado en 1989, clasificaba como el sátrapa latinoamericano que había gobernado durante más tiempo en el siglo XX. El récord lo igualaría Fidel Castro en 1994, un año pésimo para ese tipo de marcas.

El general gobernó con mano dura contra la oposición, asesinado a unos y encarcelando a otros. También sirvió a la alianza anticomunista forjada por Estados Unidos durante la Guerra Fría: la Operación Cóndor.

Un golpe militar, encabezado por la cúpula castrense, lo envió al exilio del cual nunca regresó. Murió en Brasilia de una neumonía, padecimiento habitual entre los nonagenarios, el 15 de agosto de 2006.

(International Business Times)

Muammar Khadafi (1942-2011): Aún podemos ver la horrenda muerte del Khadafi en Youtube. Las imágenes de su captura y ajusticiamiento, grabadas con teléfonos celulares y subidas a Internet, alcanzaron pronto esa codiciada condición de nuestros días: la viralidad.

Cazado por los rebeldes, que contaban con el apoyo aéreo de la OTAN, el líder libio se refugió en su natal Sirte. Y allí, cuando su convoy intentaba escapar, una turba sedienta de venganza lo capturó y condenó en el acto. Con indiscutible brutalidad, espejo de la ejercida por el régimen que había iniciado en 1969.

La muerte de Khadafi no puso fin a la guerra civil en Libia. El coronel dejó detrás un país en caos, dividido por viejas rivalidades tribales que han hundido desde entonces el país en la violencia.

(Wikimedia Commons)

Anastasio Somoza (1925-1980): Uno de los hijos del fundador de la dinastía que gobernó Nicaragua desde 1936 y el último que ejerció el gobierno, fue ultimado en Paraguay, donde Alfredo Stroessner le había ofrecido protección. La autopsia contó 25 heridas de bala en su cuerpo. El comando que lo emboscó en una calle de Asunción el 30 de septiembre de 1980, portaba varios fusiles de asalto y un lanzacohetes soviético RPG-7. Creían que el derrocado dictador viajaba en un automóvil blindado. Habían pasado un año y dos meses desde su huida a Estados Unidos ante la inminente victoria de los sandinistas.

La historia no escatima ironías. Daniel Ortega, uno de los líderes de la guerrilla que destronó a los Somoza en 1979, despliega hoy un nepotismo digno de sus antecesores. Quizás las raíces del somocismo nunca perecieron.

(Yahoo Magazines)

Saddam Hussein (1937-2006): El otrora aliado de Washington tuvo más éxito para eludir la cacería estadounidense que su propio régimen, derrumbado como una choza de naipes en pocas semanas de combates entre marzo y abril de 2003. Sus persecutores lo hallaron finalmente en diciembre de ese año en las afueras de Tikrit, su ciudad natal.

Hussein compareció ante un tribunal iraquí que lo condenó por crímenes contra la humanidad, en específico la muerte de 142 chiitas en 1982. Un número irrisorio en comparación con el total de víctimas causadas por su régimen, entre kurdos, chiitas, iraníes y en general opositores a su gobierno desde 1979. Murió ahorcado el 30 de diciembre de 2006.

(AP)

Fidel Castro (1926-2016): Los cubanos que acudieron a la Plaza de la Revolución a despedirse de Fidel Castro solo encontraron una foto y sus medallas. Su cadáver, como cada detalle de su vida íntima y su salud durante décadas, quedó tras el antojadizo velo del “secreto de Estado”. Seguramente el mismo Comandante pidió que no permitieran a su pueblo guardar esa última imagen inerte, sino una foto de sus gloriosos años de guerrillero.

Fidel murió en una lenta agonía desde aquel 31 de julio de 2006, cuando traspasó el poder a su hermano Raúl. En las esporádicas imágenes y videos de estos años observamos cómo se consumía el cuerpo. En sus “reflexiones” constatamos el deterioro de su intelecto. La noticia del 25 de noviembre apenas puso un epílogo a una novela hace tiempo concluida.

El líder de la Revolución deja como herencia una nación dividida entre fidelistas fervorosos y ardientes anticastristas. Y aunque su hermano ha ejecutado algunas reformas, el paraíso socialista prometido sigue siendo un calvario cotidiano para millones de cubanos.

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