Cuando la aglomeración y hacinamiento en las prisiones británicas provocó el destierro penal a América y Australia

Durante la Edad Media y el siglo XVII pocas eran las personas que sobrevivían a largas condenas en prisión y muy pocos los casos en los que realmente alguien era condenado a pasar el resto de sus días encerrado, debido a que era común que un gran número de crímenes fueran directamente castigados con la pena de muerte. Los delitos intermedios solían recibir penas de trabajos forzados (por ejemplo enviados como remeros a las galeras) e incluso con castigos físicos.

Pintura del siglo XVIII representando la aglomeración con una familia completa en una prisión (imagen vía Wikimedia commons)

Ha sido a través de la literatura y el cine donde más se ha explotado la imagen del recluso que se tiraba infinidad de años encerrado en una prisión, pero esos era en contadísimos casos.

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Pero llegó un momento, recién iniciado 1700, en el que las autoridades se dieron cuenta que no podían ir ejecutando a diestro y siniestro por delitos que no requerían un castigo tan severo, por lo que se empezó a dar unas condenas de prisión más largas.

Los presidios no estaban pensados como un lugar donde rehabilitarse socialmente, sino como un lugar donde cumplir con el castigo impuesto. Pero hubo un momento en el que fueron muchos los lugares en los que las prisiones se quedaron pequeñas para albergar a toda la población reclusa y tuvieron que ingeniárselas para evitar que estuviesen hacinados; sobre todo por la insalubridad que ello suponía, ya que un gran número de reclusos fallecía a causa de enfermedades contraídas durante el encierro.

Numerosos barcos fueron utilizados como cárceles flotantes e incluso se empezó a enviar a los presos hacia destierros penales en otros países y colonias. En el caso de Inglaterra numerosísimos fueron condenados que mandaron hacia Norteamérica y, a partir de 1783, tras finalizar la Guerra de Independencia americana y perder el control sobre sus colonias, el destino de los reclusos fue Australia.

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A lo largo del siguiente siglo fueron 806 barcos británicos los utilizados para trasladar presos desde Inglaterra, Gales, Escocia e Irlanda hasta Australia, calculándose en  cerca de doscientos mil los convictos desterrados penalmente. Según consta, también se enviaron presos desde otras colonias en la India, China, Canadá o Estados Unidos (cuando dejó de ser colonia británica).

A pesar del envío masivo de presos a Australia, las insuficientes prisiones inglesas siguieron teniendo aglomeración entre el siglo XVIII y XIX. Allí eran encerradas y hacinadas incluso familias enteras, que debían pasar una temporada entre rejas debido a las deudas contraídas y que no habían podido ser satisfechas, debido a que estaba considerada como delito el no pagar aquello que se debía (sobre todo los impuestos) y no solo se culpaba de ello al cabeza de familia sino a todo el conjunto de miembros de la misma.

Aquellos presos que eran enviados a pasar un tiempo en prisión, por algún delito menor, y que disponían de cierto capital podían tener un mejor trato y ser encerrados en una celda más amplia y con menos reclusos, gracias a la facilidad que había para sobornar a los funcionarios y carceleros.

Algo mejoró el sistema penitenciario británico a partir de la Era Victoriana (segunda mitad del siglo XIX). Dejó de desterrar penalmente a los convictos, se construyeron nuevas prisiones donde acomodarlos mejor y sin hacinamiento y se mejoraron sobre todo las condenas y tipo de delitos que se castigaban, acabando de ese modo, sobre todo, con la aglomeración y superpoblación carcelaria.

Fuente de la imagen: Wikimedia commons

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