Cuando el Reino Unido tuvo que legislar leyes para evitar el creciente número de infanticidios

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No fue hasta 1872 cuando el Parlamento Británico legisló por primera vez una serie de medidas con las que proteger la vida de los niños pequeños, regular las adopciones y, sobre todo, poner orden al floreciente y oscuro negocio de las ‘baby farming’ (particulares que acogían el cuidado de recién nacidos fruto de relaciones extramatrimoniales, madres solteras, violaciones…).

La encorsetada sociedad Victoriana había provocado que todo aquel bebé nacido fuera de los convencionalismos del matrimonio quedase estigmatizado de por vida y su madre señalada como alguien indecorosa a la vez que se le negaban empleos o poder vivir en según que lugares.

Esto motivó que a mediados del siglo XIX muchísimas fueran aquellas mujeres que tras parir decidieran acabar con la vida de sus recién nacidos, disparándose el número de infanticidios (se calcula que sólo en Inglaterra morían al año, a manos de sus propias madres, cerca de 2.000 bebés).

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Para evitar que esto ocurriese algunas organizaciones benéficas y eclesiásticas decidieron crear unos hogares de acogida conocidos como ‘baby farming’ y en donde se dispensaría los cuidados necesarios que los pequeños necesitasen sus primeros años de vida.

La forma de hacerlo era muy sencilla: tras haber dado a luz simplemente había que presentarse con el recién nacido en cualquiera de esos hogares de acogida, dejar al bebé, una caja con ropa y pagar una cantidad que estipulasen para sufragar los primeros gastos. Esa cantidad podía ir desde los 5£ hasta las 100£, dependiendo del poder adquisitivo de la madre (e incluso del padre de la criatura que en muchos casos estaba casado y renunciaba a esa paternidad), pero también algunos eran los casos excepcionales en los que la progenitora no disponía de cantidad alguna de dinero y se acordaba un pago a plazos mensuales.

En las baby farming debían hacerse cargo del bebé y cuando ya hubiera cumplido los dos o tres años (edad en la que ya no necesitaban un cuidado continuo), si la madre no lo había reclamado se buscaba un orfanato donde era ingresado o se daba en adopción a alguna familia que desease tener un hijo.

Pero la falta de legislación y el vacío legal que había alrededor de esos lugares hizo que fueran muchas las personas que decidieran acoger en sus casas a recién nacidos como si de verdaderas baby farming se trataran y una vez cogido el dinero se deshacían de los pequeños.

En 1872 se legisló por primera vez una ley con el fin de amparar a los desprotegidos bebés y que fue conocida como ‘Infant Life Protection Act’. Gracias a esta ley se puso freno a una práctica que cada vez iba a más.

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Múltiples y muy conocidos fueron algunos casos de asesinatos de bebés, siendo uno de los más renombrados el de Amelia Dyer, a la que se le acusó de haber acabado con la vida de cerca de 400 recién nacidos.

Un gran número de esos pequeños habían muerto por inanición debido a que Dyer les suministraba unas gotas de Cordial de Godfrey, un compuesto a base de opio (totalmente legal en la época) que dejaba a los bebés prácticamente adormecidos durante todo el día. Eso hacía que no molestasen a su cuidadora y sobre todo que no llorasen cuando tenían hambre, por lo que muchos quedaban desnutridos y morían.

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Amelia Dyer había sido detenida un par de veces acusada de ‘negligencia’ al no atender bien a los pequeños, pero a los pocos meses salía en libertad. Fue a partir de su segunda detención cuando decidió no dejar morir por si solos a los pequeños y ser ella misma quien los estrangulase con una cinta que les ataba al cuello y con la que los asfixiaba.

Solía lanzar los cuerpos al Támesis, aunque alguno dejó descomponerse en la despensa de su cocina, señal evidente de que estaba totalmente desequilibrada. En 1896 fue finalmente apresada, juzgada y encontrada culpable de los múltiples asesinatos de bebés, siendo ejecutada el 10 de junio de ese mismo año.

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