De cómo el agua de iceberg embotellada a 150 euros el litro afectará a las leyes internacionales

Iceberges reflejándose sobre al agua. (Imagen creative commons vista en Maxpixel.net).

Hace más de 12 años escribí alarmado sobre una moda que afectaba a Estados Unidos, o mejor dicho a los ricos y pudientes habitantes de la potencia norteamericana. La moda consistía en beber agua mineral importada de un manantial en Fiji (Oceanía). El producto aún existe y por lo que veo se comercializa a 2,89 EUR la botella de medio litro (5,50 EUR con descuento si compras un litro).

Obviamente mi alarma tenía que ver con la huella de carbono provocada por dicho comercio. Hay que recordar que el impacto climático provocado por los barcos es a menudo ignorado (al contrario de lo que sucede con las actuaciones contra al tráfico rodado siempre mediáticas, véase “Madrid Central”) cuando lo cierto es que 15 de los barcos más grandes del mundo emiten tanta contaminación atmosférica como 760 millones de automóviles.

Pero volvamos con el agua embotellada como producto de lujo (aunque en realidad, tal y como conté hace 11 años, beber cualquier tipo de agua embotellada es inmoral). Cuando creía que no me podría cabrear más por la insensatez de mi especie, dejé de sentirme “alarmado” por el precio de la botella de agua del manantial de la isla de Fiji. ¿Había la humanidad entrado en razones? No, simplemente me topé con una moda mucho más exclusiva: beber agua pura de iceberg derretido a 94 euros la botella. En comparación el agua isleña de Fiji ahora me parecía una baratija.

El calentamiento global está provocando que los glaciares y las planicies heladas del Ártico y el Antártico se desgajen, sembrando el mar de pequeñas islas formadas por agua pura generada hace decenas de miles de años. Toda esa agua dulce queda a la deriva, y se va derritiendo poco a poco hasta incorporarse a la inmensa masa de agua salada… a no ser que alguien capture el iceberg y lo emplee para algo positivo, como aportar agua dulce para el consumo de los habitantes de zonas inhóspitas. Esto es lo que sucede en Qaanaaq (Groenlandia) donde la empresa energética Nukissiorfiit suministra icebergs para el consumo de agua potable de sus 700 habitantes durante el largo invierno.

Claro que no todo el mundo tiene una visión tan altruista para esos pedazos de hielo flotantes, por eso surgieron empresas como Svalbardi, que captura icebergs a la deriva cerca del archipiélago de Svalbard, en aguas del ártico noruego, para fabricar con ellos agua embotellada destinada el mercado de lujo. La idea se le ocurrió a un bróker de Wall Street llamado Jamal Qureshi, después de visitar la zona en 2013 y volver con agua derretida de un iceberg para su mujer.

Pese a que para el común de los mortales este negocio tiene poco de atractivo, lo cierto es que según puedo leer en un extenso e interesante artículo publicado por Matthew H. Birkhold para The Atlantic, cada vez hay más empresas en Canadá, Noruega y Groenlandia explotando esta materia prima tan novedosa. En realidad, todo ha surgido súbitamente y de forma inesperada, por lo que no existe una regulación ni una tasación adecuada para los icebergs, mucho menos cuando se abordan proyectos internacionales que implican arrastrarlos hasta Emiratos Árabes desde el sur del Índico (una idea anunciada en 2017 que terminó siendo suspendida).

Sea como sea, durante el último lustro una lista de especuladores de todo el mundo se han dado cuenta de este negocio emergente. Los beneficios más altos se pueden obtener embotellando agua de alta gama como bien sabe el antes mencionado Qureshi, que vende su agua Svalbardi a 150 euros el litro en un hermoso recipiente de vidrio con tapa de madera a medida. Curiosamente, esta marca no es la más cara del mercado sino “solo” la tercera, algo que según el propietario de la marca es el precio que hay que pagar por encontrar agua con pureza pre-industrial.

Puede que capturar icebergs no sea demasiado complicado con la ayuda de barcos, pero desde el punto de vista regulatorio la cosa cambia, porque a estas reservas flotantes de agua purísima, sin apenas mineralización ni contaminantes, no se les considera materia prima de modo que no se les menciona en los tratados internaciones, incluida la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del mar y el Protocolo al Tratado Antártico.

Creedme soy agente de aduanas, si buscas el código arancelario de un iceberg para mercadear internacionalmente con él, no lo encontrarás, no existe. Esto es así porque hasta ahora simplemente a nadie se le ocurrió que el producto final que se podría obtener con ellos pudiera cubrir los costos económicos de su manipulación y transporte… al fin y al cabo hablamos de agua dulce. ¿Quién iba a querer comprarla a precio de oro? Bien, los tiempos han cambiado como vemos, y apuesto a que si varios estados comienzan a comerciar con icebergs las aduanas terminarán interviniendo. Visto el interés de los países árabes del que antes os hablé, es una mera cuestión de tiempo.

El ejemplo lo tenemos una vez más con el caso del agua Svalbardi. Cuando Qureshi se dirigió al gobernador de Svalbard para hablar sobre su idea de comercializar agua del glaciar noruego, este simplemente no había ni pensando en ello. No había regulación al respecto más allá de mantener intacta la vida salvaje local, así que simplemente decidió que bastaría con que la empresa le mantuviera informado sobre sus actividades de recolección, y que seguirían así mientras la producción no se incrementase significativamente. Ni siquiera se pusieron cifras, lo enfocaron únicamente desde el punto de vista “del sentido común”.

En 2016 en la región de Newfoundland y la península de Labrador (Canadá) se intentó regular más al detalle el beneficio y la recolección de icebergs, para lo cual se quiso introducir un impuesto. Las empresas locales protestaron, y de hecho el director general de Auk Island Winery (firma que fabrica vinos especiales mezclando agua de iceberg con bayas silvestres) amenazó incluso con detener su producción. El gobernador acabó retirando la propuesta de tasa por miedo a la pérdida de empleos.

¿Hablamos entonces de un negocio que mueve grandes cantidades de hielo glaciar? No, la mayoría de las provincias canadienses han prohibido las exportaciones masivas de agua, y las dos citadas de Newfoundland y Labrador han fijado un máximo de capturas que realmente es bastante bajo. La empresa canadiense Berg Water por ejemplo, embotella apenas un millón de litros al año. Para que lo veáis en perspectiva, en España en el año 2015, la empresa líder del sector (Font Vella-Lanjarón del grupo Danone) embotelló el 21% del total de agua mineral consumida en el mercado nacional, lo cual son 210 millones de litros.

¿Entonces veremos en el futuro una flota enorme de barcos contaminantes peleándose por los icebergs? Todo dependerá de la ley sagrada de la economía: la de la oferta y la demanda. Mientras exista gente lo bastante snob como para pagar 150 EUR por un litro de agua hermosamente embotellada, seguramente veremos crecer el negocio.

A veces creo que merecemos que una catástrofe global nos barra del planeta Tierra. Mientras millones de personas en el tercer mundo no tienen acceso a fuentes de agua potable, nosotros, que recibimos a domicilio un flujo permanente de agua totalmente segura (que pagamos por cierto a precios ridículos), preferimos dedicar decenas de miles de barriles de petróleo cada año a fabricar botellas de plástico que rellenamos con agua, traída de manantiales remotos, en costosos viajes que la llevan hasta los lineales de nuestros supermercados.

No se vosotros, pero creo que el afán de distinción y de exclusividad ha terminado por volvernos estúpidos a más no poder.