Cuidado con la noticia sobre la ivermectina como medicamento que acaba con el coronavirus en 48 horas

José de Toledo
·3 min de lectura
Pastillas de ivermectina
Pastillas de ivermectina

Un medicamento que ya existe ha demostrado que acaba con el virus causante del COVID-19, la pandemia mundial, en 48 horas. Parece una noticia extremadamente buena, demasiado para ser real… y es así, porque tiene “truco”: lo han demostrado en cultivos celulares. Es un avance, pero no se trata de la solución inmediata que todos esperamos.

La noticia ha saltado como un resorte en varios medios de comunicación, generando esperanza inmediata en parte de la opinión pública que lo ha leído: un grupo de científicos de la Universidad de Moash, en Melbourne, Australia, usan la ivermectina, antiparásito para animales domésticos que llegó a usarse contra enfermedades como el VIH, dengue o la sarna, en un laboratorio, y aseguran que en dos días han conseguido eliminar parte del arn viral en 24 horas y la totalidad en 48.

El problema, como viene siendo habitual, es que estamos viendo cómo funciona la ciencia en riguroso directo, y el titular que se ha dado no es riguroso ni cierto: la ciencia tiene sus particularidades, y la investigación biomédica especialmente. Porque una célula no es, ni mucho menos, un ser humano, y una investigación focalizada en un laboratorio puede ser un avance, pero dista mucho de ser aplicado aún en la vida real.

Ojalá. Ojalá los seres humanos fuésemos un conjunto de células sin más, que todo lo que funciona en cultivos celulares fuese directamente exportable al ser humano como organismo. Por desgracia – en realidad, es la belleza de la biología – las cosas no son tan sencillas.

Las células forman parte de tejidos. Y los tejidos, al analizarlos y estudiarlos, no se comportan únicamente como conjuntos de células. Hay comportamientos, capacidades, particularidades, que no aparecen hasta el nivel de tejido. Y los tejidos a su vez forman órganos, esto órganos aparatos y sistemas, y todos ellos la fisiología humana.

A esto se le llaman propiedades emergentes. En cada nivel de organización – célula, tejido, órgano, sistema o aparato, organismo – surgen, emergen, características que antes no existían. Y no sólo eso: es que estas características no se podían deducir a partir de las propiedades de sus componentes.

Pasa en todos los campos de la ciencia – y por eso la química no es un caso extraño de física, ni la biología de química, ni la ecología de biología. Las interacciones entre componentes dan lugar a situaciones imposibles de entender si no se estudia el nivel de organización apropiado.

¿A qué viene todo este rollo? Para el desarrollo de cualquier fármaco – y de cualquier investigación en biomedicina, incluso podemos pensar en pasos anteriores – se empieza por el nivel celular. Lo primero que se hace es lo que se ha publicado: se estudia qué pasa en líneas celulares.

Y de ahí se salta o bien a modelos animales – ratas o ratones, lo más común – o, si éstos se pueden evitar, directamente a ensayos en humanos. Y de primeras ni siquiera se busca la eficacia del fármaco – normalmente, claro – si no la toxicidad, después seguridad… Porque lo que pasa en células está muy bien, pero el medicamento se lo toma – o se le administra – a un ser humano completo, con sus interacciones y sus propiedades emergentes.

Que un antiviral haya dado buenos resultados – muy buenos, de hecho: libra del virus en 48 horas – es una noticia esperanzadora. Pero tal vez no llegue a nada más. Existe la posibilidad de que sí que funcione, pero también hay que saber que lo que pasa en células y lo que le sucede al cuerpo completo son historias muy distintas. Y para vislumbrar un alcance real del descubrimiento y de su camino hará falta aún mucho tiempo.

Habrá que esperar. Aunque desearíamos tener ya una solución, habrá que esperar.

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