Cuando acoger a menores salva pueblos moribundos en Rusia

Por Marina KORENEVA
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La escuela del pueblo de Brodi, a 500 km de Moscú, el 17 de octubre de 2019

En Brodi, una aldea del noroeste ruso, 13 de los 36 alumnos de la escuela han sido tomados bajo tutela de los habitantes, que intentan así salvar su pueblo de la crisis económica y demográfica que afecta al país.

Esta localidad de 200 habitantes a 450 km de San Petersburgo, en la región de Novgorod, no es una excepción, según un estudio en curso del Instituto de Sociología de la Academia Rusa de Ciencias.

Esta "estrategia de supervivencia" ha sido adoptada por muchos pueblos en todo el territorio ruso, desde Smolensko al oeste hasta Sajá, en Siberia oriental, pasando por los Urales.

"Desde los años 1990, los pueblos se vacían por falta de trabajo. La gente se va con los niños, lo que conlleva el cierre de las escuelas. Solo quedan jubilados y así el pueblo va desapareciendo", explica a la AFP Vera Galindabayeva, la socióloga que inició el estudio.

En las regiones con desempleo endémico, como las zonas rurales de Novgorod, acoger a menores bajo tutela tiene además una ventaja material: una ayuda mensual de cerca de 6.000 rublos (85 euros, 93 dólares).

- 22.000 escuelas rurales cerradas -

Los vecinos de los pueblos, al organizarse para hacerse cargo de menores hasta su mayoría de edad, en un proceso similar al de la adopción, consiguen reducir los efectos inmediatos del éxodo rural.

El fenómeno es difícil de cuantificar pero, según Galindabayeva, se evitó el cierre de "cientos" de escuelas en el marco de estas políticas de "optimización" del mapa escolar del Estado ruso.

Rusia perdió más de cinco millones de habitantes desde 1991, como consecuencia de una crisis demográfica que empeoró con la desaparición de la URSS.

Estos últimos años, una política de incentivos a la natalidad y lucha contra la mortalidad prematura, sobre todo relacionada con el alcohol, ha cosechado efectos positivos. Pero incluso así, la población rusa disminuyó de 68.000 personas en el primer semestre de 2019.

Como consecuencia de ello, 26.000 escuelas tuvieron que cerrar en dos décadas, 22.000 de ellas en zonas rurales.

El distrito de Moshenskoy, donde se encuentra Brodi, pasó de 15 a tres centros escolares.

Situado a orillas de un pintoresco lago, el pueblo se distingue de la mayoría de aldeas fantasma de la zona por el jolgorio de los niños en las calles.

Si esta localidad es una excepción es porque el personal pedagógico tomó la decisión pronto de acoger a estos menores.

"Si hay una escuela, el pueblo sigue viviendo", explica a la AFP Guennadi Chistyakov, director del centro escolar, un edificio de madera bien conservado. "Por otra parte, el Estado apoya a la gente que toma a cargo los huérfanos".

La medida también beneficia a los menores que, de otra manera, estarían retenidos en centros estatales y, probablemente en una "situación de deriva emocional", asegura Irina Kudryavtseva, responsable de educación en la administración local.

Muchas de estas criaturas fueron abandonadas por sus padres, a menudo alcohólicos. La tutela y la vida en el pueblo es para estos niños una nueva oportunidad.

Desde 1998, Ekaterina Solovyova, profesora de historia de 52 años, ha acogido junto a su marido Victor, instructor de deporte, a once niños. Muestra orgullosa su álbum de fotos: "El día de mi cumpleaños, la casa está repleta", explica.

Hoy, los Solovyova tienen a su cargo a su hijo menor, Matvei, de 11 años, y a cuatro hijos adoptivos, de entre 7 y 17 años.

- Sin relevo -

"Soy yo quien me siento al lado de mamá", grita Dania, el más pequeño de todos, cuando se sientan a comer. Matvei sonríe y le deja el lugar.

La madre se niega a que digan que su casa sigue una "estrategia" para salvar la escuela y los empleos: "Son todos mis niños (...) Es nuestra vida".

Desde finales de los años 1990, este sistema ha permitido que Brodi sobreviva. Pero ahora la estrategia toca a su fin, porque no hay maestros que quieran tomar el relevo.

"No hay jóvenes profesores en los pueblos. Las escuelas aguantarán hasta la jubilación de los profesores actuales", pronostica la socióloga Vera Galindabayeva.

El fondo del problema no ha cambiado. "No hay trabajo, los jóvenes se van", constata Guennadi Chistyakov.

La familia Solovyova no dirá lo contrario: tres de sus hijos y siete de los que adoptaron, ya adultos, viven y trabajan lejos de Brodi.