Cuando la esposa de un ministro asesinó al periodista que había acusado a su marido de corrupto

Cada vez que se publica una nueva encuesta por parte del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) la corrupción aparece como una de las principales y más destacadas preocupaciones entre los ciudadanos a los que se les ha preguntado.

Y es que en los últimos años hemos vivido un considerable aumento en los casos de políticos que han sido acusados de haber cometido algún delito de cohecho, haber utilizado su influencia y cargo para favorecer a grandes empresas o haberse embolsado grandes cantidades de dinero público (esto sin mencionar la financiación ilegal de algunos partidos y los conocidos como ‘sobrecogedores’).

Diariamente la prensa lleva en sus portadas algunos de estos asuntos, destapa uno nuevo o informa sobre algún proceso judicial (de los muchos que están en marcha actualmente).

Pero esto no es algo nuevo que ha surgido en los últimos años, simplemente los ciudadanos tenemos un acceso más directo a la información y nos es tan fácil ‘esconderla’. La corrupción existe desde hace un buen puñado de siglos y siempre que ha habido poder y dinero de por medio alguien se ha beneficiado de alguna corruptela.

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En el post de hoy quiero explicaros un curioso caso que sucedió el 16 de marzo de 1914 y en el que el director del prestigioso periódico ‘Le Figaro’, Gaston Calmette, murió asesinado en su despacho a manos de Henriette Caillaux, la esposa del Ministro de Hacienda de la Tercera República Francesa Joseph Caillaux (un par de años antes había llegado a ser Primer Ministro).

¿El motivo de tal crimen?… el asedio al que estaba sometiendo Calmette al ministro a través del diario, desde donde lo acusaba de corrupto y amenazaba con publicar unas comprometedoras cartas en las que quedaba al descubierto una trama de corrupción que implicaba de lleno al señor Caillaux (hay quien indica que dichas cartas en poder del periodista eran de carácter personal y no político).

Era tal el grado de crispación política que llegó a generarse alrededor del ministro que su esposa, en un arrebato por solucionar el calvario por el que les estaba haciendo pasar el señor Calmette, decidió ir a solucionarlo por su propia cuenta.

En la media tarde de aquel 16 de marzo Henriette Caillaux se prensentó en la redacción de Le Figaro, preguntó por el director y entregó su tarjeta personal a la espera de ser recibida. Se la veía algo agitada y nerviosa, pero nada hacía sospechar al recepcionista de las intenciones que llevaba.

Al ser informado Gaston Calmette de la presencia de la esposa del ministro dudó por un momento en si debía recibirla o no, pero finalmente optó por pedir que la hicieran pasar a su despacho y atenderla. 

Tal y como comentó, a su buen amigo el novelista Paul Bourget (que allí se encontraba con él) unos instantes antes de reunirse con Henriette, el periodista creyó que la visita de la dama de debía porque ésta querría suplicar que cesara la campaña de ataques a su esposo.

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Pero no fue así. Tal y como entró en el despacho de Gaston Calmette, la señora Caillaux sacó una pequeña pistola que llevaba escondida en el manguito de piel (un manguito era una prenda confeccionada comúnmente en piel y con aberturas en ambos lados que usaban las señoras de la época para llevar abrigadas las manos).

Cinco fueron los disparos que efectuó con el arma, impactando tres de las balas en el estómago. El director de El Figaro cayó desplomado al suelo y en cuestión de pocos segundos perdió el conocimiento. Por su parte Henriette quedó inmóvil junto al cuerpo del periodista. Cuando los redactores del diario entraron en el despacho la encontraron descompuesta y sollozando.

Tras ser avisados los servicios de emergencia, Calmette fue trasladado hasta un hospital cercano, donde falleció poco después y la señora Caillaux fue conducida por la policía hasta la comisaría.

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Una de las curiosidades de todo este caso fue el juicio que se celebró en julio de aquel mismo año (duró tan solo dos semanas) y la impecable defensa que consiguió la esposa del ministro (quien había presentado irrevocablemente la dimisión) consiguiendo ser exculpada del crimen cuando el fiscal estaba solicitando para ella la pena de muerte.

El abogado de Henriette Caillaux utilizó un argumento machista y misógino para convencer al tribunal de que su defendida había cometido el crimen por culpa de un irracional impulso femenino que obliga a hacer a las mujeres cosas de las que no son racionalmente consientes de la gravedad de los actos y que fue llevada por un arrebato de pasión incontrolada para defender el honor de su amado esposo.

El abogado defendía que de haber sido cometido por un hombre ese asesinato debería ser castigado con la pena capital, pero al tratarse de una mujer y de que éstas (siempre según los argumentos machistas del defensor) eran emocionalmente mucho más débiles que cualquier varón.

Estos razonamientos que hoy en día no se sostendrían frente a ningún tribunal fueron los que hicieron que Henriette Caillaux fuese absuelta y saliese en libertad sin cargos.

A pesar de la voluntad del diario Le Figaro, y un buen número de seguidores del malogrado Gaston Calmette, de realizar una serie de manifestaciones y publicaciones en contra del fallo del jurado (que encontraban totalmente aberrante) poco a poco se fue diluyendo el asunto y el ‘affaire Caillaux’ quedó en el olvido debido a que la atención periodística por aquellos días la centraba la en el reciente estallido de la Primera Guerra Mundial.

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