Cuando en la dictadura de Primo de Rivera se prohibió piropear a las mujeres

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Según la definición que le da el diccionario de la RAE, un piropo es un ‘dicho breve con que se pondera alguna cualidad de alguien, especialmente la belleza de una mujer’, sin embargo cada vez son más los grupos y asociaciones que defienden la postura de que los piropos no son más que una agresión verbal hacia las mujeres y comentarios machistas (en infinidad de ocasiones de mal gusto e incluso groseros) que provocan que aquellas que lo reciben puedan sentirse acosadas y lo perciban como una forma de acoso sexual.

Muchas son las asociaciones feministas que han solicitado que se legisle alrededor de lo que entienden como una forma más de violencia de género.

Pero el piropo no es algo que ha surgido en los últimos años, sino que ha estado instalado en nuestra sociedad desde hace varios siglos y que, durante el llamado como Siglo de Oro Español, muchos fueron los autores que gracias a su ingenio y verborrea ‘inventasen’ alabanzas para decir a una mujer con el propósito de halagarla y ganarse sus simpatías.

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Muchas también son las zarzuelas (piezas teatrales que alternan texto hablado con canciones) en las que se utilizaron numerosos ‘piropos’ durante los diálogos más castizos.

Pero lo que había surgido como una forma ingeniosa y original para halagar a las mujeres, con el tiempo, y tras instalarse en el lenguaje popular de la población, se le fueron añadiendo improperios de carácter sexual y soeces, algo que motivó que nueve décadas atrás el gobierno se viese en la tesitura de legislar y castigar el hecho de piropear públicamente a una mujer.

Fue durante la dictadura del general Miguel Primo de Rivera en la que, aprovechando que se realizaba una reforma completa del Código Penal que endurecía las penas y sanciones para la mayoría de delitos (el que hasta ese momento estaba en vigor era el Código Penal aprobado en 1870), se introdujo un apartado en el que se castigaría a partir de aquel momento las ‘faltas contra la moralidad pública’.

El nuevo Código Penal fue desarrollado por el entonces ministro de Gracia y Justicia, Galo Ponte Escartín, quien se sirvió de la colaboración del jurista y criminólogo Quintiliano Saldaña y Eugenio Cuello Calón, también jurista y eminente catedrático de derecho penal.

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A lo largo de tres tomos se trataba de poner orden y mano dura a lo que, según el dictador Primo de Rivera, había sido medio siglo de amoralidad y libertinaje. Motivo por el que se decidió endurecer las penas e incluir en la lista de castigos aquellos actos que atentasen contra la moralidad.

El 13 de septiembre de 1928 se publicaba en la Gaceta de Madrid (que años después se convertiría en el BOE –Boletín Oficial del Estado-) el nuevo Código Penal ratificado por el rey Alfonso XIII y que entraría en vigor a partir del 1 de enero de 1929.

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En el Libro Tercero (dedicado a ‘De las faltas y sus penas’) en el Título IV ‘De las faltas contra la moralidad pública’, aparecía en el artículo 819 el siguiente texto:

“El que, aún con propósito de galantería, se dirigiese a una mujer con gestos, ademanes o frases groseras o chabacanas, o la asedié con insistencia molesta de palabra o por escrito, será castigado con la pena de arresto de cinco a veinte días o multa de 50 a 500 pesetas.”

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Así pues, con el nuevo código se pretendía sancionar aquellas conductas indecorosas (que también se describían en otros apartados), así como la blasfemia y cantos obscenos (artículo 818) y las frases groseras o chabacanas dirigidas a una mujer, que era lo que hasta la fecha se había entendido como ‘piropearla’.

Este Código Penal estuvo en vigor hasta la proclamación de la Segunda República (abril de 1931) en el que de manera provisional se recuperó el antiguo código de 1870, hasta que en 1932 se elaboró uno nuevo, más acorde con el régimen político del momento.

Podéis leer o descargar el Código Penal de 1928 (publicado en la Gaceta de Madrid el 13 de septiembre de 1928) en el siguiente enlace (pdf de 77 páginas): https://www.boe.es/datos/pdfs/BOE/1928/257/A01450-01526.pdf

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