El cura enamorado que cometió un asesinato en el Madrid de 1776 tras ser increpado por un vecino

Alfred López
·4 min de lectura

Dos travesías por encima de la céntrica Gran Vía de Madrid nos encontramos con la calle de Antonio Grilo, la cual tiene en su historia un gran número de muertes, crímenes y truculentos hechos ocurridos a lo largo de los últimos tres siglos (con motivos y víctimas muy distintas).

Plano de la Villa y Corte de Madrid del siglo XVIII (imagen vía Wikimedia commons)
Plano de la Villa y Corte de Madrid del siglo XVIII (imagen vía Wikimedia commons)

Uno de esos relatos es el que popularmente ha pasado a ser conocido como ‘El crimen de la calle de las Beatas’. El de las Beatas fue el nombre que recibió dicha travesía durante los siglos XVIII y XIX debido a que allí se encontraba el beaterio de Santa Catalina de Sena, un convento cuyas religiosas se hicieron sumamente populares por aquella época y que valió para que se les dedicara la denominación de dicha travesía.

Pero el crimen de la calle de las Beatas nada tuvo que ver con el convento ni las religiosas que en él había, aunque sí con otro miembro de la institución eclesiástica, un cura que daba misa en la iglesia de San Martín y cuyo nombre no trascendió.

Algunos cronistas de la historia de Madrid señalan que el relato se trata de una leyenda apócrifa, que es explicada como cierta y que realmente tal crimen no se cometió. A pesar de ello, numerosísimas son las referencias que aparecen sobre el caso, aunque la mayoría no son más que simples ‘copia y pega’ que se van publicando en diferentes blogs, webs y redes sociales.

Retomando el hilo del relato sobre el crimen de la calle de las Beatas, resulta que el referido sacerdote acudía a la mencionada calle para llevar sus sotanas a ser cosidas por una joven viuda llamada Manuela y que trabajaba como modista en un pequeño taller que tenía en su propio domicilio.

Parece ser que el religioso acabó enamorándose perdidamente de aquella mujer, hasta tal punto que eran continuas las visitas que éste le hacía, levantando las sospechas de los vecinos de la modista. Diego, un hortelano que vivía por la zona, llegó a llamar la atención del cura, advirtiéndole que su conducta no era la esperada para un sacerdote y que de seguir cortejando a la joven viuda lo pondría en conocimiento del obispado.

Este aviso no le sentó demasiado bien al sacerdote y una calurosa noche (de 1776) fue al encuentro de Diego y le asestó una puñalada en medio de la calle de las Beatas, dejándolo herido de muerte en el suelo.

Poco antes de la medianoche un matrimonio vecino que había salido a tomar el fresco encontraron en medio de la calzada el cuerpo sin vida de Diego, avisando a los aguaciles, quienes vieron que del cadáver salía un rastro de sangre, el cual decidieron seguir y los condujo hasta la cercana parroquia de San Sebastián.

Cabe destacar que durante largo tiempo de la historia, las iglesias y edificios religiosos han sido utilizados por malhechores como un lugar donde esconderse cuando se les buscaba por haber cometido algún crimen. Las autoridades que siguieron el rastro de sangre estaban convencidos que quien allí se escondía sería algún ratero que habría asestado una puñalada mortal al campesino tras haberle robado en la calle de las Beatas.

Pero para sorpresa de los aguaciles, quien se escondía en el santo lugar era en realidad un sacerdote que, tras ser arrestado fue conducido hasta el presidio de la Corte y Villa, donde confesaría su deleznable crimen, tras haber sido increpado por el difunto vecino.

Curiosamente, según cuentan los cronistas, este caso fue juzgado por un tribunal ordinario, en lugar de hacerlo uno eclesiástico (como era la norma en aquella época cuando algún religioso cometía algún delito). Muchos eran los casos en los que se apartaba al sacerdote durante un tiempo e incluso se le trasladaba a la parroquia de otra población y raro era el caso en el que se le juzgase y condenase.

Pero parece ser que el caso del cura asesino de la calle de las Beatas fue distinto, siendo juzgado y condenado por el tribunal a la pena de muerte. Eso sí, los relatos explican que a pesar de la sentencia recibida, el mencionado sacerdote recibió finalmente la gracia del rey Carlos III, quien le concedió el perdón real (o dicho de otro modo, el indulto).

Nada más se sabe de esta historia, que es explicada por guías a los turistas que visitan el centro de Madrid cuando pasean por la calle de Antonio Grilo. El hecho de que haya tantas lagunas en el relato (la falta del nombre del cura asesino, más datos sobre la víctima o la joven viuda a la que pretendía el religioso, y la posterior vida de éste) hacen que un gran número de historiadores la tachen como una simple leyenda apócrifa, surgida del folclore popular madrileño.

Fuente de la imagen: Wikimedia commons

Más historias que te pueden interesar: