Cuando Napoleón Bonaparte traicionó al papa Pio VII y ordenó apresarlo

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El domingo 2 de diciembre de 1804 tuvo lugar en la catedral de Notre-Dame de París la solemne de coronación de Napoleón Bonaparte como ‘Emperador de los franceses’. Un acto que contó con la aprobación de los ciudadanos, quienes habían aprobado mayoritariamente con el 99,9 por ciento de los votos, en el referéndum celebrado cuatro semanas antes (el 6 de noviembre), el nuevo modelo de Estado que convertía el país en una nación y Bonaparte pasaba de ser ‘Primer cónsul’ de la república a todopoderoso emperador del nuevo Imperio francés.

Napoleón Bonaparte traicionó al papa Pio VII y ordenó apresarlo (imagen vía Wikimedia commons)
Napoleón Bonaparte traicionó al papa Pio VII y ordenó apresarlo (imagen vía Wikimedia commons)

Para tal coronación se contó con la presencia del papa Pio VII, con quien Napoleón había firmado un Concordato en 1801 que fijaba el poder de la Iglesia católica en lo que iba a ser el Imperio francés, siendo esta religión la predominante entre los franceses (aunque no la oficial, debido a que se declaraba la libertad de culto). La firma de dicho concordato también normalizaba (en apariencia) las relaciones entre Francia y los Estados Pontificios, que se habían deteriorado con el pontífice antecesor (Pio VI).

Pero la presencia de Pio VII en la coronación de Napoleón fue prácticamente testimonial, no siendo el Sumo Pontífice quien coronase al nuevo emperador de los franceses (fue el propio Bonaparte quien se autocoronó) reservando tan solo al papa la función de darle simplemente la bendición.

El pontífice, conocedor de que aquello era un desaire y afrenta de Napoleón hacia la Iglesia que representaba, tuvo que resignarse con aquel insignificante papel dentro de la coronación, debido a que la presencia en París del papa no era realmente para asistir a dicho acto, sino que tenía la intención de tener la oportunidad de poder volver a reunirse con Bonaparte y aclarar una serie de puntos del Concordato de 1801 que habían sido incumplidos por parte del nuevo Emperador de Francia.

Y es que en abril de 1802 el Primer cónsul francés había aprobado (unilateralmente) 77 nuevos artículos orgánicos por los cuales limitaba al máximo el poder de la Santa Sede y los Estados Pontificios (representados por Pio VII), sometiéndolos al dominio del Imperio francés.

Pero aquel encuentro privado deseado por el pontífice no se produciría y vería cómo su testimonial papel en la coronación no era más que el inicio de la representación que le tocaría tener a partir de aquel momento mientras Napoleón se mantuviera en el cargo.

Se inició así un periodo de desavenencias entre el Vaticano y el Imperio francés, en el que ambas instituciones pretendía demostrar la fuerza y poder que podía ejercer. El papa Pio VII ganó un primer pulso en 1805, cuando se le solicitó desde Francia la anulación del matrimonio del hermano menor de Napoleón (Jerónimo Bonaparte) y el pontífice se negó a tal concesión. Aquella fue una espina clavada para Bonaparte quien veía inaceptable la insumisión papal a sus deseos.

Otro hecho que Napoleón tomó como una afrenta fue la negativa, por parte del papa, en dar apoyo desde los Estados Pontificios a la empresa bélica y bloqueo continental liderado por el Imperio francés contra Gran Bretaña. Esta parece ser que fue una de las gotas que colmó el vaso de la paciencia de Bonaparte, empezando una serie de hostilidades contra el pontífice, dando orden para ocupar militarmente Roma (que se produjo el 2 de febrero de 1808) y permiso para expoliar el patrimonio pontificio.

Pio VII se trasladó con su séquito hasta el Palacio de Quirinal, donde se atrincheró y convirtió en su nueva residencia y desde donde emitió, el 10 de junio de 1809, la bula papal conocida como ‘Quum Memoranda’ y por la cual excomulgaba de la Iglesia católica a los usurpadores y ladrones del patrimonio de Pedro (sin nombrarlo, también quedaba excomulgado a Bonaparte).

El enfado de Napoleón no se haría esperar demasiado tiempo y tres semanas después daría la orden para que, la noche del 5 de julio, un millar de soldados franceses asaltarían el Palacio de Quirinal y tomarían como prisionero a Pio VII.

Bonaparte mantendría encerrado al pontífice durante cinco años (tres en Savona y dos en Fontainebleau) y durante todo ese tiempo el papa se niega una y otra vez a acceder a las peticiones (órdenes) de emperador francés.

El deseo de Napoleón (entre otras muchas cosas) era que Pio VII nombrara nuevos cardenales franceses y que esta nación tuviese la representación mayoritaria dentro del organigrama pontificio y, de ese modo, volver a convertir Aviñón en la Santa Sede (tal y como lo fue durante el conocido como ‘Cisma de Occidente’ cuatro siglos antes).

Pero Pio VII se mantuvo firme y no accedía a las diferentes demandas de Napoleón. Incluso, el pontífice llegó a ordenar destruir el ‘anillo de San Pedro’, con el fin de que si le era arrebatado, ningún usurpador de su cargo pudiese usarlo.

En 1814, cuando Napoleón atravesaba una de sus peores crisis como gobernante, Pio VII fue liberado por los austriacos y el 23 de mayo (poco más de un mes después de la abdicación de Bonaparte) el papa regresaba a Roma, de modo triunfante, sin haber dado su brazo a torcer.

Fuente de la imagen: Wikimedia commons

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