Los curados arrancan sin olvidar el coronavirus

Ourense, 21 may (EFE).- Marisa tiene 72 años y una mala salud de hierro. Ingresó por coronavirus el 3 de abril y salió el 8 de mayo, tras 24 días en UCI. Hoy, canta y hace bici estática. Ángeles, de 71, se tiró 55 días hospitalizada, 41 en críticos. Teolindo, de 78, sumó 63 días en intensivos. Cardenio, el más joven, de 70, despedido con la música que adora Marisa, computó 57 días totales, 40 en UCI.

Los cuatro han ganado la batalla al patógeno y arrancan de nuevo, aunque sin olvidar la enfermedad contraída. Todos ellos superan las siete décadas, forman parte de la población de riesgo, y ya están en casa.

Marisa Giraldo, de 72 años, empezó a notar síntomas el 3 de abril, los cuales incluyeron malestar, diarrea y fiebre alta. Su recuerdo más amargo, a la par que tierno por los cuidados recibidos, es el de su internamiento: en la Unidad de Cuidados Intensivos, donde permaneció, como se sabe, sola, sin el conforto de los suyos.

Las sensaciones que retiene en su mente, cuenta a Efe, son las de cuando empezó a sentirse mal y fue a recogerla una ambulancia. A partir de ahí, tiene lagunas. Toño Conde -su pareja- se puso el traje (EPI) y la bajó a la ambulancia. La parada: el Complejo Hospitalario Universitario de Ourense (CHUO).

Se dio cuenta Marisa de que había mucha gente y lleva grabado, porque lo vio tiempo más tarde, el número de la cama que ocupó: la 19. Remarca la cifra esta recuperada, que lucha ahora por superar psicológicamente tan dura experiencia.

Pérdida de gusto y olfato, fiebre y dolores por todo el cuerpo hasta el punto de que no era capaz de moverse de la cama... Por todo eso pasó. “Estuve muy mala. Me quería levantar y no podía, tuve costras en la cara, me encontraba muy cansada”. Los profesionales se plantearon la posibilidad de hacerle una traqueotomía que finalmente no fue necesaria.

“Fue muy duro, ingresó y no supe nada de ella hasta tres días después”, resume su compañero.

Marisa adelgazó nueve kilos. Una voluntad de hierro, inquebrantable, le permitió recuperar fuerzas y llegar a planta. "Cuando supe que había tenido coronavirus empecé a relajarme y me fui recuperando, con ayuda de la medicación”, puntualiza esta mujer.

A la espera de que le realicen las pruebas, esta jubilada, aficionada al teatro, pintora y antaño cantante de coro, es un ejemplo de superación, como muchos que se están viendo. En la actualidad, combina cocina con bici estática y otros ejercicios para ponerse en forma, por "tonificar".

Por el momento, no se plantea salir a la calle, a la espera de que las pruebas confirmen que ya no tiene carga vírica. “Yo lo pasé y esto no es un broma”, zanja Marisa, que ruega a la gente que “sea consciente” y se tome en serio este problema.

Su principal dedicatoria, la de alguien que puede contarlo porque venció a la covid-19, va dirigida a los trabajadores de la sanidad pública: “Todos fueron encantadores. Nos traían la comida, nos hablaban y nos atendían con esos aparatosos trajes. Se portaron todos muy bien”, relata.

Su principal ilusión en el presente es recuperarse para poder “abrazar a toda la familia y hacer una comida todos juntos”. Hasta ahora, como es preceptivo, únicamente ha podido comunicarse con ellos por videoconferencia o desde el balcón.

Marisa y Toño sueñan entre cuatro paredes con retornar a la existencia que tenían antes de la crisis sanitaria y con volver a abrazarse. Ambos duermen en habitaciones separadas, no comparten baño y tratan de no coincidir mucho, pues están siempre guardando las distancias de seguridad.

El otro anhelo -que reservan para más adelante- es poder coger la autocaravana e ir a París, localidad donde vivió Marisa muchos años. "Se trata de poder disfrutar después de estar entre la vida y la muerte. Quiero vivir la vida, cuando podamos vamos a ir y disfrutar”, concluye esta curada.

Lo de hogar con ruedas no es tan común, pero sí las ganas de estar en familia. Teolindo Fernández, de 78 años, es el paciente cero del Hospital Público de Lugo (HULA), el que primero llegó y el último en irse. Casado en Suiza, padre y doblemente abuelo, ha pensado en todos ellos. Emigró a ese país y desde allí voló para ir a su pueblo natal, Becerreá. De morirse, quería quedar en su tierra. Lo único que tenía claro entre tantas noches complicadas.

Ángeles Puga, de 71, es una hormiguita que ha ido a los pocos y hace la misma petición que Marisa (como ella estuvo en el CHUO): alinearse con las recomendaciones de distanciamiento social porque no es algo baladí.

A Cardenio, de 70, la primera persona que ingresó en el hospital Vithas Fátima de Vigo, los acordes le emocionan tanto como a Marisa. En su salida hubo una gran ovación, una tarjeta grande de felicitación firmada por todo el personal que lo atendió y, cómo no, un alalá, género musical folclórico que le puso el vello como escarpias.

Escuchó la interpretación de un tema hecho para él y, como obsequio, se llevó la letra impresa. "Fantásticos", así definió al equipo, al salir, restablecido, por aquella puerta.

Lorena Rodríguez de la Torre

(c) Agencia EFE