Cuando los “aliens” atacan la Antártida

Jesamine Bartlett recolectando muestras en la Isla de Signy. Credit: Jesamine Bartlett, University of Birmingham and British Antarctic Survey

Una sola especie puede desestabilizar un ecosistema entero. Si la especie que llega tiene ciertas características, y el ecosistema es frágil, la introducción de una especie puede suponer un cambio completo en la manera de funcionar el ecosistema y llevarlo al colapso.

Esto es lo que está ocurriendo en muchos ecosistemas terrestres de la Antártida. Y la especie culpable Eretmoptera murphyi, un pequeño mosquito no picador – ha llegado hasta un lugar tan remoto transportada por el hombre, lo que se conoce como una especie “alien”.

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Aquí hay que pararse un momento, y meterse con la terminología sobre especies introducidas que siempre es compleja. Una especie introducida es fácil de definir: aquel organismo que ha llegado transportada por el hombre a un lugar donde no podría haber terminado por sí misma. Pero las especies introducidas no tienen por qué generar problemas.

Las que los generan son de dos tipos – y aquí es donde la terminología se vuelve más difusa y no todos los autores la utilizan de la misma manera. Si afectan negativamente a especies locales, bien por competencia o por depredación, se las considera invasoras. Si afectan negativamente a los ecosistemas, pero no a las especies locales, son “aliens”.

Y el mosquito que ha llegado a la Antártida sería una especie “alien”. Porque no afecta a ninguna especie asentada de manera natural en los ecosistemas polares. A los ecosistemas sí, y de una manera curiosa: ayuda a fertilizar los suelos.

Actúa del mismo modo en que lo hacen las lombrices de tierra en muchos lugares del planeta. Por su forma de vida, recicla la materia orgánica y ayuda a fertilizar los suelos. El problema es que lo hace en un lugar donde nunca han existido lombrices de tierra ni organismos descomponedores de la materia orgánica.

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¿Hasta qué punto llega su contribución? Pues según los datos que aportan los investigadores, llegan a movilizar nitrógeno hasta que alcanza concentraciones cuatro o cinco veces superiores a las habituales. Y dado que el nitrógeno es el principal factor limitante en estos ecosistemas, su acción como fertilizante es enorme.

La situación no es buena. Como siempre pasa, la llegada de una especie introducida supone un antes y un después, y su erradicación no es sencilla – incluso en muchos casos, inviable. Pero en este caso es incluso, desde cierto punto de vista, aún peor: llegó por culpa de la Ciencia.

Durante la década de 1960 se realizaron distintos estudios sobre productividad en la Antártida. Y para ello se transplantaron especies de islas cercanas. El problema es que en el sustrato que llevaban las plantas estaban presentes estos insectos, que al no tener ni competencia ni depredadores en la Antártida, han ido aumentando sus poblaciones hasta suponer el problema que ahora se pone de relieve.

Veremos hacia dónde se dirige esta historia, y las consecuencias que pueda tener para la Antártida.